La compré en Monsaraz, Portugal en 2015. No la busqué. Estaba ahí, esperando —como corresponde a toda Virgen en cinta que se precie—.
Está realizada por el artesano José Luís Pires (Lisboa, Portugal).
Es de barro, sin alardes. Terrenal.
El vientre marcado por una cinta azul no anuncia milagros ruidosos sino algo más complejo: el tiempo de la espera.
Esa zona frágil donde nada está resuelto, pero todo late. Sus manos abiertas no bendicen desde arriba; acompañan. No prometen salvación: ofrecen presencia.
El rostro inclinado tiene algo de cansancio y de lucidez. No es la María triunfal del dorado barroco. Es una mujer que sabe que gestar implica riesgo.
Está descalza, porque esta Virgen camina. Y camina lento.
Las flores aplicadas sobre el manto no son ornamento: son pequeñas afirmaciones de vida en medio de la incertidumbre.
Esta imagen pertenece al ámbito doméstico, no al altar mayor.
Protege casas, no catedrales.
Dialoga con lo cotidiano: el cuerpo, el miedo, la espera, el deseo de que todo llegue a término. En eso su fuerza es silenciosa y persistente, como el barro mismo.
Hoy, en mi casa, funciona menos como objeto devocional y más como escultura de lo expectante. Me recuerda que no todo debe resolverse de inmediato. Que hay procesos que exigen pausa, cuidado y una fe sin estridencias.
No es una Virgen para pedir.
Es una Virgen para acompañar.
Y quizá por eso —sin vueltas— sigue siendo una de las piezas más contemporáneas de mi colección.
