José Ignacio, Maldonado.
Fons de Muynck · Tamara Burlando · José Burlando
Ruta 9, a pocos kilómetros de José Ignacio
14 de febrero de 2026
En el Día de los Enamorados no hubo rosas. Hubo luz.
A pocos kilómetros de José Ignacio, sobre la Ruta 9, una casa de campo abandonada abrió sus puertas entre las 12 y las 20 horas para recibir una experiencia que no se deja reducir a “muestra”. Lo que sucedió no fue otra cosa que una activación.
La cabaña —madera fatigada, humedad como firma del clima, grietas que respiran— no funcionó como escenografía. Fue materia viva. Y el proyecto no llegó a ocuparla, llegó a escucharla.
La luz no ilumina, sino que revela
Fons de Muynck (Brujas, Bélgica, 1982) vuelve a trabajar con su ya reconocida cámara oscura, pero aquí la operación es más orgánica que espectacular. La luz que se filtra por orificios y hendijas no corrige la ruina por el contrario la activa. Cada haz vuelve visible el polvo suspendido, el aire en tránsito, el tiempo acumulado.
No hay tecnología invasiva. Hay precisión. La oscuridad inicial desacelera la mirada. Obliga al cuerpo a ajustar su ritmo. Y recién entonces aparece la imagen: frágil, vibrante, casi respirando con la casa.
Bambú que no impone, crece
José Burlando (Montevideo, 1984) introduce estructuras de cañas tacuaras que no compiten con la arquitectura existente. No buscan reemplazarla. Se apoyan, la continúan, la acompañan.
Hay algo inteligente en ese gesto de no “intervenir” sino dialogar. Las líneas del bambú parecen recordar que la construcción puede ser flexible, porosa, temporal. No todo tiene que ser hormigón y permanencia. A veces sostener es acompañar.
Cabe recordar que José Burlando es un artista visual y especialista en bambú y su práctica se inscribe en el campo del arte regenerativo donde no produce objetos decorativos, sino dispositivos que ponen en evidencia los principios básicos de la recuperación social-ecológica.
Su trabajo parte de la planta y llega a la estructura. Maneja el ciclo completo: cultivo, selección, tratamiento, diseño, modelado y construcción. Esa trazabilidad no es un detalle técnico; es una postura ética. La materia no es insumo: es organismo.
Tejer como acto de memoria
Tamara Burlando (Buenos Aires) trabaja con fibras naturales creando membranas que filtran y traducen la luz. Sus textiles no dividen interior y exterior sino que los vuelven permeables.
El tejido aparece como gesto ancestral. Abrigo, vínculo, transmisión. Y también como declaración política silenciosa: el arte no siempre necesita imponerse; puede envolver, suavizar, cuidar.
Tamara es una artista visual multidisciplinaria y con su obra propone integración multicultural a través de redes afectivas y colaborativas. En sus trabajos no hay gesto aislado, hay vínculo. Cada pieza funciona como puente entre culturas, memorias y territorios.
Sus trabajos atraviesan distintos lenguajes:
*Fotografías impresas en delicados patchworks construidos con bolsitas de té.
*Instalaciones de lana suspendidas en ramas de árboles, donde el paisaje se vuelve soporte y cuerpo.
*Esculturas blandas, bordadas en múltiples colores, que dialogan entre tradición y contemporaneidad.
*Colaboraciones con otras artistas y la puesta en escena de ceremonias intuitivas vinculadas a identidad y pertenencia.
En sus obras el tejido aparece como archivo sensible.
La fibra la usa como lenguaje y
el color como memoria expandida.
Un ecosistema perceptivo
En esta propuesta colectiva la obra no es objeto autónomo. Es sistema.
Luz, aire, polvo, fibras, bambú y madera construyen un ecosistema perceptivo donde el visitante deja de ser espectador frontal y pasa a formar parte del acontecimiento. La obra no se mira desde afuera, se habita.
En tiempos donde el arte muchas veces compite por impacto, esta propuesta apuesta por lo contrario, procurando la atención de cada espectador.
Esta instalación no trata sobre tapera. Trata sobre continuidad.
No trata sobre nostalgia. Trata sobre reorientación.
¿Cómo habitamos hoy?
¿Cómo nos vinculamos con la materia y el territorio?
En una de las salas los artistas proponen un viaje de intromisión personal. Allí en forma individual y sentado en medio de la habitación el visitante es guiado por un audio dentro de una oscuridad total donde las obras no se perciben con la mirada sino que se absorben a través del vínculo sensitivo hasta que al final ayudado por una linterna recién se descubren las obras.
Ese ejercicio apela a la desmitificación de la obra de arte palpable y comercializable.
La cabaña habla de modos de vida donde crear no estaba separado de sobrevivir. Construir, tejer, dejar pasar la luz eran actos funcionales y simbólicos a la vez. Aquí esos gestos regresan sin folklore y sin maquillaje.
Hay, además, un trasfondo curatorial íntimo donde una pausa vital que transformó la percepción del tiempo y del cuidado. Este retorno no replica el formato galería. Propone otro modo de sostener el arte más cercano a la experiencia compartida que a la exhibición frontal.
Y eso se siente.
En definitiva, “Viejas estructuras, nuevos horizontes” curada por Mamu Camacho, demuestra algo simple y contundente: cuando el arte se integra al lugar, deja de ser algo que se mira para convertirse en algo que se habita.
En el Día de los Enamorados, la declaración fue clara:
la relación más urgente no es entre personas.
Es entre nosotros y el modo en que elegimos habitar el mundo.
La instalación solo se podrá ver hasta mañana.
