Quito, Ecuador.
Una visita a un gran coleccionista me llevó a una de esas experiencias que no se olvidan.
Iván Cruz Cevallos me recibió en su casa ubicada en el barrio histórico de Quito, un verdadero santuario del arte.
Anticuario de alma y oficio, ha dedicado su vida a rescatar piezas prehispánicas y coloniales, muchas de las cuales hoy integran las colecciones del Museo del Alabado, institución que brilla por su guion curatorial y la exquisitez de su selección.
Llegué invitado por un amigo en común, Nicolás, y entre copas de vino la velada se convirtió en un viaje por siglos de historia.
La casa de Iván, de cuatro pisos y un gran patio central lleno de vegetación, es en sí misma un museo.
No hay rincón sin diálogo: cerámicas, tallas, lienzos y textiles conviven en perfecta armonía y en todos los ambientes hay floreros con flores naturales.
Su ojo de coleccionista y su instinto de decorador logran un equilibrio admirable entre lo sagrado y lo cotidiano.
Sostuve entre mis manos piezas de más de cuatro mil años. Me temblaron los dedos.
Escuchar a Iván relatar las historias detrás de cada objeto fue como recorrer los pliegues de la memoria del continente.
Su relación con el arte —intensa, casi espiritual— se parece mucho a la mía; nos reímos de nuestras coincidencias, de esa necesidad compartida de vivir rodeados de obras que nos hablan.
En la terraza, entre plantas y esculturas, se abre una vista prodigiosa de Quito: al caer la noche, las cúpulas de las iglesias coloniales emergen como si flotasen sobre un mar de luces.
Recorrer esa casa fue un éxtasis; dejarla, una tristeza.
Gracias, Iván y Nicolás, por abrirme las puertas de un paraíso.
