Tela Magreb

Este bordado amazigh (bereber) adquirido en Marruecos pertenece, con alta probabilidad, a la primera mitad del siglo XX.

Es una pieza anterior al turismo cultural y al folclore empaquetado y fue hecha para vivir con ella, no para ser mirada.

Está compuesto por dos paños cosidos que funcionan como un solo campo simbólico. La duplicación no es decorativa sino que refuerza el sentido.

En la tradición amazigh, repetir es insistir e insistir es proteger.

Cada paño organiza su superficie mediante una geometría estricta basada en cuadrados concéntricos y cruces escalonadas. No hay curvas, no hay relato, no hay figura solo hay orden.

La cruz central —bereber, preislámica— no remite a lo religioso occidental. Es un signo ancestral ligado al equilibrio, a la orientación y a la defensa del espacio doméstico. Marca los cuatro puntos cardinales y actúa como un dispositivo simbólico que regula fuerzas. Reiterada, se vuelve conjuro.

El color rojo domina la composición.
En el Magreb, el rojo es vida, energía, fertilidad y protección contra el mal de ojo.
El verde acompaña como promesa de continuidad y vínculo con lo vital; el blanco introduce pausa, respiración y sentido ritual.

La paleta es sobria, probablemente lograda con pigmentos vegetales, aplicada sobre una tela rústica pensada para resistir el tiempo y el uso.

Los bordes múltiples no enmarcan, por el contrario contienen. Funcionan como capas sucesivas de resguardo, delimitando un territorio simbólico.

Nada aquí es ornamental en el sentido moderno. Cada elemento cumple una función precisa dentro de un lenguaje transmitido de generación en generación.

Este textil pudo haber sido panel mural, parte de una dote o cobertura protectora del espacio íntimo. Su lugar original fue la casa, no la vitrina.

Hoy, desplazado de su contexto, dialoga con naturalidad con la abstracción geométrica del siglo XX. No porque la anticipe, sino porque nunca necesitó justificarse.

No es artesanía amable ni decoración exótica.
Es memoria bordada, pensamiento visual y estructura simbólica.
Y, todavía, protege más allá del diálogo que entabla con otras telas vietnamitas sobre mi muro.


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