Traer el oro de Minas Gerais a casa
En un taller de Ouro Preto encontré algo más que estas tres tallas decorativas: encontré un eco. Un eco del barroco mineiro, esa desmesura luminosa que convirtió la madera en arquitectura espiritual durante el siglo XVIII.
Estas piezas beben de esa tradición. Volutas amplias, hojas de acanto reinterpretadas, roleos que se expanden con una musicalidad casi coreográfica.
Aquí no hay rigidez, hay movimiento continuo. La línea serpentea, se enrosca, respira. Es el lenguaje del rococó luso-brasileño trasladado a un fragmento autónomo.
La talla está bien resuelta con relieve profundo, planos escalonados, cavidades que capturan la sombra y la devuelven dramatizada.
La luz hace su parte —como siempre en Minas— porque estas obras no están pensadas para ser vistas sino que están pensadas para vibrar.
El dorado integral de una de las piezas evoca la tradición de la talha dourada: base ocre, aplicación metálica y pátina que suaviza el brillo para evitar la estridencia. Las otras incorporan policromía en verdes y rojos terrosos que remiten al estofado colonial, aunque en clave contemporánea. No es arqueología; es continuidad cultural.
La madera —probablemente cedro brasileño— permite esa talla franca, generosa, sin mezquindad en el volumen. Se percibe la mano. Y eso importa.
Mi decisión de incorporarlas a la colección no responde a un gesto decorativo. Responde a una convicción: traer parte de la historia mineira a mi espacio es también traer una memoria de resistencia estética.
En Minas Gerais, el ornamento no fue superficial; fue afirmación identitaria, fue síntesis entre herencia portuguesa, territorio americano y sensibilidad local.
Al dialogar con figuras como Aleijadinho, incluso desde la distancia temporal, estas tallas mantienen vivo ese impulso: dramatizar la materia hasta convertirla en experiencia.
En una época obsesionada con la pureza minimalista, elegir ornamento es una postura. Es reivindicar que la exuberancia también puede ser pensamiento.
Y sí: traer un fragmento de Ouro Preto a mi colección es, en el fondo, traer una geografía entera condensada en madera y oro.
El barroco no murió. Solo cambió de pared.




