No la compré por devoción.
La compré por seducción.
Era Atenas hace 33 años. Calor mineral, mármol gastado y ese azul que no es un color sino una declaración. Entre íconos ortodoxos y souvenirs previsibles apareció esta pieza: cuentas gruesas de vidrio azul cobalto, una cruz grabada de aire bizantino y, colgando sin pedir permiso, el ojo vigilante del Mediterráneo.
No era un rosario canónico. Tampoco un simple kombolói.
Era algo más ambiguo. Y por eso me atrapó.
Las cuentas —pesadas, casi táctiles en su presencia— remiten a esa tradición griega masculina de pasar el tiempo haciendo girar el mundo entre los dedos. El vidrio azul no es inocente, es mar, es cielo, es protección. Es el color que desafía al destino.
La cruz, austera y geométrica, habla de la ortodoxia popular, de la fe sin retórica. No es una pieza de altar; es una cruz de calle, de puerto, de bolsillo.
Y el ojo —el mati— es directamente pagano. Vigila. Protege. Advierte. No pide permiso a la teología. Sobrevive a ella.
Lo que esta pieza sintetiza no es religión sino identidad:
cristianismo, superstición antigua y cultura marítima conviviendo sin conflicto. Así funciona Grecia. Así funciona el Mediterráneo.
Treinta y tres años después, no ha perdido magnetismo.
El vidrio sigue absorbiendo la luz.
La cruz mantiene su rudeza.
El ojo continúa mirando.
Hay objetos que uno compra.
Y hay objetos que lo eligen a uno.
Este fue de los segundos.
Hoy en casa se recuesta sobre una pieza de Águeda Dicancro. Algo hay entre ambos.



