Venecia, Italia.
Pabellón de Alemania: las ruinas invisibles de la reunificación
Dentro de los Giardini della Biennale, sobre una de sus arterias principales, se encuentran algunos de los pabellones nacionales más visitados de la Bienal de Venecia: Alemania, Reino Unido, Francia y Estados Unidos, frente a los cuales siempre hay largas filas de personas aguardando para ingresar.
No solo representan algunas de las mayores potencias económicas del mundo, sino también sistemas culturales capaces de movilizar importantes presupuestos públicos y privados, respaldados por museos, fundaciones y galerías que ejercen una influencia decisiva sobre el mercado internacional del arte.
Sin embargo, el Pabellón de Alemania demuestra que los grandes recursos no necesariamente conducen al espectáculo. En la 61.ª Bienal de Venecia presenta “Ruin”, una de las propuestas más sólidas, inteligentes y conmovedoras de toda la exposición internacional.
Curada por Kathleen Reinhardt, la muestra reúne las obras de Sung Tieu y de la recientemente fallecida Henrike Naumann, estableciendo un diálogo entre arquitectura, memoria, migración y violencia política que convierte al propio edificio en parte inseparable de la obra.
Cabe tener presente para una mayor comprensión que Kathleen Reinhardt (Sondershausen, Alemania, década de 1980), es historiadora del arte y directora del Georg Kolbe Museum de Berlín, cuya práctica curatorial se centra en las relaciones entre arte contemporáneo, memoria, ideologías y sociedades posocialistas. Para esta Bienal convocó a dos artistas pertenecientes a generaciones y experiencias distintas pero atravesadas por un mismo interés: las fracturas de la historia alemana.
La palabra ruina adquiere aquí un significado diferente. No habla únicamente de aquello que ha sido destruido, sino de los procesos mediante los cuales determinadas personas, comunidades e historias continúan siendo desplazadas hacia los márgenes de la memoria colectiva.
Sung Tieu: cubrir la historia para hacerla visible
La intervención de Sung Tieu comienza incluso antes de ingresar al edificio.
Sung Tieu (Hải Dương, Vietnam, 1987) emigró junto a su familia a Alemania siendo niña. Su práctica artística combina instalación, sonido, texto, video y escultura para investigar las formas en que la burocracia, las instituciones y las políticas migratorias modelan la experiencia humana. Su propia historia familiar —marcada por la migración y por la condición de hija de trabajadores vietnamitas en la antigua Alemania Oriental— atraviesa gran parte de su producción.
Tieu cubre completamente la fachada del histórico pabellón —rediseñado en 1938 durante el régimen nazi— con más de tres millones de pequeñas piezas de mosaico ejecutadas mediante la técnica del trompe-l’œil.
A primera vista parece tratarse simplemente de un revestimiento decorativo. Sin embargo, al acercarse se descubre que reproduce con enorme precisión la deteriorada fachada de un bloque habitacional de Gehrenseestraße, en Berlín Oriental, donde vivieron trabajadores vietnamitas contratados por la República Democrática Alemana.
La operación resulta brillante por su economía de recursos.
Tieu no destruye la arquitectura fascista, tampoco la oculta sino que
la obliga a convivir con otra historia.
Sobre el edificio que alguna vez representó la idea monumental de una nación homogénea aparece ahora la memoria de quienes nunca ocuparon un lugar central dentro del relato oficial alemán.
Incluso la palabra GERMANIA, tallada sobre el acceso principal, queda prácticamente anulada bajo esa nueva piel de mosaicos.
Tieu no propone una denuncia frontal. Trabaja desde la sutileza, utilizando materiales nobles y una ejecución casi artesanal para hablar de migración, invisibilidad y pertenencia. El visitante comprende que la historia de Alemania también puede narrarse desde quienes llegaron para reconstruir el país y, sin embargo, permanecieron durante décadas fuera de sus relatos oficiales.
Es una obra silenciosa, pero extraordinariamente política.
Si la monumental intervención sobre la fachada constituye la puerta de entrada conceptual al pabellón, el recorrido interior permite comprender la profundidad de la investigación de su propuesta.
Su práctica combina escultura, objetos encontrados, documentos de archivo, dibujo, sonido e incluso aromas para revelar mecanismos de control que normalmente permanecen invisibles.
Y en el Pabellón de Alemania esa investigación alcanza una notable precisión formal.
Las esculturas murales de aluminio parten de un gesto aparentemente simple donde toma como referencia las medidas corporales de su madre, Vũ Thị Hạnh. Inspirándose en los Cuatro libros de la proporción humana publicados por Alberto Durero en 1528, la artista subvierte uno de los grandes sistemas clásicos de representación occidental.
Mientras Durero buscaba establecer un canon universal del cuerpo humano, Tieu invierte esa lógica. Ya no es el individuo quien debe ajustarse a una medida ideal, sino que el sistema de medición se adapta a un cuerpo concreto, singular e irrepetible. La norma deja de ser universal para convertirse en profundamente personal.
Dos enormes barras de aluminio, de casi seis metros de longitud, ocupan el espacio central de la sala. Sus dimensiones responden al perímetro del cuello y de la muñeca de la propia artista. La pieza remite inevitablemente a la picota medieval, instrumento destinado al castigo y a la exposición pública. El acto aparentemente neutral de medir adquiere entonces otra dimensión pues la de medir también puede ser una forma de clasificar, disciplinar y ejercer poder.
En la sala contigua, “For Now We See Through a Glass, Darkly” profundiza esa reflexión. A partir de un escaneo tridimensional de la cabeza de su madre, Tieu construye un volumen escultórico que remite a la frenología y a las antiguas prácticas de medición craneal utilizadas durante los siglos XIX y XX para justificar teorías raciales bajo una falsa apariencia científica.
La artista no reconstruye ese pasado para ilustrarlo, sino para demostrar que toda medición aparentemente objetiva encierra una dimensión ideológica. La ciencia, cuando se pone al servicio del poder, puede convertirse en un sofisticado mecanismo de exclusión.
La misma lógica atraviesa una serie de taburetes realizados en madera que reproducen con absoluta fidelidad el mobiliario utilizado en salas de espera de oficinas de inmigración y centros de detención. Al trasladarlos desde el acero inoxidable industrial hacia un material cálido y artesanal, Tieu desactiva su función original sin borrar su carga simbólica.
Los bancos ya no administran la espera ni ordenan los cuerpos, pero continúan evocando la violencia silenciosa de la burocracia contemporánea. Son objetos vaciados de utilidad, convertidos ahora en testimonios de una arquitectura administrativa diseñada para producir incertidumbre, inmovilidad y obediencia.
En una de las salas la artista adhiere a las paredes decenas de insectos acción que se podría entender como una metáfora de aquello que el poder considera insignificante pero que termina sobreviviendo. Los insectos son pequeños, silenciosos y difíciles de erradicar. Del mismo modo, las historias de los trabajadores migrantes vietnamitas, de las minorías y de quienes quedaron fuera del relato nacional parecen marginales, pero continúan presentes, ocupando el edificio simbólico de la historia alemana.
Esa idea dialoga perfectamente con el título Ruin ya que la ruina no está vacía. Está habitada. No sólo por personas y recuerdos, sino también por formas de vida que resisten el abandono. Esa presencia convierte la ruina en un espacio de memoria activa, no en un simple vestigio del pasado. Creo que esa es una de las claves poéticas más logradas de toda la intervención de Sung Tieu.
Toda la obra de Sung Tieu parece construirse desde esa tensión constante entre la precisión formal y la crítica política. Nunca recurre al gesto grandilocuente ni a la denuncia explícita. Prefiere revelar cómo los dispositivos de poder se infiltran en la vida cotidiana mediante normas, formularios, protocolos, medidas y objetos aparentemente inocentes.
Vista junto a la instalación de Henrike Naumann, su producción adquiere todavía mayor espesor. Si Naumann investiga cómo las ideologías penetran en el interior del hogar y moldean la vida doméstica, Tieu analiza los mecanismos institucionales que regulan quién pertenece, quién espera, quién puede circular y quién permanece siempre bajo sospecha.
Entre ambas construyen una de las reflexiones más lúcidas de esta Bienal sobre la memoria alemana, la migración y las formas contemporáneas de exclusión.
Henrike Naumann: cuando el living también habla de política
Al atravesar la puerta comienza la última obra concebida por Henrike Naumann.
La artista falleció el 14 de febrero de 2026, a los 41 años, víctima de un cáncer, pocos meses antes de inaugurarse la Bienal. Su estudio y sus colaboradores finalizaron el proyecto respetando rigurosamente cada una de sus decisiones, transformando esta participación en un homenaje profundamente emotivo.
Naumann llevaba años investigando cómo el diseño doméstico puede convertirse en un documento político.
Muebles modulares, bibliotecas, alfombras, lámparas, mesas o revestimientos dejan de ser simples objetos cotidianos para revelar las transformaciones ideológicas que atravesaron la antigua Alemania Oriental tras la reunificación.
La instalación reconstruye interiores típicos de los años noventa, un período que muchos alemanes recuerdan como los “años del bate de béisbol”, marcados por el desempleo, la desintegración del tejido social y el crecimiento de la violencia xenófoba protagonizada por grupos neonazis.
La artista nunca representa directamente esa violencia y prefiere mostrar el espacio donde comenzó a incubarse.
Los hogares aparecen como escenarios donde las promesas del capitalismo occidental convivieron con el desconcierto, la pérdida de identidad y la frustración de amplios sectores de la población del este alemán.
Es justamente esa combinación la que Naumann identifica como uno de los terrenos donde crecieron nuevas formas de radicalización política.
Su producción había explorado estos temas desde hacía más de una década. El descubrimiento en 2011 del grupo terrorista neonazi NSU, ocurrido muy cerca del hogar de su abuela, marcó un punto de inflexión en su carrera. Desde entonces desarrolló investigaciones fundamentales sobre memoria, extremismos e identidad alemana en proyectos como Triangular Stories, Das Reich, Ostalgie y Re-Education, presentada en el SculptureCenter de Nueva York.
En Venecia todas esas líneas convergen con enorme claridad.
Dos artistas, una misma herida
Lo más inteligente del pabellón es que ambas propuestas se necesitan mutuamente.
Sung Tieu trabaja sobre el exterior del edificio, cuestionando la memoria institucional de Alemania y arremete contra duras medidas hacia los inmigrantes.
Henrike Naumann interviene el interior, revelando cómo esas mismas tensiones históricas penetraron lentamente en la vida cotidiana.
Una analiza la arquitectura del Estado. La otra, la arquitectura del hogar.
Ambas hablan de las consecuencias invisibles de la reunificación, de las migraciones, de las promesas incumplidas y de las heridas que aún atraviesan la sociedad alemana.
No resulta casual que buena parte de la crítica internacional haya situado este pabellón entre los mejores de la Bienal.
En un contexto donde abundan las instalaciones monumentales y las experiencias inmersivas, Alemania apuesta por una inteligencia crítica que nunca necesita elevar la voz.
La emoción aparece precisamente porque todo ocurre desde la contención.
Allí no hay dramatización ni sentimentalismo.
Solo una extraordinaria capacidad para demostrar que la historia permanece viva en los lugares más cotidianos.
Al abandonar el pabellón queda una sensación difícil de disipar.
Las ruinas de las que habla esta exposición no pertenecen únicamente al pasado. Siguen habitando las ciudades, las políticas migratorias, las desigualdades sociales y los hogares. Permanecen escondidas bajo las superficies aparentemente ordenadas de la Europa contemporánea.
Y quizás ese sea el mayor logro de Ruin focalizado en demostrar que la memoria no se conserva únicamente en los monumentos, sino también en una pared, un sofá, una mesa o una fachada que todavía conservan las marcas de aquello que una sociedad preferiría olvidar.
Retrato de Henrike Naumann: @Victoria Tomaschko
