Stella Mattos

Montevideo, Uruguay.

Visitar la casa de Stella Mattos es, siempre, emprender un viaje creativo.

A sus 86 años, Stella habla de su obra con el mismo brillo en los ojos que la ha acompañado toda la vida.

La provocación artística le corre por las venas y no se detiene. Trabaja sin pausa, siempre impulsada por un propósito claro: la convicción profunda de que el Espíritu Santo es quien la guía. No como metáfora, sino como método.

Su obra ha abarcado la escultura, la pintura, el dibujo y la orfebrería.
Pero es en la escultura donde se encuentra su trabajo esencial. “La escultura te exige múltiples funciones: alquimista con el bronce, geóloga con la piedra… los materiales te integran a la naturaleza”, ha dicho. Y en esa frase está todo: materia, cuerpo y fe.

Aunque ya no tiene horno propio, Stella no deja de crear. Carga sus piezas de un lugar a otro para someterlas a altas temperaturas; en algunos casos entran al horno cuatro o cinco veces hasta alcanzar el resultado buscado.

La persistencia —como la oración— también es parte del proceso

Su producción es mayoritariamente de tenor cristiano. El living de su casa está poblado por ángeles, vírgenes y figuras que emergen del relato bíblico como presencias vivas.

Para crear, echa mano a todo lo necesario: madera, bronce, piedra, cerámica, textiles, metales, gemas, hierro, cemento.

A las esculturas blandas llegó inspirada luego de haber visitado una muestra de Margaret Whyte.

Nada es accesorio si contribuye al sentido final. Su cerámica es libre de prejuicios, eminentemente experimental y de una originalidad poco común: busca la emoción, una belleza a la vez pura y popular.

Stella Mattos nació en Salto y a los pocos meses su familia se trasladó a Montevideo. Tras la muerte repentina de su padre, siendo niña, comenzó a dibujar por una necesidad de expresión que iba más allá de lo explicable. Se vinculó tempranamente con la literatura universal: elegía fragmentos que la conmovían y los traducía en imágenes. Allí comenzó ese vínculo con lo sublime que atraviesa toda su obra.

Su formación fue extensa y rigurosa. Entre 1972 y 1982 estudió con Vicente Martín, Alceu Ribeiro, Jorge Damiani, Héctor Sgarbi y Amalia Nieto. Vivió varios años en Madrid, donde entre 1983 y 1984 estudió a los clásicos en el Museo del Prado y realizó un curso de fotografía en el Centro de Estudios de la Imagen.

Expuso en el Palacio de Cristal, recibió el premio de la Asociación de Belenistas y presentó obra en Pozuelo de Alarcón.

De regreso en Uruguay, continuó su formación con Federico Moller del Berg, Javier Nieva, Carlos Caffera, Jaime Nowinski, Aurelio Lebrato, Dante Picarelli, Gastón Zina, entre otros.

A su edad, sigue estudiando. Punto para ella.
Actualmente asiste al taller Iby Cuy de cerámica de Patricia Montenegro a la vez que continúa impartiendo clases.

La obra que la consagró fue el Cristo Pantocrátor de la parroquia Stella Maris, en Carrasco, encargado en 1995 por el entonces párroco Alberto Sanguinetti.

Se trata de una escultura en cedro rosado de 2,40 metros de altura que preside el ábside, enmarcada por una mandorla con el Tetramorfo, los símbolos de los cuatro evangelistas.

No hay improvisación: hay un profundo estudio de la iconografía cristiana.

Antes de acometer esa obra de semejante envergadura, Stella estudió esculturas antiguas para comprender el movimiento del ropaje, la policromía y la espiritualidad que debe envolver la obra en el instante mismo de la contemplación.

“Dos años y medio de trabajo intenso, desbastando gubias”, resume.

Cada vez que asiste a misa y lo ve allí, dice que aún le cuesta creer que haya sido ella quien lo hizo. A veces siente —lo dice sin énfasis— que es Cristo quien la observa en lo que fue su mayor desafío de acuerdo al pedido de Monseñor Sanguinetti.

La madera llegó desde Paraguay. La logística se completó con la pericia del arquitecto Álvaro Puente y un detalle fundamental: los ojos del Cristo, una pieza de orfebrería traída desde Grecia por su amiga Ana Basso.

Entre sus numerosas obras públicas se cuentan el busto en bronce de Francisco Morazán en la Rambla Costanera de Montevideo, el monumento al doctor Alberto Gallinal encargado por Mevir, el busto del doctor Raúl Gaudin en Salto, una Anunciación en cerámica para el CIEF y una talla en madera de Santo Domingo con motivo de los 120 años del Colegio y Liceo de las Hermanas Dominicas. Sus obras integran colecciones particulares de América y Europa.

La docencia también ha sido parte central de su trayectoria. Fue profesora de escultura en el taller Villa Lola —de esa etapa data la obra El abrazo, de notable expresividad— y desde 1996 dictó clases durante veinte años. En 2003 inició una línea de orfebrería en plata con incrustaciones de piedras semipreciosas, piezas de diseño singular donde vuelven a aparecer vírgenes jóvenes y ángeles, protagonistas recurrentes de su imaginario.

Cada rincón de la casa de Stella es un escenario artístico que desvía, atrae y captura la mirada. Ángeles descienden del cielo en forma de guirnalda alrededor del techo de la sala. Y, en pleno tiempo de Adviento, no falta el pesebre que anuncia el nacimiento de Jesús.

“El trabajo de la obra de arte es arduo —dice Stella— por la resistencia que te impone, por la soledad, por el drama de no poder equivocarte. Pero gratifica. Gratifica el diálogo intimista que surge durante su ejecución”.

En la casa de Stella Mattos, ese diálogo sigue activo. Y el arte, lejos de decorar, habita.


Publicado

en

por