Somos jugando

Montevideo, Uruguay.

Cuando el acervo vuelve a jugar

Hacía mucho tiempo que el Museo Nacional de Artes Visuales (MNAV) no se lucía de esta manera con obras de su propio acervo.

Y vale la pena decirlo.

“Somos jugando” recupera una parte importante de la colección del MNAV y la pone nuevamente en circulación, pero evita caer en una exhibición patrimonial convencional. Aquí las obras no aparecen como piezas aisladas destinadas simplemente a confirmar nombres y períodos de nuestra historia del arte. Por el contrario, se enfrentan, dialogan, se contradicen y, sobre todo, juegan unas con otras.

La curaduría está a cargo de Roxana Fabius, directora del MNAV, junto con María Eugenia Grau y María Eugenia Méndez, quienes trabajan dentro de una línea muy presente en la museografía internacional contemporánea la cual conlleva a releer las colecciones a partir de ejes conceptuales capaces de establecer relaciones entre artistas de diferentes generaciones, lenguajes y períodos.

La excusa —aunque de excusa tiene poco— es el juego.

El aspecto lúdico ha sido una constante a lo largo de la historia del arte y fuente de inspiración para innumerables artistas. Pero jugar no significa necesariamente frivolizar. El juego puede implicar imaginación, libertad, reglas, competencia, transformación, humor, identidad y hasta una manera diferente de comprender la realidad.

Ya Johan Huizinga, en Homo ludens (1938), entendía el juego como una actividad esencial de la cultura y no como un simple pasatiempo. Roger Caillois profundizó posteriormente esa mirada diferenciando la paidia, asociada a la improvisación y la libertad, del ludus, vinculado a las reglas y la disciplina.

Entre esos dos extremos —libertad y norma— se mueve también buena parte de la creación artística.

Desde una perspectiva uruguaya, José Pedro Barrán analizó además el papel que tuvieron los juegos callejeros, las fiestas populares y el carnaval en nuestra historia de las sensibilidades. Más recientemente, Magali Pastorino ha investigado las relaciones entre arte, juego y juguete artístico dentro de la producción nacional.
Y esta exposición traslada estas reflexiones al terreno de las artes visuales mediante seis núcleos.

*Las reglas del juego del arte

En numerosos procesos creativos, los propios artistas establecen pautas, sistemas o restricciones que condicionan la realización de una obra.

Pero esas reglas no necesariamente limitan la creación. Muchas veces ocurre exactamente lo contrario cuando las ponemos en movimiento.

Como sucede en cualquier juego, el desafío consiste en actuar dentro de un marco determinado y explorar sus posibilidades hasta llevarlas al límite.

Cada artista inventa sus propios parámetros, experimenta con formas y materiales y ensaya caminos posibles. La obra termina surgiendo de esa tensión entre libertad y límite, entre la norma autoimpuesta y una imaginación que intenta permanentemente desbordarla.

*Esparcimiento y deportes

El juego encuentra uno de sus territorios naturales en el tiempo libre.

Paseos, playas, reuniones al aire libre, actividades deportivas, caminatas o momentos de lectura aparecen en las obras reunidas en este núcleo.

Son diferentes maneras de representar ese tiempo liberado momentáneamente de las obligaciones cotidianas.

El movimiento del cuerpo, la relación con el paisaje y el encuentro con los otros permiten comprobar hasta qué punto lo lúdico atraviesa también nuestras formas de ocio y de disfrute colectivo.

*Caricaturas y garabatos

Aquí aparece probablemente una de las expresiones más inmediatas del juego artístico.

La caricatura exagera, deforma, ironiza.
El garabato libera la línea.

Con pocos trazos, los artistas alteran rostros y cuerpos o simplemente permiten que la mano avance sin quedar sometida completamente al control racional.

El dibujo se convierte entonces en territorio de experimentación, error, sorpresa y humor.

*Representaciones visuales de juegos

Los juegos y juguetes aparecen de manera recurrente a lo largo de toda la historia del arte.

Dentro del arte uruguayo, Rafael Barradas ocupa un lugar particularmente interesante. Fue ilustrador de cuentos infantiles, realizó escenografías para teatro de niños y llegó incluso a fabricar juguetes como medio de sustento familiar.

En Barradas, el juguete podía convertirse en un campo de experimentación con colores, formas, texturas y materiales.

También Petrona Viera permite descubrir cómo el universo del juego registra las transformaciones culturales de una época. En sus obras pueden convivir referencias provenientes de nuestro entorno con personajes vinculados a la cultura visual internacional.

El juego deja así de ser una simple anécdota representada para convertirse en documento de una sensibilidad.

*Creando cosas para jugar

Este núcleo reúne objetos concebidos desde y para el juego donde artefactos móviles, juguetes, construcciones, animales sobre ruedas, ciudades imaginadas y diferentes máquinas lúdicas.

Aquí las fronteras entre arte y diseño deliberadamente se debilitan.

El antecedente inevitable es Joaquín Torres García, quien durante su período europeo concibió juguetes destinados inicialmente al juego de sus propios hijos y terminó transformándolos en otro territorio de investigación plástica.

Diseñar un juguete significa también inventar formas, experimentar con materiales y establecer mecanismos de participación.

El espectador deja entonces de ser únicamente alguien que contempla.
Tiene ganas de tocar, de mover, de jugar y de jugar a ser otro.

Todo juego contiene también la posibilidad de transformarnos.

Disfraces, personajes y situaciones imaginarias permiten asumir identidades diferentes, exagerar comportamientos y construir realidades improbables.

Los artistas reunidos bajo este núcleo trabajan precisamente sobre esa capacidad de convertirse momentáneamente en otro.

Pero detrás del juego también puede aparecer algo más profundo como es la posibilidad de tomar distancia de la realidad e incluso procesar determinadas experiencias a través de la ficción.

Como ocurre durante la infancia, la imaginación transforma la realidad en escenario.
Y nosotros podemos convertirnos en sus protagonistas.

Un montaje que favorece el diálogo

Sabemos que las salas del MNAV no siempre resultan sencillas para resolver exposiciones de estas características. Sin embargo, en esta oportunidad las divisiones establecidas entre “Somos jugando” y la exposición dedicada a Cecilia Brugnini permiten que ambas propuestas respiren.

El montaje a cargo de Niklaus Strobel genera un recorrido fluido y las líneas diagonales que atraviesan algunos sectores modifican las perspectivas habituales del espacio.

Esto permite observar determinadas piezas desde diferentes ángulos y, fundamentalmente, establecer confrontaciones inesperadas.

La muestra ocupa parte de la gran sala de planta baja y continúa en dos espacios de la planta superior, compartiendo el museo con otras exposiciones temporales.

Ese recorrido evita la monotonía.
Las obras se aproximan, se separan y vuelven a encontrarse.

Y allí aparece uno de los mayores logros de la exposición.

Una pintura de Pedro Figari jugando visualmente con una escultura de Federico Arnaud produce un diálogo que termina generando una tercera obra, imaginaria, construida por nuestra propia mirada.

Volver a mirar nombres olvidados

Existe además otro aspecto que considero fundamental.

“Somos jugando” rescata artistas que lentamente habían quedado relegados dentro de nuestra memoria colectiva.

Nombres como Víctor Hugo Andrade, Adela Caballero, Magdalena Díaz o Checha Martínez Gandolfo fueron entre otros vuelven a ocupar las paredes del museo y recuperan así parte del lugar que les corresponde dentro de nuestra historia artística.

Pero no se trata únicamente de recordar a nuestros artistas.
Al colocar sus obras junto a producciones pertenecientes a otros momentos, estilos y generaciones, la exposición permite reconsiderar sus aportes desde el presente.

Y ese ejercicio es particularmente saludable para un museo que conserva una colección pública.

También resulta acertada la diversidad de soportes. La cerámica de Nicole Vanderhoeght, realizada en 2022, confirma que el recorrido no queda atrapado exclusivamente en la pintura: aparecen escultura, fotografía, dibujo, instalación, audiovisual y objetos.

El resultado es un ámbito conectivo en el que el espíritu de la propuesta se comprende sin necesidad de seguir una cronología.

Los protagonistas

La exposición reúne 72 artistas y 3 colectivos, atravesando generaciones que van desde figuras fundamentales de nuestra historia del arte hasta creadores contemporáneos.

Participan:

Alicia Mihai Gazcue, Elsa Andrada, Víctor Hugo Andrade, Carmelo Arden Quin, Federico Arnaud, Alicia Asconeguy, Lauro Ayestarán, Washington Barcala, Rafael Barradas, Miguel Ángel Battegazzore, Ulises Beisso, Olga Bettas, Juan Burgos, Adela Caballero, Carlos Alberto Castellanos, Pablo Conde, José Pedro Costigliolo, Colectivo La Truca, Francisco Cunha, Checha Martínez Gandolfo, Yvonne D’Acosta, Mayra Da Silva, Carmelo de Arzadun, Magdalena Díaz, Lacy Duarte, Manuel Espínola Gómez, Gustavo Fernández, Nino Fernández, Magela Ferrero, Pedro Figari, José Gamarra, Carolina Gil Freiría, Leonilda González, Pilar González, José Gurvich, Mario Handler, Eugenio Hinds, Ignacio Iturria, Nora Kimelman, Linda Kohen, Guillermo Laborde, Seida Lans, Clever Lara, Marcelo Larrosa, Lilián Lipschitz, Antonio Llorens, Hugo Longa, Fernando López Lage, Diego Masi, Cecilia Mattos, Federico Méndez, Carlos Musso, Amalia Nieto, Juan José Núñez, Nerses Ounanian, José María Pagani, Pedro Peralta, Amalia Polleri, Sergio Porro, Nelson Ramos, Anna Rank, Carlos Federico Sáez, Analía Sandleris, Gustavo Serra, Luis Solari, Gustavo Tabares, Tacuabé, Santiago Tavella, Joaquín Torres García, Dani Umpi, Diego Morera y Sebastián Lambert (Unkrns), Nicole Vanderhoeght, Petrona Viera, Ernesto Vila, Teresa Vila y Bruno Widmann.

Una nómina extensa que, lejos de funcionar como una acumulación de nombres, permite comprobar la amplitud temporal y conceptual que puede adquirir una colección cuando existe una mirada curatorial capaz de activarla.

Un museo que vuelve a mostrar lo que tiene

“Somos jugando” termina demostrando algo bastante sencillo pero que no siempre sucede y es que un museo no solamente debe conservar su patrimonio, sino que tiene que hacerlo vivir.

El MNAV posee un acervo extraordinario y durante demasiado tiempo muchas de esas obras han permanecido fuera de la mirada pública.

Aquí vuelven a salir.

Pero no para ocupar solemnemente una pared.

Salen para mezclarse, enfrentarse y dialogar.

Para recuperar artistas olvidados y permitir que otros, perfectamente instalados dentro del canon, puedan ser observados desde perspectivas menos previsibles.

En definitiva, para jugar.

Y hacía mucho tiempo que el acervo del MNAV no jugaba tan bien.


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