Byung-Chul Han (Seúl, Corea del Sur, 1959) es un filósofo que nos habla en voz baja. Sus libros abordan temáticas reveladoras y rara vez superan las 130 páginas. Sin embargo, leerlos exige mucho más tiempo que recorrer una novela de cuatrocientas. Cada una de sus frases parece reclamar una pausa, una reflexión, un diálogo con uno mismo.
Siempre lo he considerado un sabio que nos invita a detenernos. En un mundo donde habitamos espacios cada vez más ruidosos, la consigna parece ser una sola: mantenernos distraídos para que todos pensemos igual, consumamos lo mismo y en mayores cantidades.
Ese es, en buena medida, el espíritu del capitalismo contemporáneo, y las redes sociales, a través de nuestros dispositivos electrónicos, se han convertido en su portavoz más eficaz.
He leído varios de sus libros y todos me han conducido a un ejercicio de introspección. Byung-Chul Han nos invita a dejar de buscar afuera aquello que solo puede encontrarse dentro de nosotros.
En “Sobre Dios. Pensar con Simone Weil”, el filósofo analiza la obra de Simone Weil (París, 1909-1943), una pensadora extraordinaria que, quizás precisamente por su profundidad, nunca alcanzó la popularidad de otros filósofos contemporáneos.
Weil dedicó su breve vida a comprender un mundo estruendoso que apenas nos permite pensar por nosotros mismos.
La información nos invade de manera permanente. Vivimos sometidos a un flujo constante de estímulos que ni siquiera nos concede el tiempo necesario para conocernos. Muchas veces comprobamos que ni siquiera durante la oración o la meditación conseguimos silenciar nuestra mente.
El libro plantea una tesis tan provocadora como reveladora: “Dios no ha muerto, sino que ha muerto el ser humano al que Dios se le revelaba”.
Byung-Chul Han sostiene que la crisis espiritual de nuestro tiempo no se explica porque la religión haya perdido credibilidad, sino porque nuestra manera de habitar el mundo ha cambiado profundamente. La hiperactividad, el exceso de información y el entorno digital han transformado nuestra capacidad de atención hasta el punto de dificultarnos la experiencia del silencio, la contemplación y, en consecuencia, la posibilidad misma de abrirnos al misterio de Dios.
No es casual que, dentro de la Iglesia Católica en Montevideo, hayan proliferado pequeñas capillas de adoración donde se expone el Santísimo Sacramento. Son espacios mínimos, despojados y silenciosos que parecen responder a una necesidad profundamente contemporánea: encontrar un ámbito donde el ruido del mundo no logre penetrar y donde resulte posible acercarse a Dios.
Ese es precisamente el camino que Byung-Chul Han recorre de la mano de Simone Weil. El ensayo se estructura en siete capítulos: Atención, Descreación, Vacío, Silencio, Belleza, Dolor e Inactividad.
Todo parece sencillo en teoría. Llevarlo a la práctica, en cambio, exige un ejercicio permanente y nada fácil.
Quizá el concepto central del libro pueda resumirse en una sola palabra: silencio.
Nuestros espíritus necesitan silencio para manifestarse. Así como el organismo encuentra mecanismos de regeneración cuando dejamos de sobrealimentarlo, el alma también necesita vaciarse para descubrir quién es realmente.
Si no nos concedemos espacios de silencio, difícilmente podremos crecer espiritualmente. El incesante bombardeo de información termina por ensordecer el alma.
Hay una idea de Simone Weil que atraviesa todo el ensayo la cual afirma que cuando pretendemos saber más que Dios, es porque ya hemos comenzado a equivocarnos. Weil habla de una suerte de autofagia del alma, un vaciamiento del ego que nos conduce hacia Dios y, en definitiva, hacia la verdad.
Mientras leía el libro, no podía dejar de recordar las interminables vacaciones de mi infancia. Aquellas tardes en las que, después de agotar todos los juegos, no había absolutamente nada que hacer. Eran justamente esos momentos de aparente aburrimiento los que despertaban la imaginación, las ideas más creativas y largas conversaciones, no solo con los amigos, sino también con uno mismo. Muchas de aquellas reflexiones todavía permanecen en mi memoria.
Hoy esos tiempos parecen haber desaparecido. Los jóvenes viven permanentemente ocupados, corriendo detrás de objetivos que muchas veces ni siquiera comprenden. Todos avanzan en la misma dirección, aunque pocos sean capaces de explicar por qué o para qué.
La imaginación se ha ido apagando.
Ya no sabemos aburrirnos. Hemos perdido la capacidad de distraernos de verdad, y con ello también la posibilidad de escucharnos. En esa incapacidad para detenernos quizás también se encuentre una de las razones por las que nos resulta tan difícil encontrarnos con Dios, cualquiera sea el nombre con el que cada uno lo invoque.
El ruido permanente no nos permite pensar. Tampoco nos deja reconocer el bien, que necesita siempre de la discreción, del silencio y de la oración para manifestarse. El mal, por el contrario, se comporta como un virus y se expande con facilidad, seduciendo, y ese ruido que genera termina desviándonos del camino.
Necesitamos volver a escuchar el silencio de Dios en medio de tanto estruendo.
Y quizá, después de todo, lo mejor que pueda hacer sea callarme e invitarlos simplemente a leer este ensayo. Hay libros que no buscan enseñarnos más cosas. Buscan, sencillamente, ayudarnos a hacer silencio.
