Buenos Aires, Argentina.
Santiago Estellano: ver dos veces
Visitar el taller de Santiago Estellano (Montevideo, 1977) en Buenos Aires no es solo entrar a un espacio de trabajo, es ingresar a una mente que opera en capas. Y hay que estar dispuesto a mirar más de una vez.
El artista uruguayo —radicado en la ciudad desde 2008— construye su obra desde una estructura mental heredada del diseño gráfico, pero no se queda ahí.
Esa matriz, lejos de encorsetarlo, le permite desplegar un sistema donde las imágenes se cruzan, se duplican y se tensionan entre lo visible y lo que apenas asoma.
Sus piezas funcionan como trampas visuales. A distancia, parecen cerradas, casi rotundas. Pero basta acercarse para que el ojo empiece a desarmarlas y ahí aparecen otros elementos, otras capas, otras lecturas. Hay seducción, sí, pero también una exigencia clara donde el espectador tiene que trabajar.
Estellano no improvisa. Trabaja por series que ordena previamente en su cabeza, como si cada obra fuese parte de un sistema mayor que se va revelando de a fragmentos. En ese proceso, su formación y su sensibilidad entran en fricción productiva donde lo racional estructura y lo sensible desborda.
Su taller —parte de Casa Cultural Impar— es, en sí mismo, una obra de arte habitable en un espacio donde el rigor, el orden y la prolijidad no son decorativos sino estructurales. Todo parece estar exactamente donde debe estar. Nada sobra. Nada distrae.
Ubicado en una casa de 1930 en el barrio de Núñez, sobre la siempre ruidosa Avenida Cabildo, el espacio logra lo improbable aislándose del ruidoso exterior. Tres plantas donde el tiempo parece desacelerarse y donde cada habitación funciona como un pequeño ecosistema creativo.
Allí conviven ocho artistas con lenguajes diversos —entre ellos Carolina Chocron, Ignacio Violoni, Soledad Petrelli, Diego Alberti, Tamara Gómez, Dani Sanchis (Barcelona), Florencia Fredes y Santiago Estellano— en un equilibrio poco frecuente: dentro de una comunidad sin homogeneidad. Cada uno sostiene su voz.
En el caso de Estellano, esa voz se desplaza entre lo virtual y lo orgánico. Sus obras, atravesadas por prismas móviles y estructuras geométricas, no rehúyen lo discursivo, por el contrario hay en ellas un pulso panfletario, una voluntad de posicionamiento. La naturaleza aparece no como paisaje decorativo sino como campo de tensión frente a la lógica destructiva contemporánea.
Sobre las imágenes de una naturaleza pasiva, inocente, hay textos impresos que a simple vista no se ven exigiendo ejercicios visuales hasta descubrirlas, textos que por cierto no logran ser percibidos cuando uno los fotografía y es allí también donde radica el compromiso que Estellano pretende del espectador.
El propio artista lo formula con claridad cuando afirma que su práctica busca “resignificar lo establecido” y construir universos con reglas propias. En esa operación, el tiempo —esa cuarta dimensión esquiva— comienza a infiltrarse en su trabajo como materia.
Pero más allá del statement, lo interesante ocurre en la experiencia directa. Ahí es donde la obra deja de explicar y empieza a operar.
La visita también tiene su ritual.
Estellano llega cada día caminando, cuarenta minutos junto a Nelson, su perro rescatado. No es un dato menor. Hay algo en ese desplazamiento cotidiano que dialoga con su producción donde opera una preparación lenta, sostenida, casi meditativa antes de entrar en la maquinaria del trabajo.
No es menor tener presente que su trabajo haya sido seleccionado en el 69º Salón Manuel Belgrano y exhibido en instituciones como el Museo de Arte Contemporáneo de Salta o el Museo de Arquitectura de Moreno, además de circular por ferias como arteBA o Pinta. Ese recorrido no explica la obra, pero confirma que su investigación encuentra eco en distintos circuitos.
Salir de su taller implica quedarse con una sensación ambigua pero fértil que radica en haber entendido algo… y al mismo tiempo no del todo. Y eso, en un contexto saturado de obras que se agotan en la primera mirada, es mucho decir.
Conocer a Estellano fue un golpe de suerte. Es un artista que vale la pena seguir de cerca.
También su colectivo será motivo de próximas visitas.
Gracias por tu invitación Santiago!
