San Miguel Arcángel de Pátzcuaro

El corazón que me eligió en Pátzcuaro

En Pátzcuaro uno entra a los locales como quien entra a un bosque de símbolos colmados de vírgenes, arcángeles, corazones encendidos, dorados que compiten por atención. Todo brilla. Todo seduce. Y, sin embargo, entre decenas de piezas más ruidosas, apareció éste.

Madera tallada. Pintura hecha a mano. Dorado a la hoja que no grita sino que respira.
Un corazón barroco, con roleos carnosos y una flor inferior que ancla la composición. Y en el centro, San Miguel Arcángel, joven, casi delicado, espada en alto pero sin gesto feroz. Más guardián que guerrero. Más presencia que amenaza.

No era el más grande. No era el más chillón.
Era el más equilibrado y fue amor a
primera vista aunque intenté ignorarlo.

El azul del fondo le da profundidad y calma. Las alas, con ese degradé rojo-amarillo-negro, recuerdan que el barroco novohispano todavía late en los talleres michoacanos.

La talla tiene volumen sincero; el dorado —aplicado con hoja, no pintura metálica— capta la luz como debe hacerlo con dignidad, no con estridencia.

La chica del local sumó mucho con su cordialidad y simpatía lejos de ser empalagosa. No me sedujo desde la insistencia comercial, sino desde esa complicidad silenciosa de quien sabe que uno ya está perdido.
Lo dejé apartado. Me fui. Caminé el día entero entre plazas, portales y otras tentaciones.

Pero el corazón ya me había mirado, y yo ya sabía que era mío. Que éramos el uno para el otro, que había sido tallado para acompañarme.

Volví al final de la jornada sin negociar conmigo mismo. Hay piezas que uno compra. Y hay piezas que lo adoptan a uno.

Hoy ocupa un lugar destacado en la entrada de mi estudio. Me da la bienvenida cada mañana y, si uno cree en estas cosas —yo creo— también protege. No desde el dogma, sino desde la memoria cultural que carga: siglos de barroco, devoción popular y manos artesanas que siguen tallando identidad.

No es antigüedad virreinal. Es tradición viva.
Y eso, para un hurgador viajero, vale más que cualquier certificado.

A veces el arte no se explica: se reconoce.
Y cuando eso pasa, no hay duda. Es el uno para el otro.


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