Sabio taoísta

Reseña de una talla china en jadeíta

La paciencia del jade

No fue una compra impulsiva. Tampoco un souvenir elegante para justificar un viaje. Esta talla en jadeíta llegó a mis manos porque, como suele pasar con los objetos que importan, se impuso.

La pieza representa a un sabio taoísta, figura central de la tradición china asociada a la longevidad, la sabiduría y el retiro del mundo.

En ella no hay dramatismo ni gesto heroico: el personaje parece existir en otro ritmo, ajeno al apuro. Lo rodean enredaderas y calabazas (húlu), símbolos clásicos de salud, protección e inmortalidad. Nada está ahí por capricho. En China, el jade no admite improvisaciones.

Tallada en jadeíta, material importado históricamente desde Birmania y altamente valorado desde la dinastía Qing, la obra aprovecha con inteligencia las vetas naturales del mineral. Los verdes intensos emergen como pulsaciones de vida entre tonos más lechosos y grises.

El tallador no forzó el bloque: lo escuchó y lo respetó. Eso distingue a una buena pieza de una simplemente costosa.

La técnica es exigente: alto relieve con calados profundos, zonas casi suspendidas en el aire, y una parte posterior pulida y plana, pensada para reposar en un estudio o altar doméstico.

La base de madera, añadida posteriormente, cumple su función sin robar protagonismo. El jade manda.

Por estilo, material y ejecución, la pieza puede situarse entre finales del siglo XIX y comienzos del XX, en ese momento en que la tradición china dialoga consigo misma donde no inventa sino que perfecciona.
No busca sorprender, busca durar y cumplir con su mensaje filosófico.

¿Y por qué terminó conmigo?
Porque coleccionar no es acumular, es reconocer. Porque algunos objetos condensan una idea del mundo que sigue siendo necesaria: la del tiempo largo, la del silencio activo, la del valor que no grita.
Esta talla no habla de poder ni de ostentación. Habla de permanencia.

En un presente obsesionado con la velocidad, el jade propone otra cosa: resistir sin endurecerse.
Y eso —como el buen arte— siempre encuentra destinatario.


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