Rosario de Mompox

Mompox, donde el metal respira

Santa Cruz de Mompox no es una ciudad: es una pausa.

Llegué hasta allí luego de un largo viaje que incluyó varios medios de transporte incluyendo un bote a motor que en determinado momento se quedó varado en medio del río.

A orillas del Magdalena, la filigrana se sigue trabajando como hace siglos, con hilos de plata estirados hasta el límite de lo posible.

No hay prisa. Hay pulso, memoria y silencio. Cada cuenta es una pequeña arquitectura aérea; cada unión, un acto de fe.

Las cuentas están hechas en filigrana momposina clásica: hilos finísimos de plata soldados a mano, formando volúmenes calados, livianos, casi respirables.

La cruz repite el mismo principio: no pesa, dibuja. No hay exceso ni ornamento gratuito. Todo está donde debe estar.

Es un rosario que entiende algo esencial: la devoción no necesita imponerse; basta con permanecer.

Me decidí por él antes de que el artesano lo terminara. Incompleto, frágil, todavía vulnerable al error.

Al otro día y luego de terminado me lo llevé bajo el brazo, como quien interrumpe un destino previsto. No fue impulso: fue intuición y devoción.

Ya en Montevideo, entendí que no volvería a cumplir su función original. No iba a pasar por dedos en serie. Iba a ser mirado.

Mandarlo a enmarcar fue un acto curatorial, no decorativo.

El marco no lo encierra: lo suspende en el tiempo.

De esa manera el rosario deja de ser objeto litúrgico para convertirse en pieza contemplativa, casi un dibujo en el aire fijado por azar.

Allí está ahora, junto a mi lado de nuestra cama, quieto, sin rezar, observando pero protegiéndome.

Este rosario no pide fe.

Pide atención.

Y recuerda, desde Mompox hasta Montevideo, que la belleza verdadera nunca se apura.

El esfuerzo valió la pena.

Screenshot

Publicado

en

por