Venecia, Italia.
La libertad como memoria encarnada
Entre las representaciones latinoamericanas de la 61ª Bienal de Venecia, Cuba vuelve a ocupar un lugar de singular interés.
Su pabellón se encuentra fuera de los recorridos tradicionales de Giardini y Arsenale, en Il Giardino Bianco – Art Space (Via Giuseppe Garibaldi 1814), sobre la emblemática Via Giuseppe Garibaldi.
Durante las jornadas inaugurales, esta calle se convierte en uno de los espacios más vivos de la Bienal con la presencia de artistas, curadores, coleccionistas y visitantes que se mezclan en los restaurantes cuyas mesas invaden la vereda, prolongando las conversaciones iniciadas en las exposiciones.
En ese contexto urbano se presenta “Hombres Libres / Free Men”, proyecto de Roberto Diago, comisariado por Daneisy García Roque y con curaduría de Nelson Ramírez de Arellano Conde.
Abierto entre el 9 de mayo y el 22 de noviembre de 2026, el envío cubano constituye una de las reflexiones más contundentes sobre la memoria afrodescendiente, la libertad y las persistencias del colonialismo.
La propuesta parte de una premisa clara donde la libertad nunca es un estado definitivo, sino una conquista permanente.
Diago rinde homenaje a los cimarrones —aquellos hombres y mujeres esclavizados que eligieron la fuga antes que la sumisión— y, por extensión, a toda la diáspora africana que construyó su identidad enfrentando la violencia colonial.
La inspiración en la figura del poeta cubano Juan Francisco Manzano, quien logró emanciparse intelectualmente mediante la escritura, introduce además la dimensión de la libertad como acto creativo.
La instalación está conformada por un conjunto de cabezas escultóricas de distintos tamaños que avanzan hacia el visitante. No esperan ser contempladas pero interpelan. Obligan a sostener la mirada. Ese desplazamiento físico convierte al espectador en parte de una confrontación donde la historia deja de ser un relato distante para adquirir una presencia corporal.
Como ocurre desde hace décadas en la producción de Diago, la elección de los materiales resulta inseparable del contenido. Maderas reutilizadas, metales oxidados, plásticos y objetos recuperados conforman un lenguaje plástico donde la precariedad se transforma en afirmación estética. No existe voluntad de embellecer las heridas; por el contrario, las superficies rugosas, las grietas y las cicatrices funcionan como marcas visibles de supervivencia. La herida deja de ser símbolo de derrota para convertirse en testimonio de dignidad.
Este conjunto realizados con maderas nos lleva a recordar también las obras de Miquel Barceló
Existe un hilo invisible, aunque perceptible desde el primer encuentro con la instalación, que vincula la propuesta de Roberto Diago con el universo plástico de Miquel Barceló. Sin tratarse de una influencia directa ni de una filiación estética declarada, ambos artistas parecen compartir una misma convicción la de rechazar la superficie pulida y complaciente para construir un lenguaje donde la materia es la verdadera portadora del significado.
En “Hombres Libres”, Diago levanta un conjunto de cabezas escultóricas realizadas con maderas recuperadas, metales oxidados y superficies agrietadas que recuerdan cicatrices o queloides sobre la piel. La materialidad se convierte en memoria. Esa presencia rugosa establece un diálogo inmediato con la pintura matérica y las esculturas cerámicas de Barceló, donde el barro, las cenizas, la arena y los sedimentos generan relieves que parecen haber sido modelados por el tiempo más que por la mano del artista.
En ambos casos, la textura nunca constituye un simple recurso formal. Es una piel que conserva huellas, erosiones y estratos de experiencia. La obra parece crecer desde la propia materia, acumulando memoria antes que representación.
También existe una afinidad en la manera de aproximarse a África, aunque desde perspectivas profundamente diferentes. Barceló encontró en sus prolongadas estancias en Mali una renovación decisiva de su lenguaje plástico, incorporando la fuerza del barro, las arquitecturas de adobe y determinadas formas rituales presentes en la cultura saheliana. Diago, en cambio, no observa África desde la experiencia del viaje, sino desde la memoria viva de la diáspora afrocaribeña y la historia de la esclavitud que constituye parte esencial de la identidad cubana.
Las diferencias son tan importantes como las coincidencias. Mientras Barceló desarrolla una investigación fundamentalmente vinculada a la naturaleza, la transformación de la materia y el paso del tiempo, Diago coloca el cuerpo negro y la memoria del cimarronaje en el centro de su discurso político. Sin embargo, ambos convergen en una idea esencial donde la materia nunca es neutra. El barro, la madera quemada, el metal oxidado o las superficies erosionadas son capaces de contener historias que la representación convencional difícilmente podría transmitir.
Quizá por ello, al recorrer el pabellón cubano resulta inevitable que muchos visitantes evoquen el universo de Barceló. No porque las obras sean semejantes, sino porque ambas comparten una misma confianza en la capacidad expresiva de la materia. Allí donde la superficie se rompe, donde aparecen las grietas y las cicatrices, comienza también la posibilidad de una memoria que se niega a desaparecer.
Esta exposición de Diago representa una evolución natural dentro de la trayectoria del artista. Si en proyectos anteriores, como “Ciudad Quemada”, las estructuras carbonizadas hablaban de la violencia histórica desde la arquitectura, en “Hombres Libres” esa memoria adquiere rostro. También se modifica la actitud de sus figuras cuando aquellos personajes silenciosos que en otras obras aparecían sin boca ahora avanzan decididamente sobre el espacio expositivo. El silencio se transforma en presencia política.
La participación cubana dialoga con notable precisión con el concepto general de la Bienal, “In Minor Keys”, concebido por la curadora Koyo Kouoh. Allí donde la exposición internacional propone escuchar las historias situadas fuera de los grandes relatos de poder, Diago responde mediante materiales considerados “menores” con conformados por residuos, madera desgastada, hierro corroído. Sin embargo, esa aparente modestia material contiene una enorme potencia crítica. Frente a la monumentalidad institucional, la obra reivindica las historias de quienes fueron sistemáticamente excluidos de la narrativa oficial.
Las reacciones de la crítica especializada han destacado precisamente esa capacidad de incomodar. Diversas publicaciones internacionales señalaron que la instalación introduce una tensión necesaria dentro del propio dispositivo europeo de legitimación artística. Más que representar una memoria nacional, Diago coloca sobre la mesa debates universales sobre racismo estructural, exclusión social, deshumanización y las formas contemporáneas de dominación cultural.
Pero quizás uno de los aspectos más interesantes de esta edición sea observar cómo Cuba conversa con otros pabellones latinoamericanos.
Con Brasil, el vínculo resulta inmediato. Mientras Roberto Diago reconstruye la memoria del cimarronaje y la diáspora africana, Rosana Paulino y Adriana Varejão, en “Comigo ninguém pode”, revisitan las heridas de la colonización desde la espiritualidad afroatlántica, la botánica y el cuerpo como archivo histórico.
Con Uruguay, el diálogo aparece a través de la materialidad. Tanto Diago como Margaret Whyte rechazan cualquier seducción del lujo institucional recurriendo a materiales descartados, objetos encontrados y residuos convertidos en lenguaje poético. En ambos casos, la fragilidad material es también una afirmación ética.
Las conexiones continúan con Argentina, donde Matías Duville utiliza carbón, sal y tiempo para construir paisajes marcados por la devastación y la persistencia de la memoria.
En conjunto, estos envíos revelan una característica común de la presencia latinoamericana en esta Bienal donde lejos de buscar espectacularidad, privilegian relatos construidos desde la memoria, la resistencia, los materiales humildes y las historias desplazadas por el discurso oficial.
La propuesta cubana sobresale precisamente porque evita cualquier gesto retórico. Roberto Diago no ofrece respuestas ni reconciliaciones fáciles. Sus esculturas permanecen frente al visitante como una comunidad de presencias que recuerdan que la libertad nunca puede desligarse de la memoria. En esa tensión entre dolor y dignidad reside la enorme fuerza de uno de los pabellones latinoamericanos más sólidos y conmovedores de la 61ª Bienal de Venecia.
Roberto Diago: una trayectoria construida desde la memoria
Nacido en La Habana en 1971, Roberto Diago pertenece a una de las familias más significativas de la historia del arte cubano. Es nieto del reconocido pintor Roberto Diago Querol (1920-1955), figura pionera en la representación de la identidad afrodescendiente en la plástica de la isla, un legado que el artista ha continuado desde una perspectiva profundamente contemporánea.
Se formó en la Academia Nacional de Bellas Artes San Alejandro, la institución artística más antigua de Cuba, donde comenzó a desarrollar un lenguaje propio alejado de los discursos académicos tradicionales. Desde sus primeras exposiciones en la década de 1990, su producción se ha centrado en examinar las consecuencias históricas de la esclavitud, el racismo estructural, la exclusión social y la persistencia de las desigualdades que aún atraviesan a las comunidades afrodescendientes.
Lejos de una representación literal, Diago construye un vocabulario visual basado en la fuerza expresiva de la materia. Maderas recuperadas, metales oxidados, sacos, telas, cemento y objetos encontrados conforman un repertorio de materiales que conserva las marcas del tiempo y de los procesos sociales. Cada superficie, cada grieta y cada cicatriz funcionan como archivos de una memoria colectiva que se resiste al olvido.
A lo largo de más de tres décadas de trayectoria, ha participado en numerosas bienales y exposiciones internacionales, consolidándose como una de las voces más relevantes del arte contemporáneo latinoamericano y caribeño. Sus obras integran importantes colecciones públicas y privadas en América, Europa y África, y han sido exhibidas en instituciones dedicadas al estudio del arte contemporáneo y de las prácticas vinculadas a la diáspora africana.
