Pueblo Garzón, Maldonado.
En la tarde de ayer bajó la temperatura, el cielo se nubló y el clima quedó perfecto para pasear envuelto en una ruana de lana merina como el lugar lo amerita obviamente.
Pueblo Garzón fue nuestro destino sin pedir permiso alguno. No hay quien compita con ese lugar en días fresquitos.
El recorrido incluyó varias paradas clave del circuito artístico local: Piero Atchugarry Gallery, Mauro Arbiza Art y La Galerilla, donde siempre somos recibidos con calidez por Iván Martínez, un galerista con auténtico ojo descubridor, de esos que todavía apuestan —en serio— por artistas emergentes.
La caminata siguió por Walden Naturae, el espacio de Francis Mallmann que combina arte, cafetería, diseño y moda. Bonito, bien pensado y sin disimular el target.
Otro punto fue el open studio de Heidi Lender, El cubo, donde exhibe sus fotografías —y las de otros autores— junto a perchas con indumentaria artesanal de diseño, eso sí: precios tan conceptuales como astronómicos.
Luego de cerrar Campo Art Fest, que durante años puso a Garzón en el radar internacional, Lender volvió a su núcleo duro: producir imágenes.
Radicada en el pueblo desde hace tiempo, abrió su casa donde destinó un espacio que funciona como galería circunstancial, íntima y coherente con su recorrido.
También visitamos Automóviles Garzón, en su segunda temporada, dirigido por Aaron Hojman, confirmando que el pueblo sigue sumando capas expositivas.
En gastronomía, Garzón no se queda atrás: la renovadísima Casa de las Hermanas, donde más que comer se vive una experiencia con el espacio, y el célebre Restaurante Garzón, epicentro del mito local y, también, francamente prohibitivo para bolsillos uruguayos promedio.
En nuestro caso optamos por unos sabrosos refuerzos de mortadela en un almacén típico del lugar.
Pueblo Garzón tiene algo de escenario surrealista: llegar es salir del contexto. Todo sucede en “slow motion”.
Fuera de los visitantes, se ve poca gente.
Eso sí: venir implica —casi— tener aprobado el First Certificate. En muchos lugares te atienden directamente en inglés. Preocupante, aunque tristemente habitual cuando los gringos ponen el ojo (y la billetera) en un sitio que adoptan como propio.
Defender la cultura también es defender el idioma. Y en eso, los uruguayos todavía tenemos tarea pendiente.
