Premio Trabucco 2026

Buenos Aires, Argentina.

La persistencia de la pintura (aunque la hayan dado por muerta más de una vez)

La pintura —ese soporte clásico que muchos intentaron velar a fines del siglo XX— sigue ahí, incómodamente viva. No como reliquia, sino como lenguaje insistente. La pintura de caballete, sobre lienzo o cualquier derivación material, no es una tradición, es casi un reflejo. Algo que aparece antes de que sepamos teorizarlo.

Porque en el fondo el gesto pictórico es primario donde la mano ejecuta lo que la mente organiza, pero lo que verdaderamente pulsa viene de otro lado.
Viene de ese archivo difuso donde conviven experiencia, emoción y una memoria que no siempre sabemos nombrar.
Pintar sigue siendo, en ese sentido, una forma de traducir lo que no termina de volverse lenguaje.

El arte contemporáneo, conviene decirlo sin rodeos, no vino a cancelar la pintura. Lo que hizo —y sigue haciendo— es desplazar la pregunta. Ya no se trata de “si pintar” sino de cómo y para qué pintar hoy. Y en ese movimiento, la pintura se mezcla, se expande, se contamina con otros dispositivos. Deja de ser un fin en sí mismo para convertirse en una herramienta dentro de sistemas más complejos de sentido.

Por eso, que existan premios que insistan en la pintura no es un gesto conservador por el contrario es una necesidad. Pero con una condición: no alcanza con sostener el medio, hay que tensarlo.

El Premio Trabucco: tradición, legitimación y termómetro de época

En este marco, el Premio Adquisición Alberto J. Trabucco funciona como algo más que un reconocimiento puesto que es un dispositivo de validación institucional con memoria histórica.

Creado en 1993 por la Academia Nacional de Bellas Artes, el premio mantiene una lógica precisa consistente en una invitación a diez artistas, selección de alto nivel y un único premio adquisición.
No se trata solo de consagrar una obra, sino de incorporarla al patrimonio público mediante su donación a museos nacionales, provinciales o municipales.

Que la edición 2026 se haya realizado en el Fundación OSDE tampoco es casual. Su sede, sobre la calle Arroyo —probablemente la más encantadora de Buenos Aires—, convierte la visita en algo más que una cita con el arte: una caminata inevitablemente disfrutable, casi un prólogo urbano antes de entrar en materia.

El jurado —integrado por Gracia Cutuli, Andrea Giunta, Graciela Hasper Matilde Marín Pablo La Padula, José Marchi (quien también preside la Fundación Alberto J. Trabucco), Eduardo Medici y Mercedes Reitano— refuerza esa doble condición del premio: exigencia crítica y legitimación institucional.

Pintura 2026: nombres propios, lenguajes abiertos

Los artistas convocados —Valentina Ansaldi (Buenos Aires, 1994), Carolina Antich (Rosario, 1970), Juan Astica (Santiago de Chile, 1953), Alejandra Fenochio (Buenos Aires, 1962), Yuyo Gardiol (Santa Fe, 1980), Verónica Gómez (Buenos Aires, 1978), Martina Krapp (Buenos Aires, 1981), Ad Minoliti (Buenos Aires, 1980), Fátima Pecci Carou (Buenos Aires, 1984) y Paula Senderowicz (Buenos Aires, 1973)— configuran un panorama donde la pintura ya no es un territorio estable, sino una zona en expansión.

Lo interesante no es la diversidad —eso ya es esperable— sino cómo cada uno tensiona el medio.

Senderowicz: materia, clima y proceso

La ganadora, Paula Senderowicz, no trabaja desde la imagen cerrada sino desde el fenómeno. Su obra —un tríptico compuesto por Vog (bruma volcánica), Tefra (ceniza, escoria y otros fragmentos de magma) y Amplitud térmica— desplaza la pintura hacia lo atmosférico.

Pero lo interesante no se agota en el concepto sino que está en la materialidad concreta, en cómo esas ideas se encarnan en procedimientos específicos:
*Amplitud térmica (2026)
Hielo coloreado sobre papel entelado
100 × 150 cm
*Tefra (ceniza, escoria y otros fragmentos de magma) (2026)
Acuarela y gouache sobre papel entelado – 100 × 150 cm
*Vog (bruma volcánica) (2026)
Acuarela y gouache sobre papel entelado – 100 × 150 cm

Acá no hay representación en sentido clásico, hay procesos. El uso de hielo coloreado introduce una variable inestable —derretimiento, desplazamiento, accidente— que vuelve a la pintura un campo activo, no una superficie controlada. La acuarela y el gouache, por su parte, acompañan esa lógica de lo fluido, de lo que se expande y se retrae.

Senderowicz no pinta el clima, trabaja con él como condición. Y en ese gesto, la pintura deja de ser imagen para convertirse en acontecimiento.

Una conclusión sin romanticismo pero con cuerpo

Decir que “ya está todo dicho en pintura” es una frase cómoda. La realidad es otra: todo está dicho, pero no de esta manera.

Lo que aparece en esta edición del Trabucco no es una ruptura, sino una deriva donde la pintura muta, se infiltra, se contamina.

Y, sin embargo, hay algo que permanece intacto pues desplazarse entre estas obras sigue siendo un remanso. No como refugio, sino como necesidad casi innata. La pintura obliga a otra temporalidad, a otro tipo de atención.

En medio del ruido visual contemporáneo, todavía logra algo raro no menor: hacer que la mirada se quede.

Y eso —aunque suene simple— sigue siendo profundamente radical.


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