Porto Alegre, donde siempre me gusta regresar.

Ciudad gaucha, cálida y diversa, tiene una identidad particular, construida a partir de una convivencia de culturas donde confluyen las fuertes raíces italianas y alemanas con la tradición de los gauchos brasileños.

Y hay dos elementos que hablan de esa identidad sin necesidad de demasiadas explicaciones: el mate —aquí, chimarrão— y la buena carne.
El primero forma parte de un ritual cotidiano y compartido; la segunda encuentra en las churrascarías y parrillas una de las expresiones gastronómicas más características de Rio Grande do Sul. Dos costumbres que, para quienes venimos del otro lado de la frontera, resultan inevitablemente familiares.

Su gastronomía acompaña esa diversidad variada, generosa y, algo que no es menor para quien viaja, todavía accesible en precios.

Sus calles quizás no sean las más elegantes ni su arquitectura urbana busque deslumbrar a primera vista. Sin embargo, Porto Alegre guarda un encanto propio, de esos que se descubren caminando. Buenos restaurantes, cafés, comercios con productos de calidad y locales instalados en edificios donde el diseño contemporáneo aporta una nota diferente amplían considerablemente las posibilidades para quien la visita.

Y después está su entorno. Basta alejarse de la ciudad para comenzar a descubrir las sierras y, más allá, las regiones vitivinícolas de Rio Grande do Sul, donde el paisaje, la gastronomía y el vino justifican por sí solos extender el viaje.

Porto Alegre no necesita exhibirse demasiado. Tiene esa cualidad de ciertas ciudades que quizás no enamoran de inmediato, pero que terminan generando algo más duradero como las ganas de regresar.

Y yo, cada vez que puedo, regreso.


Publicado

en

por