En Lima, entre objetos que compiten por llamar la atención, hay piezas que no gritan. Esperan y este lo hizo por mí.
En Las Pallas, el ojo aprende rápido
que lo auténtico no seduce de inmediato, se impone después. Fue ahí donde apareció este perro.
Todo él es un relato.
Rojo terroso. Superficie pulida a mano. Líneas blancas que no decoran sino que ordenan. Flores, tramas, signos que parecen mínimos pero cargan una lógica antigua. Nada es gratuito. Nada está puesto “porque queda lindo”.
El animal está sentado, erguido, con la boca abierta en un gesto ambiguo. ¿Alerta, canto, respiración?
No es un perro naturalista. Es una idea de perro. Un símbolo comprimido en volumen.
Es un perro viringo —el perro peruano sin pelo— y eso importa pues la ausencia de pelaje no es un detalle físico, es un rasgo identitario. En la tradición prehispánica, su piel expuesta lo vuelve superficie de inscripción, cuerpo-signo, soporte de sentido.
Y ahí entran todo sus dibujos.
Sobre el lomo, una línea vegetal recorre la pieza como una columna vertebral simbólica que denota crecimiento, continuidad, vínculo con la tierra.
Las flores no son ornamento ingenuo por el contrario condensan fertilidad, ciclos, repetición vital. Más arriba, una trama geométrica introduce otra lógica que habla del orden humano, del territorio así como la domesticación del espacio.
En los laterales, pequeñas marcas rítmicas —casi incisiones— refuerzan la idea de pulso, de respiración visual. El conjunto no ilustra, estructura la pieza. Es un sistema de signos que convierte al animal en algo más que figura.
La pieza probablemente viene de la tradición cerámica de Ayacucho, donde el barro no se modela para agradar sino para contar. El rojo profundo y el blanco contrastado son una declaración de origen. No hay concesiones.
Pero lo decisivo no fue eso.
Fue que Mari Solari tenía uno igual ya muy viejito como compañero de vida protegido por una capa. Y entonces el objeto dejó de ser objeto y se volvió vínculo. Y até la información.
Su autor es Mamerto Sánchez Cárdenas (Quinua, 11.05.1942 – 2023) – Ayacucho, Perú.
Hoy este perro ocupa un lugar entre piezas de distintos territorios, entre otros perros que también viajaron para acompañarme.
Pero viringo no compite pues no necesita hacerlo. Tiene algo que muchas obras pierden en el camino que radica en la densidad simbólica sin estridencia.
Viringo no ladra, no decora, inscribe.
Y lo más importante: permanece.





