La Barra, Maldonado.
Nacida en Venecia en 1955, Paola Marzotto viene sistemáticamente a Uruguay, donde tiene su casa. No es turismo, es pertenencia desde que conoció el lugar hace varios años. Hay algo en esta tierra —campo, playa, horizonte limpio— que dialoga con su mirada.
Su formación artística y su preocupación constante por la naturaleza encontraron en la fotografía un cauce inevitable. Pero lo suyo no es el registro pasivo. Es una toma de posición.
Vivió con intensidad la Roma de los años setenta. Transitó el mundo cultural con naturalidad entre artistas, cineastas, poetas y políticos.
Conoció figuras como Lina Wertmüller, Pier Paolo Pasolini y Melina Mercouri. Fueron años de bohemia sofisticada, pensamiento en ebullición y noches largas. También de formación silenciosa.
Empezó a fotografiar a los 16 años. Primero por impulso. Después por necesidad. Fue reportera gráfica en los setenta y ochenta. La cámara nunca fue accesorio sino que fue extensión.
El jardín como manifiesto
En su casa uruguaya, el jardín no es decoración, es laboratorio. Sus series de flores parten de tomas realizadas allí mismo. Luego edita, ajusta, depura hasta que la imagen alcanza el punto exacto de tensión entre belleza y concepto.
En el patio hay una fuente con nenúfares. De allí surge una serie titulada “My Giverny”, guiño inevitable a Claude Monet. Pero no es cita complaciente. Es diálogo. Monet pintaba la vibración de la luz; Marzotto captura la respiración del agua.
Sus fotografías no están hechas para ser observadas. Están hechas para ser habitadas.
Antártida: belleza que se derrite
En 2023 viajó tres semanas a bordo del ARA Almirante Irízar. De esa experiencia nace Antártida, Belleza que se derrite. Aurora, exhibida en el Palacio Libertad, Centro Cultural Domingo F. Sarmiento.
Icebergs, volcanes, auroras. Paisajes de una pureza brutal. Las intervenciones son mínimas. Lo justo. El resultado roza lo surreal sin traicionar el documento. La belleza aparece, sí, pero también la fragilidad. No hay discurso panfletario. Hay evidencia.
Sus imágenes son activas. Nos miran. Nos interpelan. Frente a ellas, el espectador deja de ser sujeto observador para convertirse en parte del cuadro. La naturaleza no es fondo, por el contrario es conciencia.
Rigor, diálogo y convivencia
Marzotto es fotógrafa, periodista, diseñadora de moda, ambientalista. Fundó Eye-V Gallery, colectivo internacional dedicado a la fotografía artística y natural. Estudió antropología, psicología y actuación en el método de Lee Strasberg. Fue productora, autora, trabajó en medios y también en política. Multifacética, sí. Dispersa, no.
Es una mujer elegante desde la sobriedad. Serena. Profesional hasta el detalle. Su ojo detecta lo que otros no ven: un desajuste mínimo, una tensión mal resuelta. Corrige sin estridencias. Exige sin imponer.
En su casa —cargada de arte y sin exceso— sus obras conviven con piezas de otros artistas. No hay competencia, hay conversación. Entre ellas destacan las flores de Nicola Costantino, cuya intensidad matérico-conceptual dialoga con la sensibilidad orgánica de Marzotto.
Dos miradas sobre lo floral: una desde la construcción simbólica, otra desde la contemplación intervenida. El contraste enriquece.
También destacan las fotografías de Manuela Cacciaguerra y las exquisitas obras de Uberto Guasche entre otros artistas que habitan el entono de la artista.
Recorrimos cada espacio con calma. Campo y playa, pero sin rusticidad improvisada. Todo responde a un orden interior que la define.
Salí con una obra suya dedicada bajo el brazo. Gesto que agradezco. Pero más que la obra, me llevé la confirmación de algo evidente: en sus fotografías habita ella.
Mujer de mundo. Inquieta. Madre, abuela. Siempre proyectando.
La naturaleza no es su tema. Es su ética.
Y eso —en tiempos de imágenes vacías— no es poca cosa.
