Otro Viringo, pero diferente
En Lima me pasó algo que no estaba en el itinerario, me sedujo un perro, pero nada raro en mi.
No movía la cola. No respiraba. No ladraba. Y sin embargo, ahí estaba, mirándome con una sonrisa que parecía más bien una advertencia. Lo encontré entre estantes cargados de historias en una tienda donde cada objeto tiene pasado, aunque no siempre tenga edad.
Era un perro viringo, me dijeron. Desnudo, como manda su naturaleza, pero cubierto de manchas rojizas que no le pertenecen del todo. Porque este perro —conviene aclararlo— tiene algo de impostor elegante ya que su cuerpo no es solo perro.
En él hay una tensión felina, una mandíbula que recuerda más al poder que a la ternura.
Y ahí radica el juego.
En Perú, el perro sin pelo no es solo un animal, es símbolo, compañía ancestral, calor en las noches frías. Pero esta pieza decide cruzar la línea. Toma al viringo y lo contamina con otra cosa, con la estética de antiguas culturas que no representaban mascotas, sino fuerzas.
El resultado es inquietante y a la vez seductor.
El asa en su lomo lo delata pues no nació para ser contemplado, sino para servir. Para contener. Para circular. Es un objeto que alguna vez tuvo función, aunque hoy solo active preguntas y en mi caso ternura y respeto por la historia.
Lo compré sin negociar demasiado pues hay decisiones que no se discuten, solo se aceptan.
Ahora vive conmigo, lejos de Lima, infiltrado entre otras piezas y rodeado de otros perritos. No ladra, pero impone presencia. No se mueve, pero ocupa territorio.
Y cada tanto, cuando lo miro de reojo, tengo la sospecha de que ese perro —o lo que sea que realmente es— me eligió a mí.
Por cierto, responde al nombre de Manchita.



