Oratorio Mariano

Hallazgo de viajero hurgador

No lo encontré, me encontró como me suele suceder.
Y no fue un día cualquiera.

Hoy escogí este oratorio brasileño para recordarlo en la jornada en que celebramos Santa María, Madre de Dios.
Las casualidades no existen cuando uno viaja atento.

Madera tallada, policromía gastada, azul profundo como cielo usado. Una pieza nacida para la intimidad doméstica, no para vidrieras.

Brasil interior, con Minas Gerais respirando en cada curva barroca suavizada por manos populares. Devoción sin alarde.

El oratorio, con su remate superior en abanico y puertas que aún saben abrirse, no es marco: es refugio. Protege. Contiene. La pintura saltada no habla de deterioro sino de vida. Estuvo en una casa. Acompañó rezos, silencios, rutinas.

La Virgen —una Inmaculada de gesto firme y proporciones libres— no posa: está.
Manos en oración, manto azul con dorados sobrios, querubines sosteniéndola sin solemnidad impostada. No hay dulzura edulcorada. Hay presencia.

Me interesan estas piezas:
las que no fueron hechas para ser admiradas sino para ser vividas.
Las que cargan fe, pero también tiempo.

Viajar, para mí, es hurgar.
Mirar dos veces donde otros pasan de largo.
Saber cuándo un objeto tiene más memoria que precio.

Elegirla hoy no fue un gesto decorativo.
Fue una forma de escucha.

Este oratorio no adorna.
Acompaña.
Y en días como este, eso es suficiente.


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