Obituario: Yayoi Kusama

Hacer del abismo un lugar para crear

Yayoi Kusama (Matsumoto,1929-2026) murió el 14 de agosto pasado a los 97 años dejando una de las obras más reconocibles y, al mismo tiempo, más profundamente autobiográficas del arte contemporáneo.

Sus puntos, sus redes infinitas, sus calabazas y sus habitaciones de espejos pueden resultar hoy familiares hasta el extremo de convertirse en imágenes de consumo masivo. Pero detrás de esa espectacularidad existió siempre algo bastante menos amable con una mujer que encontró en el arte una manera de convivir con una mente que desde niña la enfrentaba a alucinaciones, obsesiones y episodios de profunda inestabilidad.

En Kusama, el arte fue refugio, pero también método de supervivencia.

Desde muy joven comenzó a trasladar al papel aquello que aparecía ante sus ojos y dentro de su mente. Los puntos que terminarían convirtiéndose en su signo universal no nacieron como una fórmula estética ni como una estrategia de mercado. Procedían de una experiencia íntima a través de la percepción de formas y patrones que parecían multiplicarse hasta cubrir los objetos, el cuerpo y el espacio.

La repetición fue entonces mucho más que un recurso plástico. Fue una manera de ordenar aquello que amenazaba con desbordarla.

Su vida artística fue también una formidable batalla por ocupar un lugar. A fines de los años cincuenta dejó Japón y se instaló en Nueva York. Allí se abrió paso en una escena dominada fundamentalmente por hombres y participó activamente de la efervescencia de las vanguardias de los sesenta. Pintura, escultura, instalaciones, happenings, performances y acciones contra la guerra fueron construyendo una obra difícil de encerrar dentro de una única corriente.

Kusama entendió muy pronto algo que después sería central para el arte contemporáneo donde la obra podía abandonar el cuadro y apoderarse completamente del espacio.

Pero aquella vida intensa también tuvo un costo. Regresó definitivamente a Japón en 1973 y, pocos años después, decidió voluntariamente ingresar en una institución psiquiátrica de Tokio, donde estableció su residencia permanente. Cerca de allí instaló su estudio. Durante décadas su rutina transcurrió entre ambos lugares, el espacio donde encontraba contención y el espacio donde continuaba creando.

Hay algo extraordinariamente lúcido en aquella decisión. Kusama reconoció sus propias limitaciones y construyó alrededor de ellas una estructura que le permitió seguir trabajando. La clínica no significó el abandono de la creación sino que hizo posible su continuidad.

Y entonces sucedió algo excepcional.

Aquellos mundos que podían atormentarla interiormente comenzaron a ocupar las principales salas y museos del mundo.

Sus Infinity Mirror Rooms transformaron la reiteración obsesiva en experiencia colectiva. Espejos, luces, puntos y reflejos multiplicados hasta hacer desaparecer los límites físicos construyeron espacios donde el espectador podía ingresar, literalmente, en una aproximación al universo perceptivo de Kusama.

Lo privado se hizo público, la perturbación se volvió lenguaje y la repetición se convirtió en belleza.

Y aquello que podía haber permanecido encerrado dentro de una experiencia individual terminó siendo compartido por millones de personas.

Quizás allí resida una de las dimensiones más conmovedoras de su legado. Kusama no ocultó las zonas difíciles de su existencia. Tampoco permitió que ellas definieran por completo quién era. Las transformó en materia artística.

Sus mantos mentales —esas constelaciones interiores que parecían extenderse infinitamente sobre la realidad— encontraron finalmente paredes, pisos, espejos, esculturas y arquitecturas capaces de contenerlos. Y al hacerlo dejaron de pertenecer solamente a ella.

Se convirtieron en escenarios universales.

Resulta paradójico que una artista que pasó buena parte de su vida voluntariamente protegida dentro de una institución psiquiátrica terminara creando algunas de las experiencias artísticas más multitudinarias del mundo. Mientras ella buscaba una estructura capaz de contener su universo interior, el público hacía largas filas para ingresar durante algunos minutos en él.

Pero reducir a Yayoi Kusama a los lunares, las calabazas o las salas infinitas sería quedarse con la superficie de una historia mucho más compleja.

Su verdadera obra quizá haya sido demostrar que crear también puede ser una manera de mantenerse en el mundo.

Hasta sus últimos días siguió pintando. Su estudio y el museo que lleva su nombre lo señalaron al comunicar su muerte: Kusama nunca dejó el pincel.

Y tal vez esa sea la imagen con la que convenga despedirla.

No la anciana de peluca roja convertida en icono global.
No solamente la artista de los puntos infinitos.
No la celebridad que conquistó museos, mercados y multitudes.
Sino una mujer frente a una superficie vacía, repitiendo una forma una vez más.

Un punto. Otro punto. Otro.

Hasta que aquello que alguna vez pudo ser tormento encontró un orden.

Y ese orden se convirtió en arte.

Este año tuve la oportunidad de experimentar algunas de sus instalaciones permanentes como la de Inhotim en Minas Gerais y la ubicada en el Museo Louisiana en Copenhague.
Y homenajearla me llevan hasta allí.


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