Hace apenas unos días estuvimos con mi hijo Valentín con Linda Kohen. Conversamos. Nos miramos. Estaba ahí, con esa presencia serena y filosa a la vez, como su pintura. Por eso duele más escribir esto: porque no se fue desde lejos, se fue desde la cercanía.
Linda no necesitó alzar la voz para decirlo todo. Pintó el mundo desde adentro: interiores domésticos, mujeres solas, gestos mínimos que cargan una tensión enorme. Su obra nunca gritó; susurró verdades incómodas. Fue moderna sin alardes, radical sin estridencias. Pintó lo que muchos preferían no ver y lo hizo con una elegancia feroz.
Su vida fue un acto de coherencia. Llegó desde Europa con la memoria a cuestas y construyó en Uruguay una obra íntima y universal. No buscó pertenecer a modas ni escuelas: se perteneció a sí misma. Y eso, en el arte, es una forma superior de valentía.
Estar con ella hace unos días fue confirmar lo evidente: seguía pensando, observando, midiendo el mundo con la misma lucidez que atraviesa sus telas. No había nostalgia; había conciencia. Linda sabía. Y aun así, estaba.
Hoy su ausencia no deja vacío: deja densidad. Queda una obra que seguirá hablando en voz baja, obligándonos a acercarnos, a mirar mejor, a incomodarnos un poco. Como hacen los artistas verdaderos.
Linda Kohen no se despide.
Se queda.
En cada interior silencioso.
En cada mujer que mira de frente.
En cada pintura que no pide permiso.
Gracias, Linda.
Mis condolencias para sus hijos y toda la familia.
Linda, descansa en paz.


