Montevideo, Uruguay.
Hoy partió Blanca Villamil (Montevideo, 11/12/1949 – 07/04/2026). Motivo de tristeza.
Tuvo una vida marcada por dificultades físicas, pero nunca dejó que eso definiera su camino. Siempre se sobrepuso y sostuvo, con firmeza, su práctica artística.
Mujer inteligente, de mente aguda y analítica, con una formación como maestra que le aportó una sólida base histórica. Tenía una memoria precisa y una capacidad constante de reflexión, tanto en el campo artístico como en otros ámbitos.
Se expresó en pintura, tapiz, instalación e intervención, aunque fue en el terreno conceptual donde alcanzó mayor densidad y claridad.
Fue docente especializada en discapacidades intelectuales y auditivas (1988–1993), archivóloga por la Universidad de la República (2004), y artista visual formada en diversos espacios: asistió a cursos de Historia del Arte y Arte Contemporáneo con el profesor García Esteban (1971), pasó por la Escuela de Bellas Artes (1972–73), integró el taller KO (1973–75) y se formó con docentes como Nelson Ramos, Nelson Di Maggio y N. Baliño, entre otros.
Experimentó con múltiples técnicas y realizó su primera exposición individual en 1997, El ritual.
En sus propias palabras:
“No siendo escritora, ni crítica de arte, me resulta difícil hablar de mi obra. La necesidad antropológica de vernos y conocernos a nosotras mismas hace que hile imágenes para abrir universos diferentes. Nuestra reflexión en voz alta es sobre la condición de la mujer y su entorno. Utilizo recursos formales y no formales expresivos. Tomo el objet trouvé como parte de mi lenguaje. Rescato elementos que acompasan otros tiempos, para señalar la intemporalidad de la condición humana y del arte”.
No había inclemencia del tiempo que la detuviera: su presencia en exposiciones era constante.
Fuimos compañeros en los cursos de Norberto Baliño —los únicos en completar aquellos programas exigentes, atravesados por un rigor analítico poco frecuente— y también compartimos instancias con Di Maggio.
Libró varias batallas de salud. Y cuando parecía que era la última, volvía a levantarse.
No recuerdo la última vez que la vi, pero no fue hace tanto. Seguía siendo la misma, siempre cálida, sonriente, con su cuerpo castigado y su andar lento, pero con la lucidez intacta.
Lectora constante de mis notas, siempre involucrada, siempre precisa en sus comentarios.
Fue bueno haber recorrido parte del camino juntos, Blanquita, como yo le llamaba.
Descansá en paz.
Que Dios te reciba a su lado.
Abrazo a familiares y amigos
