Puebla, México.
Hoy visité una de esas joyitas que Puebla sabe conservar y que constituyen parte de su extraordinario patrimonio cultural. Me refiero al Museo José Luis Bello y Zetina, una de las casas-museo más íntimas y fascinantes del Centro Histórico de la ciudad.
Ubicado junto al emblemático Templo de Santo Domingo, este recinto conserva la atmósfera de una residencia de otra época, con sus documentos personales, cubertería, mobiliario y una extraordinaria colección de obras de arte que nos permiten acercarnos a la sensibilidad y los gustos de quienes la habitaron.
Su último propietario, José Luis Bello y Zetina, fallecido en 1968, perteneció a una familia de comerciantes y coleccionistas cuya pasión por el arte se transmitió de generación en generación. Hijo de José Luis Bello y Acedo y nieto de José Luis Bello y González, continuó un legado de coleccionismo en el que predominaron las obras europeas, aunque también hubo un especial interés por artistas vinculados a la tradición pictórica novohispana, como Luis Lagarto y el oaxaqueño Miguel Cabrera.
Recorrer esta vivienda, vinculada históricamente al antiguo conjunto conventual de Santo Domingo, es emprender un viaje al siglo XIX y descubrir cómo el coleccionismo privado fue construyendo espacios de convivencia entre el arte y la vida cotidiana.
La selección de pinturas es notable. Entre las obras atribuidas a grandes maestros europeos encontramos nombres como Francisco de Zurbarán, Anton van Dyck y Bartolomé Esteban Murillo, además de un formidable autorretrato de torso desnudo atribuido a Théodore Géricault, que llamó particularmente mi atención.
El mobiliario nos conecta con los estilos clásicos franceses y con el gusto decorativo de la época napoleónica. Una de las piezas más interesantes es la cama matrimonial que perteneció a don José Luis y que posteriormente fue utilizada por don Rodolfo.
Todo parece permanecer como lo dejaron sus antiguos habitantes.
El comedor, las recámaras, la biblioteca y las salas de estar conservan un mobiliario extraordinario, con piezas decoradas con nácar, delicados trabajos de ebanistería y numerosos objetos que conviven armoniosamente con esculturas y pinturas.
Las vitrinas exhiben cristales de Baccarat, porcelanas europeas, marfiles orientales tallados, relojes de bronce y otras manifestaciones de las artes aplicadas que dan cuenta del refinamiento de sus propietarios.
Uno de mis grandes descubrimientos fue el trabajo del retratista y miniaturista Francisco Morales, activo durante el siglo XIX. Su obra me sedujo enormemente y despertó mi curiosidad por profundizar en su trayectoria y en esa particular sensibilidad que encuentro entre la tradición clasicista y ciertas libertades formales que, desde una mirada contemporánea, me remiten a Picasso.
A diferencia de la casa de su abuelo, hoy convertida en el Museo José Luis Bello y González, esta residencia no conserva una cocina de época como aquella magnífica estancia revestida de cerámica de Talavera. Las preferencias de las distintas generaciones de la familia también se manifiestan en sus elecciones decorativas.
La iluminación tenue de las salas, necesaria para favorecer la conservación de las obras, contribuye a crear una atmósfera de intimidad que invita a observar con detenimiento. Aquí el arte no se presenta como un conjunto de objetos aislados, sino como parte de una historia familiar.
Y es precisamente esa dimensión humana del coleccionismo la que más me interesa.
Detrás de cada pintura, de cada escultura y de cada objeto existe una decisión, una sensibilidad y una voluntad de preservar aquello que se considera valioso.
Mi recorrido tuvo, además, un privilegio especial: lo realicé acompañado por Susana Quijano, integrante del patronato de la fundación encargada de preservar y difundir el legado de esta familia de coleccionistas.
Lo que inicialmente sería una visita de duración convencional terminó convirtiéndose en un encuentro mucho más prolongado, enriquecido por conversaciones sobre arte, coleccionismo, patrimonio y museos.
Nuestros intereses compartidos dieron lugar a una cercanía que, estoy seguro, será el comienzo de una hermosa amistad.
Susana tuvo, además, la generosidad de obsequiarme un libro con una dedicatoria personal, un gesto que terminó de convertir aquella visita en una experiencia particularmente entrañable.
Me fui feliz de haber conocido esta casa de su mano.
El Museo José Luis Bello y Zetina constituye también un testimonio de la historia social de Puebla, de su arquitectura doméstica y de las aspiraciones culturales de las familias acomodadas que, a lo largo de sucesivas generaciones, contribuyeron a enriquecer el patrimonio artístico de la ciudad.
Pero hay algo que trasciende el valor material de sus colecciones.
Una casa-museo nos permite comprender que coleccionar arte no consiste únicamente en reunir objetos valiosos, sino también en construir una memoria que pueda sobrevivir a quienes la hicieron posible.
Y cuando esa memoria se comparte con generosidad, como sucedió durante mi visita, el museo deja de ser solamente un espacio de conservación para convertirse en un lugar de encuentro.
Salí de aquella casa convencido, una vez más, de que el patrimonio adquiere su verdadero sentido cuando permanece vivo y accesible a las nuevas generaciones.
