Mujer Qom amantado

Llegué a Resistencia con esa ingenuidad que todavía uno se permite cuando cree que va a “descubrir” algo. Error clásico. El Chaco no se deja descubrir, te mide primero.

El calor no era clima, era presencia. El aire espeso, casi material. Y en ese espesor, la ciudad parecía sostener otra capa invisible, la de quienes siempre estuvieron, aunque no siempre se los quiera ver.

Ahí apareció la pieza. No en una vitrina blanca ni bajo luces de museo. Sobre una mesa. Callada. Esperando que alguien no la reduzca a souvenir.

La hice girar entre las manos y entendí rápido que no estaba comprando un objeto, estaba entrando en una escena.

Es una cerámica de baja cocción, con tonos terrosos (ocres, marrones, negros).

Una mujer arrodillada. Un niño pegado al pecho.
Nada más. Y nada menos.

Las rodillas apoyadas en señal de posición de estabilidad, pero también de entrega.
La cabeza está ligeramente inclinada donde la madre no mira al espectador, está en otra escena.
El niño fusionado al cuerpo denota que no hay separación clara y refiere a la identidad que es colectiva, no individual.
Su espalda está marcada y cerrada en señal de protección y contención.

Esta pieza resume el espíritu de orgullo y resistencia de un pueblo.

La autora: Hilda Chara, maestra ceramista Qom del Barrio Toba, históricamente llamados “tobas”, en Resistencia. 

No necesitaba firma, la obra ya tenía voz.
La facilitadora, la escultora Mimo Eidman que les facilita un espacio a los artesanos de la región.

Me contaron —y después lo confirmé— que estas figuras no son invenciones aisladas. Son parte de una práctica donde el barro no se domina sino que se negocia. Se modela directo, sin intermediarios, como quien conversa con la tierra. 

Y entonces todo empezó a cerrar.

Esa mujer no está posando.
Está sosteniendo.

No solo al hijo.
Sostiene algo más pesado que no es más ni menos que la continuidad de un pueblo ancestral que persiste y que lucha para mantenerse vivo.

En la cultura Qom, la figura femenina no es símbolo vacío. Es estructura. Es transmisión. Las piezas de Hilda —mujeres embarazadas, madres, cuidadoras— no ilustran escenas por el contrario encarnan una forma de existir donde lo individual no se separa de lo colectivo. 

Por eso el niño no se despega del cuerpo.
Por eso no hay distancia.
Por eso incomoda un poco.

Caminé después por la ciudad con la pieza envuelta en papel. Y ahí vino el golpe.

Porque afuera, en la misma ciudad donde esa cerámica circula, el pueblo Qom sigue peleando por lo básico, tierra, trabajo y reconocimiento.

Y ahí entendí la trampa: el mercado la llama artesanía, el sistema la tolera como folklore.
Pero en realidad es otra cosa.

Es economía de resistencia, es memoria material y es política sin discurso.

Esa noche, en el hotel, la saqué otra vez.

La apoyé sobre la mesa.
Y por primera vez no la miré como comprador.

La miré como testigo solidarizándome
con los Qom.

La mujer seguía ahí, arrodillada, firme.
El niño seguía pegado a su pecho.
Nada había cambiado.

Excepto yo.


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