Mosaicos persas

Irán.

Nuestro viaje por Irán en 2019 fue, visto desde hoy, un verdadero golpe de suerte. Una oportunidad que el paso del tiempo volvió todavía más valiosa, porque poco después aquel destino dejó de ser un territorio de fácil acceso para el viajero.

Llegamos con cautela, pero también con esa ansiedad inevitable que provoca adentrarse en la antigua Persia con un país atravesado por siglos de historia, cultura y arte, donde cada ciudad parece guardar las huellas de civilizaciones que se fueron superponiendo sin desaparecer por completo.

Recorrimos buena parte del país trasladándonos en taxis de una ciudad a otra. Era una manera particular de viajar, quizá menos previsible, pero también mucho más cercana a la vida cotidiana.

Frente a cada obstáculo que aparecía —porque los hubo— aprendimos a resolverlo con prudencia, paciencia y, sobre todo, respeto por las costumbres de un país que estábamos allí para descubrir, no para juzgar.

Pero si algo terminó por imponerse fue la calidez de su gente. A ella se sumó una gastronomía variada, intensa y exquisita, que convirtió cada comida en otro capítulo del viaje. Sabores, aromas, mercados y mesas fueron condimentando nuestra estadía de una manera tan literal como memorable.

Y estaba, inevitablemente, el arte.

Si tuviera que elegir una imagen capaz de sintetizar visualmente aquel viaje, probablemente sería la de los mosaicos persas.

Están por todas partes. Cubren fachadas, mezquitas, palacios, patios, bóvedas, cúpulas y minaretes hasta conseguir algo extraordinario haciendo que la arquitectura pierda visualmente su peso. La piedra y el ladrillo parecen desaparecer bajo superficies dominadas por azules profundos y turquesas, acompañados por blancos, amarillos, verdes y negros.

Pero basta acercarse para comprender que aquello que desde lejos parece una gran superficie pictórica está construido mediante una extraordinaria sucesión de pequeños fragmentos.

Geometrías, estrellas, polígonos, rombos y líneas entrelazadas se repiten sin que resulte sencillo descubrir dónde comienza o termina el dibujo. Esa repetición genera una sensación de infinito. La geometría deja entonces de ser únicamente decoración para convertirse en una forma de ordenar simbólicamente el universo.

Y dentro de ese rigor matemático aparece la naturaleza.

Flores, hojas, tallos, palmetas y arabescos invaden los muros. El jardín, tan profundamente ligado a la cultura persa, abandona la tierra y asciende por la arquitectura. El edificio termina convertido en una suerte de jardín imaginario construido con cerámica.

También la palabra ocupa un lugar fundamental. Bandas de caligrafía recorren portales, fachadas y cúpulas. Las inscripciones se integran de tal manera a las composiciones que dejan de percibirse solamente como escritura y la palabra también se convierte en imagen.

Al observar detenidamente estos revestimientos pueden reconocerse diferentes maneras de construirlos.

Una de las más fascinantes es el mosaico realizado con piezas cerámicas de distintos colores cortadas individualmente y ensambladas con una precisión extraordinaria, como un gigantesco rompecabezas. Otra técnica característica es el haft-rang —literalmente, “siete colores”—, que permitió pintar composiciones policromadas sobre azulejos de mayor tamaño.

De lejos, ambas producen exuberancia y de cerca, revelan el trabajo.

Y allí aparece algo que me interesa especialmente recordar pues detrás de aquella perfección geométrica existe la mano del artesano.

Quizá sean las cúpulas donde toda esta tradición alcanza uno de sus momentos más extraordinarios. Los diseños acompañan la curvatura de la arquitectura y se concentran hacia el centro formando enormes composiciones radiales. Miradas desde abajo, algunas parecen gigantescas flores abiertas sobre nuestras cabezas.

A esto se suman los muqarnas, esas estructuras tridimensionales que se multiplican en bóvedas, nichos y accesos como estalactitas geométricas. Cientos de pequeñas formas capturan y fragmentan la luz hasta conseguir que una estructura material adquiera una apariencia casi inmaterial.

Por eso fotografiar aquellos edificios terminó siendo también un ejercicio de aproximación.

Primero estaba la monumentalidad, después la cúpula, luego el mosaico y más tarde, el pequeño fragmento cerámico.

Y finalmente, la materia y la huella humana que hicieron posible semejante precisión.

Sin embargo, después de tantos monumentos y tanta belleza, uno de los recuerdos más persistentes de aquel viaje no pertenece a ninguna arquitectura.

En un museo conocimos a un joven iraní llamado Erfan con quien comenzamos a conversar. Han pasado los años, cambiaron las circunstancias y el mundo se volvió bastante más complejo, pero aún seguimos en contacto.
También siempre recordamos una chica que tenía un chiringuito en Teherán donde ofrecía platos típicos y siempre nos daba a probar para convencernos.

Tal vez allí resida una de las verdaderas razones para viajar.

Uno parte buscando ciudades, monumentos, obras de arte y culturas diferentes, y termina descubriendo personas. Los edificios permanecen en las fotografías; algunos encuentros, en cambio, permanecen en la vida.

Hoy, mirando hacia aquel 2019, el viaje adquiere otro significado.

Tuvimos la fortuna de conocer un país que demasiadas veces el mundo observa exclusivamente a través de sus conflictos y tensiones políticas. Nosotros pudimos conocer también otro Irán, aquel con una cultura milenaria, el de sus extraordinarios mosaicos, el de sus aromas y sabores, el de sus artesanos y, fundamentalmente, el de la hospitalidad de su gente.

Las fotografías conservaron sus colores.

La memoria hizo el resto.

Y ese es el Irán que todavía llevamos con nosotros.


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