Devoción doméstica, Minas Gerais
Esta santa la cargué como acostumbro en mis viajes.
Llegó desde Tiradentes sin aspavientos como corresponde en mis desiciones a la hora de incorporar una pieza de estas características a mi colección.
Santa Teresita del Niño Jesús no se impone sino que me acompaña.
Su carita de porcelana —suave, casi infantil— esquiva cualquier dramatismo.
El rostro joven y sereno no es un recurso estético: Teresita (Lisieux, 1873-1897) muere a los 24 años. Aquí no hay gesto trágico ni exceso emocional sino que hay dulzura firme y una convicción tranquila que no necesita elevar la voz a la hora de imponerse.
El hábito carmelita, en tonos tierra y telas superpuestas, define una presencia austera apenas interrumpida por galones dorados y bordados discretos: el lujo justo, el necesario.
En ella nada sobra. Todo está en su lugar. Como su fe.
En sus manos sostiene un ramo de rosas de tela, su atributo esencial pero no se trata de flores decorativas: son promesa.
Teresita dijo que haría caer una lluvia de rosas sobre el mundo, y aquí las rosas no se marchitan. Permanecen. Insisten. Acompañan en silencio.
La estructura de santa de vestir —cuerpo esquemático, vestuario protagonista— la inserta de lleno en la tradición de las “santas de vestir” mineiras, herederas del barroco tardío pero filtradas por la devoción popular del siglo XX. Santas que no buscan solemnidad litúrgica por lo contrario buscan cercanía.
Por eso están pensadas para casas, no para iglesias. Para el ámbito privado, el oratorio doméstico, la mesa baja, la repisa y en mi caso ocupa una vitrina vidriada.
Una fe cotidiana, sin retórica ni espectáculo.
Hay algo profundamente contemporáneo en su modestia: una espiritualidad de lo mínimo, una mística sin épica.
Santa Teresita no promete milagros ruidosos; ofrece constancia. Y en tiempos de exceso, eso es casi revolucionario.
Tampoco pide devoción.
Simplemente se queda.
