Mi gallinero

Mi gallinero


No los colecciono: los alimento.
Cada día. Con la mirada, con el recuerdo, con el tiempo que se les concede a las cosas que importan.


Mi gallinero no responde a una estética única ni a un origen prolijo. Es un cruce de territorios, oficios y modos de estar en el mundo. Un corral sin alambrado donde conviven acentos distintos.


Las gallinas chilenas, talladas en madera firme, llegan del campo sin pedir permiso. Son compactas, honestas, sin color sobrante. No están hechas para agradar sino para durar. Campo real, manos curtidas, oficio heredado.


A ellas se suman las gallinitas pernambucanas, talladas en madera en el nordeste brasileño, donde la artesanía no es ornamento sino lenguaje cotidiano. Más esquemáticas, más gráficas, con policromías francas y contrastadas, cargan una energía popular directa. No buscan refinamiento: buscan presencia. Son gallinas solares, nacidas del calor, del color y del pulso colectivo del Pernambuco profundo.


Las brasileñas entran con otra música. Pájaros y gallinas de color decidido, pincel visible, alegría sin solemnidad. Brasil no imita la naturaleza sino que la reinventa. Son piezas que ocupan espacio y contagian pulso. En ellas, lo doméstico se vuelve ritmo.


La carioca, de patas largas y plumaje gráfico, ya no pertenece del todo al corral. Viene del cruce entre lo rural y lo urbano. Tiene algo de caricatura y algo de diseño popular. Gallina con swing.


El gallo del norte de España, regalo de mi esposa, cambia el tono. Más contenido, más simbólico. Cuerpo trabajado, decoración incisa, patas metálicas que lo elevan. No grita color: observa. Es gallo de casa antigua, de linaje, de tradición que se hereda.


Y está el gallo de fibras, construido una a una, con paciencia radical. No tallado, no moldeado: armado. Fibra sobre fibra. Técnica latinoamericana profunda, donde el tiempo vale tanto como la forma. Es el más frágil y el más trabajado. El que enseña a mirar de cerca.


Juntos no buscan armonía perfecta. Dialogan.
América Latina aporta tierra, color y pulso vital.
Europa suma símbolo, contención y memoria doméstica.


Este gallinero no canta al amanecer.
Acompaña el día.
Y me recuerda algo simple: que los objetos, como los afectos, hay que alimentarlos para que sigan vivos.


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