Matías Nin

Montevideo, Uruguay.

Entre la evasión y la construcción de un mundo propio

Ayer, en Casablanca (Fundación Iturria), se llevó a cabo el finissage de Lejos del Samsara, instancia en la que el propio Matías Nin presentó su trabajo y compartió algunas claves de su proceso. Lejos de cerrar la muestra, el encuentro funcionó como una extensión de su universo donde un artista que, incluso al explicar su obra, parece seguir habitando ese espacio paralelo que construye en sus pinturas.

La exposición “Lejos del Samsara”, se articula desde una premisa tan seductora como resbaladiza echando mano a la pintura como vía de escape.
No ya en el sentido romántico, sino como práctica que busca suspender el desgaste cotidiano. El Samsara deja de ser doctrina para convertirse en clima, en tanto hastío, repetición así como fricción social.

Pero donde la muestra gana espesor es en la pintura misma ya que Nin no representa espacios, los fabrica. Y lo hace desde un procedimiento que invierte la lógica tradicional.

Pintar desde la pantalla, y no al revés

Antes del óleo, hay montaje digital. Nin compone en computadora donde selecciona imágenes, objetos, referencias, y ensambla un escenario virtual que luego traduce a la tela. Esa operación deja huella. Las obras conservan algo del collage compuestas por capas, desplazamientos y discontinuidades.

La perspectiva no busca coherencia, sino efecto. Conviven estructuras de raíz renacentista con aplanamientos más cercanos a Henri Matisse. Las escalas son caprichosas, las sombras no responden a una lógica lumínica sino a una decisión compositiva. La inestabilidad no es un error, es el sistema y esa inestabilidad física la percibe el espectador cuando se enfrenta a estas obras.

La cita como refugio y también como límite

Las referencias son explícitas.
En sus obras se percibe la soledad suspendida de Edward Hopper, la tradición pictórica que va de Tiziano a Fra Angelico y los guinea a uno de sus pintores predilectos como lo es David Hockney.
Todo aparece integrado en un universo de filiaciones personales.

El problema es que esa red de citas, por momentos, se acomoda demasiado bien. La obra seduce, pero rara vez incomoda. Y ahí la idea de escapar del Samsara empieza a parecer menos una ruptura que un refugio cuidadosamente diseñado.

Libros sin contenido entre ritmo visual y vacío semántico

Hay un detalle que condensa bien esta tensión: los libros que aparecen en sus composiciones.

Lejos de operar como portadores de contenido —no hay títulos legibles, no hay pistas narrativas— funcionan ante todo como elementos plásticos. Manchas de color que ordenan el espacio, que generan cadencia visual, que equilibran la composición. Son, en esencia, color antes que texto.

Esa decisión tiene dos lecturas posibles.

Por un lado, evidencia una reducción deliberada considerando el conocimiento como superficie, como textura integrada al entorno. El libro deja de decir para pasar a decorar. Y ahí hay un gesto que puede leerse como síntoma de época, incluso sin proponérselo.

Por otro lado —y acá aparece su mejor potencial— esa omisión abre un espacio. Al no cerrar el sentido, al no imponer un contenido, Nin deja una zona vacante que el espectador puede ocupar. Esos libros podrían ser los suyos. Sus lecturas, sus referencias, su propia biblioteca mental proyectada en la escena.

Ahora bien: esa apertura también es ambigua. ¿Es una estrategia consciente que habilita la participación del espectador o simplemente una resolución formal que evita complejizar el plano simbólico?

La obra no termina de decidirlo.

Intimidad construida, no vivida

Los espacios están cargados de elementos personales —objetos cotidianos, referencias domésticas, incluso el autorretrato—, pero no son confesionales. Son proyecciones. Lugares posibles, no vividos.

“Son espacios que me gustaría habitar”, dice el artista. Y eso se nota ya que todo está demasiado en su lugar. No hay accidente, no hay fricción real. El espectador entra, pero no desordena nada.

El tiempo como resistencia y como excusa

Nin trabaja lento. En un contexto como el uruguayo, eso puede leerse como resistencia. Pero también plantea una incomodidad: ¿cuándo esa lentitud potencia la obra y cuándo empieza a justificar su escasa visibilidad?

Porque cuando aparece, como en esta muestra, la obra sostiene la mirada.

Conclusión, entre la seducción y la falta de riesgo

Lejos del Samsara es una muestra sólida, técnicamente refinada, con un universo visual claro y consistente. Hay oficio, hay control, hay una sensibilidad cromática afinada.

Pero también hay un exceso de control.

Escapar del Samsara —en el sentido más radical del término— implicaría una transformación profunda, incluso incómoda. Las pinturas de Nin, en cambio, ofrecen una pausa agradable, un refugio estético donde todo está cuidadosamente dispuesto.

Y en ese equilibrio —entre la invitación abierta y la contención excesiva— se juega lo mejor y lo más limitado de la muestra.


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