Matías Duville – 61ª Bienal de Venecia

Venecia, Italia.

La geografía de la incertidumbre en el Pabellón Argentino de la Bienal de Venecia

Entre las múltiples propuestas nacionales que integran la 61ª Bienal de Venecia, el Pabellón Argentino se posiciona como uno de los más sólidos e interesantes de esta edición gracias a “Monitor Yin Yang”, la instalación concebida por Matías Duville (Buenos Aires, 1974), bajo la curaduría de Josefina Barcia.

La elección de Duville no es casual. Argentina viene construyendo desde hace varios años una narrativa consistente en torno a la representación de artistas contemporáneos que, desde investigaciones personales y maduras, logran insertarse con naturalidad en las discusiones del arte internacional. Claudia Fontes, Mariana Telleria, Mónica Heller y Luciana Lamothe constituyen una secuencia de envíos que han consolidado una identidad propia para el pabellón nacional, mientras que la presencia de artistas como Gabriel Chaile y La Chola Poblete en las exposiciones centrales de las últimas bienales confirma el excelente momento que atraviesa el arte argentino.

El proyecto de Duville fue seleccionado mediante un concurso abierto que alcanzó un récord histórico de participación con 69 propuestas presentadas, superando las 65 recibidas en 2024, cuando fue elegida Luciana Lamothe, y las 36 de 2022, edición en la que resultó seleccionado el proyecto de Mónica Heller. El crecimiento sostenido de la convocatoria demuestra la relevancia que continúa teniendo la representación argentina en la principal cita del arte contemporáneo mundial.

“Monitor Yin Yang” constituye probablemente la obra más ambiciosa de toda la carrera de Duville.

La instalación ocupa los 500 metros cuadrados del Pabellón Argentino en Arsenale —cerca de cuarenta metros de extensión— y utiliza unas treinta toneladas de sal marina y carbón vegetal para construir el dibujo más grande realizado por el artista hasta la fecha.
Dos materiales elementales dialogan aquí sobre el tiempo y la transformación: el carbón como vestigio del fuego y la sal como residuo del océano después de millones de años de sedimentación.

La obra incorpora además sonido, tecnología y datos ambientales de Venecia en tiempo real, pero sin convertir estos recursos en un espectáculo tecnológico. Por el contrario, funcionan como una respiración silenciosa que mantiene viva la instalación mientras el verdadero protagonista es el recorrido del público. Cada pisada modifica lentamente la superficie, erosionando el dibujo y convirtiendo al visitante en un agente activo de la obra. La imagen desaparece mientras existe.

La decisión de utilizar la sal como piso transitable lleva esa preocupación al extremo. La obra se destruye lentamente mientras existe. Su belleza reside precisamente en aceptar esa condición efímera, en asumir que todo paisaje es una construcción temporal sometida a la acción inevitable de las fuerzas naturales y humanas.

Esta preocupación por la mutación material y por el paso del tiempo atraviesa toda la producción de Matías Duville. Sus paisajes nunca describen un territorio específico sino geografías mentales situadas entre la memoria y la ficción, escenarios donde la naturaleza parece haber sobrevivido a algún acontecimiento extremo. Casas abandonadas, bosques, cráteres, tormentas, incendios y objetos suspendidos construyen un universo donde siempre parece haber ocurrido —o estar por ocurrir— una catástrofe silenciosa.

En esa geografía sin habitantes, donde el tiempo parece suspendido, Duville encuentra una poética singular dentro del arte latinoamericano contemporáneo. Sus dibujos, aparentemente austeros, contienen una enorme densidad narrativa. Cada superficie parece registrar el impacto de fuerzas invisibles como el viento, la gravedad, la combustión, la erosión o el simple desgaste del paso del tiempo.

La experiencia de recorrer “Monitor Yin Yang” inevitablemente invita a establecer un paralelo con las grandes instalaciones de Eduardo Basualdo. Ambos artistas comparten la capacidad de transformar el espacio expositivo en una experiencia física e inmersiva donde el espectador deja de ser un observador para convertirse en un cuerpo que atraviesa la obra. Sin embargo, mientras Basualdo construye arquitecturas psicológicas y espacios de tensión perceptiva, Duville sitúa al visitante frente a una geografía inspirada en los procesos naturales, la geología y la erosión del paisaje. Basualdo trabaja sobre la inquietud del espacio construido; Duville sobre la memoria material de la naturaleza.

Su producción siempre ha estado marcada por la experimentación de soportes y materiales. Desde aquellos delicados dibujos sobre seda y plásticos intervenidos hasta los enormes paneles de OSB o sus instalaciones monumentales, Duville ha demostrado que cada nuevo material constituye una oportunidad para expandir su lenguaje sin abandonar sus obsesiones esenciales como la intemperie, la transformación, la incertidumbre y la persistencia del paisaje como escenario mental.

Tuve la oportunidad de encontrarme con el artista en los días previos a la inauguración del pabellón. Sin embargo, la intensidad de los preparativos, la emoción del momento y el constante movimiento de curadores, periodistas y visitantes hicieron que el intercambio fuera necesariamente breve. Quedó, eso sí, la promesa de volver a encontrarnos para una conversación más extensa, porque una obra como “Monitor Yin Yang” merece ser pensada con el mismo tiempo que ella misma propone con el tiempo lento de la erosión, de la materia y de las transformaciones invisibles.

La trayectoria internacional del artista —con exhibiciones en el MoMA, el Drawing Center, el MALBA, el MAM de Río de Janeiro, la Bienal de Sídney o galerías como Barro y Luisa Strina— encuentra en Venecia un punto de consolidación que probablemente amplíe aún más su proyección global. Sin embargo, más importante que ese reconocimiento institucional es la consistencia de una investigación que nunca abandonó sus obsesiones iniciales como la materia, la mutación, la intemperie y la incertidumbre del paisaje contemporáneo.

En una Bienal donde abundan las grandes declaraciones políticas y los despliegues tecnológicos espectaculares, Matías Duville apuesta por una experiencia más silenciosa y profunda. Su instalación convierte el paisaje en memoria, el dibujo en territorio y el tiempo en materia visible. Sin estridencias, el Pabellón Argentino logra así uno de los envíos más contundentes y memorables de esta edición de la Bienal de Venecia.


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