Máscaras africanas

Estas dos máscaras africanas llegaron a mi colección por caminos distintos, pero las dos me encontraron a mí.

La primera la compré en un remate en Montevideo en una selección de piezas que pertenecieron a la exquisita colección de arte africano de Jorge Páez.

Su colección que exhibía en la casona de Maldonado fue motivo de inspiración para mi.

Entrar allí conllevaba a un largo viaje por todo el mundo.

Junto con esa compré otra pieza también a modo de homenaje.

Esta máscara me atrapó de inmediato su geometría: líneas marcadas, campos de color terroso y una simetría que parece tallada a golpe de ritmo.

Es una máscara Punu del sur de Gabón, inspirada en las ceremonias de los pueblos bantúes.

Los Punu trabajan la madera con una precisión casi musical: cicatrices rituales, franjas repetidas, ojos almendrados y una boca mínima que respira silencio.

Generalmente representan a espíritus protectores y se usan en danzas acrobáticas.

Esta pieza conserva ese aire: guarda una elegancia sobria, oscura, que se impone sin gritar.

La segunda fue un regalo de un amigo, y tiene otra energía, más íntima.

Suavidad en la forma, una nariz alargada que casi se vuelve trazo, mirada cerrada en introspección y un tocado que empuja la figura hacia arriba.

Pertenece al universo de las máscaras Baule de Costa de Marfil, conocidas por sus rostros serenos, labios finos y proporciones estilizadas.

Los Baule tallan figuras que representan ancestros benevolentes, espíritus que acompañan, no que irrumpen.

Es una máscara que pide calma, que trabaja desde el silencio, y que se vuelve todavía más valiosa por el gesto de amistad que la trajo a mis manos.

Cada una carga un mundo distinto:

—La Punu, con su fuerza gráfica y su memoria ritual.

—La Baule, con su sutileza y ese modo sagrado de acariciar la madera.

Ambas nos conducen a una mirada hacia dentro de nosotros mismos.

Dos caminos, dos historias, dos energías. Y acá están, conviviendo en el mismo muro


Publicado

en

por