Manantiales, Maldonado.
Hay obras que se miran y hay obras que se atraviesan con el cuerpo.
Madre Cava (1978), la monumental escultura en travertino creada en Italia por Gonzalo Fonseca (Montevideo, 1922-1997), pertenece a esa segunda categoría. No es decorativa. Es tectónica. Es una masa abierta que respira tiempo.
Hoy está al alcance del público en el Museo de Arte Contemporáneo Atchugarry. Y eso, para el Uruguay, es una celebración cultural sin matices.
Fonseca fue uno de los integrantes más destacados del Taller Torres García. Absorbió el universalismo constructivo, sí. Pero no lo repitió, lo llevó a la piedra, lo volvió volumen, lo convirtió en arquitectura simbólica.
En 1990 representó oficialmente a Uruguay en la Bienal de Venecia. No es un dato accesorio. Es la confirmación de su proyección internacional y del peso de su obra en el escenario global. Fonseca no fue un discípulo periférico, fue una figura que trascendió la órbita local.
Madre Cava, tallada en travertino italiano, condensa esa madurez.
Es altar y ruina, es umbral, es memoria excavada.
La obra no impone un relato; impone presencia. Cavidades, nichos, tensiones internas: Fonseca no esculpe la superficie, esculpe el vacío. Y en ese vacío construye sentido.
Que hoy esta pieza monumental pueda ser recorrida por estudiantes, artistas y público general en el MACA significa que una parte crucial de nuestra modernidad regresa a territorio propio. No como reliquia. Como energía activa.
La piedra volvió.
Y volvió abierta a todos.






