Porto Alegre, Brasil.
Descubriendo Museos
Museo Arte Contemporáneo de Río Grande do Sul
Porto Alegre es una ciudad que, artísticamente, todavía carece de una oferta amplia y sostenida de arte contemporáneo. Su identidad cultural continúa fuertemente atravesada por la tradición gaucha y por la influencia de las inmigraciones alemana e italiana, legados que han contribuido enormemente a su riqueza cultural, aunque muchas veces permanecen ligados a lenguajes más tradicionales.
Sin embargo, Porto Alegre cuenta con antecedentes que deberían haber ejercido una influencia mucho mayor en la consolidación de una escena contemporánea.
Uno de ellos es la Bienal do Mercosul, nacida en 1997 con una fuerza extraordinaria y con la aspiración de convertir a la ciudad en un punto de referencia para el arte latinoamericano. Con el paso de los años, sin embargo, São Paulo continuó afirmando su liderazgo y Curitiba logró construir una presencia contemporánea que, a mi entender, terminó superando a Porto Alegre.
Guardo un recuerdo muy especial de aquella primera Bienal de 1997 porque allí conocí a Justo Werlang, empresario, mecenas, coleccionista y presidente fundador de la Fundação Bienal de Artes Visuais do Mercosul.
Werlang me invitó en dos oportunidades a su casa y aquellos encuentros fueron, para mí, verdaderas clases de coleccionismo. No solamente por las obras que reunía, sino fundamentalmente por su manera de hablar de ellas y por el compromiso que demostraba con la cultura contemporánea.
La primera vez que lo visité, su colección incluía obras de numerosos artistas. Cuando regresé aproximadamente dos años después, la situación había cambiado radicalmente habiendo restringido su colección a apenas dos artistas, entre ellos Adriana Varejao. Recuerdo que entonces me comentó que pretendía concentrarse exclusivamente en la obra de un solo artista.
Y vaya si aquello era una decisión de vanguardia abandonando la acumulación para profundizar en una única trayectoria artística.
El MACRS y una nueva posibilidad
Entre los referentes actuales de Porto Alegre se encuentra el Museu de Arte Contemporânea do Rio Grande do Sul (MACRS), institución que desarrolla actividades tanto en la Casa de Cultura Mario Quintana, en el Centro Histórico, como en su nueva sede del 4º Distrito.
Esta última, ubicada sobre la Rua Comendador Azevedo, fue inaugurada en 2025 después de recuperar un antiguo depósito estatal y transformarlo en un espacio dedicado al arte contemporáneo.
El resultado es un amplio pabellón de carácter industrial, reciclado con criterio y convertido en una sala dinámica y amable para el espectador. El conjunto incorpora espacios expositivos y educativos, además de un gran patio exterior con jardín de esculturas y antiguos tranvías de la compañía Carris restaurados e integrados al proyecto.
El patio, de más de 1.700 metros cuadrados, funciona como Jardín de Esculturas, incorporando actualmente tres obras pertenecientes al acervo del MACRS: “Sem título” (1973), de Vasco Prado; “Estante de escultor” (2004), de Patricio Farías; y “Monatrans” (2021), de Sil Marcon.
La presencia de Vasco Prado resulta particularmente significativa por tratarse de uno de los nombres fundamentales de la escultura de Rio Grande do Sul. Su obra de 1973 introduce en este nuevo espacio dedicado al arte contemporáneo una conexión con generaciones anteriores de la producción artística gaúcha.
A su lado, “Estante de escultor”, de Patricio Farías, incorpora una concepción diferente del objeto escultórico y de su relación con el espacio, mientras que “Monatrans”, de Sil Marcon, fechada en 2021, acerca el conjunto a una producción mucho más reciente. Las tres piezas establecen así un pequeño recorrido temporal que abarca casi medio siglo de creación y que permite que el visitante comience —o prolongue— la experiencia artística fuera de las salas.
El jardín funciona además como un espacio de transición entre museo y ciudad, algo especialmente pertinente en una institución instalada en pleno 4º Distrito, una zona de Porto Alegre que atraviesa su propio proceso de transformación urbana.
A este diálogo entre arte, arquitectura y memoria se suman dos antiguos tranvías de la compañía Carris, restaurados e incorporados al patio. No están allí solamente como objetos nostálgicos sino que recuperan la memoria de un sistema de transporte que estructuró la movilidad de Porto Alegre desde finales del siglo XIX hasta la década de 1970 y han sido incorporados al proyecto del MACRS para actividades culturales y educativas.
El conjunto exterior consigue así algo que considero importante como es sacar al museo de la caja cerrada de la sala de exposiciones. Esculturas, jardín, espejo de agua, tranvías y arquitectura industrial recuperada construyen un espacio de convivencia en el que patrimonio histórico y arte contemporáneo pueden encontrarse.
Es, además, una buena manera de entender hacia dónde podría crecer el MACRS: no solamente como un museo que exhibe obras, sino como un lugar donde permanecer, caminar, encontrarse y relacionarse con el arte.
La memoria urbana convive así con la contemporaneidad.
Mi visita, curiosamente, estuvo a punto de truncarse. Llegué a las once de la mañana y, aunque el museo debía encontrarse abierto desde las diez, todavía no había llegado el personal responsable de la sala. Finalmente pude ingresar gracias a la excelente predisposición de los guardias de seguridad.
Son esas pequeñas contradicciones que también forman parte de la realidad de nuestras instituciones culturales latinoamericanas con grandes esfuerzos para crear infraestructura y, algunas veces, dificultades mucho más elementales para hacerla funcionar.
Rochelle Costi: la profundidad de lo cotidiano
Actualmente el MACRS presenta “Rochelle Costi: Tudo é rua”, una exposición que parte fundamentalmente de la fotografía para construir un escenario envolvente y conducir al espectador por un recorrido sumamente interesante, curada por Fernanda Albuquerque y Gabriela Motta.
Rochelle Costi (Caxias do Sul, 1961–São Paulo, 2022) fue fotógrafa y artista visual, y desarrolló una obra en la que fotografía, video e instalación se entrecruzaron constantemente.
Su muerte, provocada por un atropello en São Paulo, interrumpió una trayectoria que había convertido las cosas aparentemente insignificantes en un extraordinario campo de investigación artística.
Y ahí radica buena parte de la fuerza de su trabajo.
Costi no necesitaba acontecimientos excepcionales. Le bastaban una habitación, una fachada, una tienda popular, un mercado, una cortina, objetos acumulados o las huellas dejadas por alguien en un espacio.
Su cámara encontraba densidad allí donde otros apenas vemos cotidianidad.
La muestra del MACRS comprende siete núcleos y aprovecha inteligentemente la arquitectura del museo. Hay fotografías impresas en grandes dimensiones, imágenes trasladadas a telas y estructuras que dejan de comportarse como simples soportes para convertirse en espacios que el visitante prácticamente habita.
La fotografía deja entonces de ser solamente una imagen que contemplamos frontalmente y nos rodea.
Todo puede convertirse en relato
En “Solares” (2022), instalada en la fachada del museo, imágenes vinculadas con arquitecturas populares del norte de Brasil aparecen impresas sobre telas que funcionan como cortinas. La obra establece desde el comienzo una relación entre interior y exterior, museo y calle, arquitectura institucional y arquitectura cotidiana.
Ese desplazamiento atraviesa toda la exposición.
En “Eu”, Rochelle dirige hacia sí misma esa curiosidad que habitualmente aplicaba sobre los demás. Se fotografía ocultando parcialmente su rostro detrás de una rama de manzanilla silvestre, planta vinculada con las tradiciones de la Serra Gaúcha. El autorretrato deja entonces de ser una afirmación individual para convertirse también en una declaración de pertenencia.
En “Dezesseis” (2016) acompaña el crecimiento de su hije durante dieciséis años. Allí aparece otra de las obsesiones que atraviesan su obra, el tiempo. No el tiempo grandilocuente de la Historia, sino aquel que silenciosamente transforma cuerpos, afectos y espacios.
La calle como territorio político
Uno de los trabajos más significativos es “Negócios à Parte” (2017), surgido en el contexto de una exposición vinculada a la Avenida Paulista.
Rochelle recorrió ese territorio marcado por la convivencia entre bancos, corporaciones, instituciones culturales, trabajadores informales y personas en situación de calle. Allí conoció a Renato Firmino, pintor y recolector de materiales reciclables, con quien estableció una relación que terminó incorporándose al propio proyecto.
La ciudad deja de funcionar como fondo y se convierte en protagonista.
Algo similar sucede en “Escolha” (2005), realizada a partir de recorridos por Largo da Batata antes de las profundas transformaciones urbanísticas producidas por la llegada del metro. Tiendas populares abarrotadas de productos son registradas en imágenes de gran formato que hoy funcionan también como documentos de una visualidad urbana desaparecida o profundamente transformada.
En “Vende-se Tudo”, Costi observa otro momento de transición: casas vaciadas, construcciones abandonadas y espacios situados entre aquello que ya terminó y algo nuevo que todavía no comenzó.
Esa zona incierta le interesaba particularmente.
Ordenar el mundo
En “Contabilidad” (2016), realizada en Guatemala, la acumulación se convierte prácticamente en sistema visual.
Frutas, telas, objetos y símbolos religiosos aparecen perfectamente organizados en puestos callejeros. Rochelle descubre allí algo que podría pasar inadvertido pues detrás del aparente caos del mercado existe una rigurosa arquitectura cotidiana.
Cada día esos vendedores construyen su mundo para después desmontarlo.
Y al día siguiente vuelven a empezar.
Quizás pocas imágenes puedan explicar mejor la persistencia humana.
Finalmente, “A Terceira Margem” (2021) introduce al espectador en territorios amazónicos y comunidades indígenas. Las imágenes impresas sobre telas generan nuevamente una espacialidad que obliga a atravesarlas y no simplemente a contemplarlas.
La fotografía se transforma en territorio.
Mirar aquello que tenemos delante
Rochelle Costi estudió Comunicación Social en la Pontifícia Universidade Católica do Rio Grande do Sul y posteriormente amplió su formación en Brasil y Londres. Participó en importantes exposiciones nacionales e internacionales, entre ellas las Bienales de São Paulo de 1998 y 2010, además de las bienales de La Habana y de fotografía de Tokio.
Pero más allá de currículos, premios y exposiciones, lo verdaderamente importante es comprender qué hizo diferente su mirada.
Rochelle fotografiaba aquello que todos vemos.
La diferencia es que ella realmente lo miraba.
Objetos, habitaciones, fachadas, negocios, mercados y arquitecturas precarias aparecen en su obra cargados de información sobre quienes los construyeron, utilizaron, abandonaron o transformaron.
“Tudo é rua” resulta, por eso, un título especialmente acertado.
La calle es circulación, encuentro, desigualdad, memoria, transformación y conflicto. Es el lugar donde las historias individuales inevitablemente terminan mezclándose con las colectivas.
Y resulta significativo que esta exposición se presente precisamente en el 4º Distrito de Porto Alegre, una zona atravesada también por procesos de transformación urbana.
La muestra consigue algo fundamental que es establecer una relación entre la obra, el edificio y el territorio que los rodea.
Porto Alegre y una deuda contemporánea
Salí del MACRS pensando nuevamente en Porto Alegre.
La ciudad posee historia, instituciones, coleccionistas, artistas y antecedentes suficientes para ocupar un lugar mucho más visible dentro del circuito contemporáneo brasileño y latinoamericano.
La Bienal do Mercosul demostró hace casi tres décadas que ese potencial existía. Espacios como esta nueva sede del MACRS vuelven a demostrarlo.
Pero la infraestructura por sí sola nunca alcanza.
Hace falta continuidad, programación, investigación, coleccionismo comprometido, circulación internacional y, sobre todo, una mayor conexión entre artistas, instituciones y ciudad.
Quizás por eso una exposición como la de Rochelle Costi resulte especialmente pertinente.
Porque su obra nos enseña justamente a mirar lo que tenemos delante.
Y acaso Porto Alegre necesite hacer exactamente eso: mirar con mayor atención todo el potencial contemporáneo que ya posee y todavía no termina de asumir.
