Leonilda González – 61ª Bienal de Venecia

Venecia, Italia.

La resistencia silenciosa del grabado uruguayo llega a la Bienal de Venecia

La presencia de Uruguay en la exposición internacional de la 61ª Bienal de Venecia encuentra uno de sus momentos más significativos en la incorporación de Leonilda González (Colonia, 1923–2017) a la muestra central In Minor Keys, concebida por la curadora camerunesa Koyo Kouoh.

No se trata de una representación nacional ni de una participación gestionada desde Uruguay. Las obras de González fueron seleccionadas directamente por la dirección artística de la Bienal para integrar el núcleo curatorial internacional, un reconocimiento que confirma la vigencia de una de las figuras fundamentales del grabado latinoamericano del siglo XX.

En las salas del Pabellón Central se exhiben siete xilografías de su emblemática serie “Novias revolucionarias”, un conjunto de imágenes que, más de cincuenta años después de su creación, continúa interpelando al espectador por la intensidad de su lenguaje y la profundidad de su compromiso político.

Las xilografías realizadas entre 1968 y 1969 fueron prestadas especialmente por el Museo Nacional de Artes Visuales (MNAV) para integrar la muestra internacional In Minor Keys, permitiendo que una de las series más emblemáticas del grabado uruguayo dialogue hoy con las principales voces del arte contemporáneo internacional en el Pabellón Central de la Bienal de Venecia.

Una novia convertida en símbolo de resistencia

Cuando Leonilda González comenzó la serie en 1968, la intención era profundamente irónica. La artista cuestionaba el matrimonio como una institución que históricamente había significado para muchas mujeres la pérdida de autonomía y libertad.

Sin embargo, el contexto político transformó radicalmente el sentido de estas imágenes.

Con la creciente represión y, posteriormente, la dictadura cívico-militar uruguaya (1973–1985), aquellas novias dejaron de ser una crítica al orden doméstico para convertirse en una poderosa metáfora de la ausencia, el duelo y la resistencia.

Ya no aparecen acompañadas por un novio. Están solas.

Sus rostros endurecidos reemplazan cualquier gesto romántico. Levantan carteles con la palabra “NO”, cargan ataúdes, sostienen cuerpos inertes o aparecen crucificadas. En el imaginario uruguayo de la época esas mujeres representaban a madres, esposas y novias de presos políticos, desaparecidos y exiliados.

La denuncia nunca fue explícita.

Precisamente allí reside la potencia de la obra en decir lo indecible cuando hacerlo podía costar la libertad.

La resistencia desde una técnica popular

Leonilda González comprendió muy temprano que la elección de una técnica también es una decisión política.

Optó por la xilografía porque permitía multiplicar las imágenes y hacerlas circular fuera de los espacios tradicionales del arte. Como cofundadora en 1953 del Club de Grabado de Montevideo, impulsó un proyecto colectivo destinado a democratizar el acceso a la cultura mediante ediciones económicas que llegaban a miles de hogares.
Durante más de dos décadas fue docente, integrante de su consejo directivo y una de las principales impulsoras de esta experiencia colectiva.

Mientras otros lenguajes permanecían confinados a museos y galerías, sus grabados circulaban de mano en mano, convirtiéndose en vehículos silenciosos de pensamiento crítico.

La madera tallada conservaba sus vetas, sus cicatrices y sus imperfecciones. Esa superficie áspera terminó siendo también una metáfora de un país herido.

Su formación con André Lhote y Fernand Léger en París aportó una rigurosa síntesis formal, visible en sus figuras robustas, los contornos negros y la contundencia expresionista que caracteriza toda su producción.

Exilio y persistencia

La intervención del Club de Grabado por la dictadura y la persecución política obligaron a Leonilda González a abandonar Uruguay en 1976.

Vivió primero en Perú y posteriormente en México, donde desarrolló una intensa actividad artística y docente. En 1983, el Museo de Arte Carrillo Gil le dedicó una importante exposición retrospectiva que consolidó su reconocimiento internacional.

Regresó al país en 1986 con la recuperación democrática y fundó el Taller José Guadalupe Posada, manteniendo vivo el diálogo entre la tradición gráfica mexicana y la uruguaya hasta el final de su vida.

Su exilio nunca interrumpió su producción. Por el contrario, fortaleció una obra que convirtió la memoria en una forma de resistencia.

A lo largo de su trayectoria obtuvo importantes reconocimientos nacionales e internacionales, entre ellos el Premio “El Mundo” en Buenos Aires, el Primer Premio de Xilografía de Casa de las Américas en La Habana y el Premio El Galpón por su célebre Novias revolucionarias III. En 2006 recibió el máximo reconocimiento a la trayectoria artística en Uruguay, el Premio Figari.

Una obra que dialoga con In Minor Keys

La incorporación de Leonilda González a la exposición central responde de manera natural al concepto desarrollado por Koyo Kouoh.

In Minor Keys propone alejarse de las grandes narrativas heroicas para escuchar aquellas voces que, desde los márgenes, sostienen la memoria y la dignidad humana.

Las Novias revolucionarias funcionan exactamente en esa frecuencia.

No representan la épica del enfrentamiento directo, sino la persistencia silenciosa de quienes sobreviven a la violencia política.

Son imágenes de baja intensidad sonora pero de enorme potencia ética.

Hablan del duelo, de la espera, de la ausencia y de la capacidad del arte para resistir incluso cuando el discurso público ha sido silenciado.

La mirada del Museo Nacional de Artes Visuales

En el texto que acompaña las obras enviadas a la 61.ª Bienal de Venecia, la directora del Museo Nacional de Artes Visuales, Roxana Fabius, destaca que Leonilda González comprendió desde muy temprano el potencial político y social del grabado. Criada en el Uruguay rural de la década de 1920, encontró en la xilografía un lenguaje capaz de trascender los circuitos tradicionales del arte gracias a su posibilidad de reproducción y amplia circulación.

Fabius subraya asimismo el papel decisivo de la artista en la fundación del Club de Grabado de Montevideo, una de las experiencias más relevantes de la cultura independiente uruguaya, concebida como una alternativa autogestionada a las instituciones oficiales y orientada a democratizar el acceso al arte mediante ediciones originales de bajo costo.

Desde el punto de vista técnico, resalta la extraordinaria destreza de González al intervenir los tacos de madera con procedimientos propios que le permitían obtener delicadas gradaciones tonales y una riqueza expresiva poco habitual en la xilografía tradicional. Esa maestría se combinó con la utilización de prensas tipográficas que posibilitaban producir miles de estampas originales, ampliando enormemente el alcance de su mensaje.

Para Fabius, la serie Novias revolucionarias sintetiza la singularidad de Leonilda González. En ella convergen una poderosa combinación de ironía, sarcasmo y rabia con un lenguaje visual de fuerte contraste en blanco y negro, figuras de resonancias bizantinas y una expresividad que subvierte el imaginario tradicional de la novia. Lo que comenzó como una crítica a las estructuras que limitaban la libertad de las mujeres fue adquiriendo, con el advenimiento de la dictadura cívico-militar, una nueva dimensión simbólica hasta convertirse en una de las imágenes más elocuentes de la resistencia democrática en Uruguay.

Un reconocimiento histórico

La presencia de Leonilda González en la Bienal constituye uno de los reconocimientos internacionales más importantes que ha recibido el arte uruguayo en los últimos años.

La invitación póstuma confirma la dimensión universal de una producción profundamente arraigada en la historia política y social del Uruguay, pero capaz de dialogar con problemáticas contemporáneas sobre memoria, violencia, género, desplazamiento y derechos humanos.

Su obra demuestra que el grabado, muchas veces considerado un lenguaje “menor”, puede alcanzar una extraordinaria fuerza estética y política.

En una Bienal dedicada precisamente a las voces discretas, las frecuencias bajas y las formas de resistencia cotidiana, las xilografías de Leonilda González encuentran un lugar natural.

No necesitan levantar la voz.

Su silencio continúa diciendo aquello que la historia nunca consiguió borrar.


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