Una poética del desprendimiento y la mutación
Anoche, en el último encuentro del año recibimos en nuestro grupo a una joven escritora que en poco tiempo
ha demostrado su genialidad con reconocimiento en Europa habiendo sido galardonada en varias oportunidades.
Larvas, el libro reciente de Tamara Silva Bernaschina (Minas, 2000), es una obra que no se limita a ser leída: exige ser habitada a la vez que nos habita.
Se trata de un libro que opera como organismo, no como objeto.
Respira, muda, segrega.
La autora construye un territorio donde las imágenes —visuales y mentales— funcionan como cuerpos vivos que atraviesan un proceso continuo de transformación. No hay punto fijo, no hay centro estable: hay tránsito, umbral, tránsito otra vez.
Desde las primeras páginas, Silva Bernaschina instala la idea de la larva no como metáfora simplista de un “antes” y un “después”, sino como un estado expandido, ambivalente, incómodo.
La larva, asociada también a Frank Kafka en su Metamorfosis, no promete mariposa; promete mutación, que es otra cosa.
Mutar implica desprenderse, deshacerse, dejar caer fragmentos propios que siguen hablando incluso cuando ya no pertenecen al cuerpo original. Ese gesto es la columna vertebral del libro.
El texto avanza a través de una escritura que parece brotar desde zonas subterráneas —desde un “interior” que nunca termina de definirse— para luego abrirse hacia un afuera que tampoco pretende estabilidad.
Esa ubicación intermedia, ese estar-en-tránsito, es uno de los mayores aciertos del libro: en Larvas todo se está convirtiendo en otra cosa.
La autora se mueve entre lo corporal, lo animal y lo vegetal con una soltura que no imita el lenguaje científico ni el simbolismo clásico, sino que inventa un modo propio de observar los procesos vitales.
La escritura se ofrece como matriz sensorial antes que narrativa. Hay imágenes que se descomponen, frases que parecen desprenderse de un cuerpo mayor, fragmentos que funcionan como restos de muda.
El libro asume esa fragilidad como método: en lugar de imponer una linealidad, propone una lectura que debe recomponerse en cada página. De ahí que Larvas, compuesto por ocho cuentos, sea un libro más cercano a una experiencia perceptiva que a un relato cerrado.
Uno de los aspectos más interesantes es cómo Silva Bernaschina tensiona la frontera entre lo íntimo y lo biológico. Lo que podría haber sido un ejercicio confesional o introspectivo se desplaza hacia un territorio más inquietante: el de la subjetividad como organismo.
El yo no es una voz que se impone; es una sustancia que se expande, se contrae y deja rastros. Su escritura entiende que todo cuerpo es archivo, pero también es residuo. Y en esa tensión —entre guardar y soltar— aparece la fuerza del libro.
La autora aborda el dolor, lo extrasensorial, el realismo mágico, la tradición literaria rural de nuestro país, la metamorfosis emocional y las crisis vitales sin dramatismo ni exageración.
Lo hace con una precisión que recuerda que las larvas no sienten culpa por mutar: simplemente lo hacen.
Larvas en todos sus abordajes es un libro que invita a pensar en aquello que debemos abandonar para seguir en movimiento. Y, sobre todo, en lo que persiste incluso después de dejar de pertenecer.
Visual y literariamente, el libro construye una estética de lo incompleto: figuras suspendidas, cuerpos en transición, materialidades que no terminan de definirse.
Esa estética no es solo un recurso; es una posición ética frente al mundo.
Vivimos entre estados, dice la autora. Crecer, cambiar, desprenderse, sobrevivir: todo ocurre en ese territorio intermedio que pocas veces miramos de frente.
Larvas confirma a Tamara Silva Bernaschina como una autora con un lenguaje propio, capaz de unir lo biológico con lo poético sin caer en lugares comunes. Nos enfrenta a esa región de la vida donde la transformación no es promesa, sino condición.
Un libro muy recomendable que nos lleva a sub mundos, que no busca respuestas: busca movimiento. Y lo encuentra.



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