CDMX, México.
Un encuentro con Gonzalo Fonseca en Ciudad de México
Hay obras que uno conoce desde hace años a través de fotografías, publicaciones y referencias, pero cuyo verdadero significado solamente se revela cuando finalmente se encuentra frente a ellas.
En mi reciente visita a Ciudad de México tuve la oportunidad de conocer La Torre de los Vientos, la monumental escultura que el uruguayo Gonzalo Fonseca (1922-1997) realizó para los Juegos Olímpicos de México de 1968.
No había podido visitarla en mis anteriores viajes. Su ubicación, alejada del circuito cultural céntrico de la ciudad y rodeada de grandes avenidas y autopistas, dificulta considerablemente el acceso. Paradójicamente, una obra concebida para ser recorrida y habitada se encuentra hoy en un entorno urbano que parece conspirar contra la posibilidad de acercarse a ella.
La visita se produjo después de conocer la casa del arquitecto mexicano Pedro Ramírez Vázquez, una de las figuras fundamentales de la arquitectura moderna de México y presidente del Comité Organizador de los Juegos Olímpicos de 1968.
Ramírez Vázquez comprendió que aquellos juegos debían trascender la competencia deportiva y convertirse en una manifestación cultural de alcance internacional. Bajo su conducción se desarrolló la Olimpiada Cultural, un ambicioso programa que reunió diferentes expresiones artísticas y promovió un mensaje de paz y entendimiento entre los pueblos.
En ese contexto surgió la Ruta de la Amistad, uno de los proyectos de arte público más significativos de aquella celebración, impulsado por el escultor alemán Mathias Goeritz. Diecinueve artistas de diferentes países fueron convocados para realizar esculturas monumentales que se instalarían a lo largo de un recorrido urbano.
Gonzalo Fonseca fue el representante de Uruguay.
Su propuesta, La Torre de los Vientos, se convirtió en la sexta estación de aquel extraordinario proyecto.
Una escultura para ser habitada
Con trece metros de altura, construida fundamentalmente en hormigón armado y concebida como una estructura arquitectónica, La Torre de los Vientos constituye una de las realizaciones más singulares de Fonseca.
No estamos ante una escultura destinada exclusivamente a la contemplación exterior. El artista imaginó una construcción que pudiera ser habitada, recorrida y experimentada desde su interior.
Sus volúmenes geométricos, sus aberturas, sus cavidades y sus referencias a las antiguas arquitecturas precolombinas configuran una presencia que parece pertenecer simultáneamente al pasado y al futuro.
Fonseca construye una suerte de arquitectura arqueológica imaginaria
Su obra parece contener la memoria de civilizaciones que nunca existieron, pero que reconocemos como posibles.
El interior, de aproximadamente ochenta metros cuadrados, fue concebido con elementos arquitectónicos que evocan el mobiliario de una vivienda. La luz natural penetra desde lo alto y transforma el espacio en una experiencia íntima, casi espiritual.
Esta dimensión habitable constituye uno de los aspectos más conmovedores de la propuesta.
La escultura deja de ser solamente un objeto para convertirse en un lugar.
Y es precisamente allí donde aparece una de las características esenciales del pensamiento artístico de Fonseca, la posibilidad de que la creación establezca una relación humana con quien la contempla.
Su interior también fue utilizado para experiencias y proyectos vinculados con el arte, sin embargo, después de su restauración, la puerta de acceso al interior fue clausurada de forma permanente, debido a que el espacio había sido utilizado como refugio por personas en situación de calle.
Esta circunstancia encierra una paradoja particularmente significativa pues tratándose de una escultura concebida por Fonseca para ser habitada, recorrida y experimentada desde su interior ha terminado privada de una de sus cualidades esenciales.
La clausura no solamente impide el acceso físico, sino que modifica profundamente la relación entre la obra y el espectador.
Hoy podemos contemplar su monumental arquitectura, pero no participar plenamente de la experiencia espacial que el artista imaginó.
Existe en este hecho una paradoja que merece una reflexión pues se trata de una escultura concebida como espacio de acogida que terminó enfrentándose a las contradicciones sociales de la ciudad que la rodea.
El abandono y la recuperación
Como ocurrió con otras esculturas de la Ruta de la Amistad, La Torre de los Vientos atravesó un prolongado período de abandono y deterioro.
Durante casi tres décadas, aquella ambiciosa iniciativa cultural perdió buena parte de la atención institucional que había acompañado su nacimiento.
En 1996, la obra fue rehabilitada, recuperando su presencia y su valor patrimonial.
La recuperación permitió reconocer nuevamente la importancia de una creación que, por sus características, excede los límites convencionales entre escultura y arquitectura.
No obstante, su emplazamiento continúa planteando interrogantes.
Situada en las proximidades del Anillo Periférico, en el sur de Ciudad de México, la torre aparece prácticamente aislada por una infraestructura vial que dificulta la relación directa con el público.
Su monumentalidad permanece, pero su capacidad de convocatoria queda condicionada por el entorno.
Cabe preguntarse si una obra de estas características no merecería un espacio donde pudiera establecer un diálogo más cercano con los visitantes.
Incluso podría considerarse la posibilidad de trasladarla a alguno de los numerosos parques o espacios museísticos de la ciudad, aunque una decisión de esa naturaleza debería contemplar cuidadosamente su condición patrimonial y su pertenencia histórica a la Ruta de la Amistad y volverla a restaurar ya que la obra clama a gritos por ello.
Gonzalo Fonseca y su legado uruguayo
Gonzalo Fonseca fue uno de los artistas más singulares surgidos del Taller de Joaquín Torres García.
Su formación estuvo profundamente vinculada al Universalismo Constructivo, aunque desarrolló un lenguaje absolutamente personal, en el que confluyen la arquitectura, la arqueología, la escultura y una particular concepción del tiempo.
Sus construcciones parecen fragmentos de antiguas civilizaciones recuperadas de una memoria imaginaria.
Hay en ellas escaleras que conducen a ninguna parte, puertas que sugieren espacios inaccesibles, cavidades, pequeños recintos y elementos que invitan a imaginar la presencia humana.
Fonseca no buscaba representar una arquitectura existente, sino crear un universo propio.
Su trayectoria internacional y la originalidad de su producción lo sitúan entre los grandes escultores uruguayos del siglo XX.
Sin embargo, como sucede con tantos otros artistas de nuestro país, su presencia en los espacios públicos y museísticos uruguayos resulta insuficiente frente a la importancia de su legado.
Una excepción particularmente valiosa es la incorporación de Madre Cava (1978) a la Colección Pablo Atchugarry.
Esta monumental obra, realizada en mármol travertino durante su etapa italiana, permite comprender la extraordinaria relación que Fonseca estableció entre materia, espacio y arquitectura.
Su estructura abierta, sus cavidades y su carácter casi arqueológico nos enfrentan nuevamente a esa dimensión misteriosa que atraviesa toda su producción.
La presencia de Madre Cava en Uruguay constituye un acierto significativo y una oportunidad para acercar al público a uno de nuestros creadores más originales.
Pero también debería estimular una reflexión más amplia sobre la necesidad de reconocer, investigar y difundir el legado de artistas uruguayos cuya importancia internacional no siempre encuentra una correspondencia adecuada en nuestro propio país.
Participar de sus vientos
Visitar La Torre de los Vientos fue para mí una experiencia especialmente significativa.
Después de tantos años de conocer la obra a través de imágenes, encontrarme finalmente frente a su monumental estructura, recorrer su entorno y observar sus volúmenes me permitió establecer una relación diferente con la creación de Fonseca.
Hay algo profundamente conmovedor en estas arquitecturas imaginarias que parecen guardar secretos de otras épocas.
Sus muros, sus aberturas y sus silencios nos invitan a detenernos y a pensar en la relación entre el ser humano, el espacio y el tiempo.
La escultura permanece allí, rodeada por el movimiento incesante de una de las ciudades más grandes del mundo, como una presencia silenciosa que resiste el paso de los años.
Mientras los automóviles circulan a su alrededor, la torre parece pertenecer a otra temporalidad.
Una temporalidad más lenta, más reflexiva, más humana.
Haber llegado finalmente hasta ella, contemplarla y participar simbólicamente de sus vientos fue también una manera de rendir homenaje a Gonzalo Fonseca.
Un artista uruguayo que supo construir, lejos de su país, una obra de dimensión universal y que merece ocupar un lugar mucho más visible en nuestra memoria cultural.
