San Carlos, Maldonado.
Comulgar con La nube de Leandro Erlich (Buenos Aires, 1973), no es mirar una obra, es entrar en un dispositivo mental.
En Cerro Timbó, dentro de un recinto concebido exclusivamente para albergarla, La Nube flota como si la gravedad hubiera decidido tomarse el día libre.
Erlich no creó una metáfora sino que conformó una pieza de ingeniería poética.
Está compuesta por capas de vidrio ultra claro apiladas en secuencia milimétrica.
Las placas están impresas con cerámica blanca sobre cada plano para crear fragmentos dispersos de nube.
La superposición frontal asimismo promueve que el ojo del espectador haga el resto. La imagen se recompone y aparece el volumen.
En esa ilusión tridimensional no hay truco digital, hay física, óptica y paciencia.
Erlich no fabrica una nube. Fabrica la posibilidad de creer en ella y nuestra formación visual y mental hace el resto y vemos lo que consideramos que debemos ver.
La nube es lo más democrático del paisaje pues no reconoce fronteras, no pide visa. Sin embargo, el artista la ha moldeado en versiones con siluetas de países —Japón, Francia, Alemania, Gran Bretaña— cuestionando la rigidez de los mapas frente a la volatilidad de la naturaleza.
Se trata de la materia más inasible convertida en objeto de vitrina y
el caos atmosférico transformado en gabinete de curiosidades que guía y atrapa nuestra atención.
Podríamos decir que se trata de lo efímero domesticado sin dejar de ser efímero.
En el Mori Art Museum, de donde proviene, las piezas dialogaron con la arquitectura contemporánea. En Cerro Timbó, en cambio, la experiencia es más introspectiva pues la obra respira con el paisaje, aunque esté encapsulada.
El espacio de piedra construido por el arquitecto Edgardo Minond, quien también diseñó la casa de Carlos Abboud, sumado a la ventana aérea que permite el ingreso de la luz sideral, facilita la experiencia.
Y ahí está la paradoja tratándose de una nube encerrada que, lejos de limitarse, expande.
Sin dudas se trata de la escultura estrella de Cerro Timbó.
Sostengo que La Nube de Leandro Erlich es la obra estelar de Cerro Timbó por una razón simple: ahí se condensa, sin maquillaje, la esencia del arte contemporáneo.
No es solo una pieza. Es una experiencia total.
Primero, la obra.
Una nube suspendida que no es vapor sino capas de vidrio, precisión técnica y construcción óptica. La ilusión no engaña, revela. Nos obliga a aceptar que la percepción es frágil, que la realidad es negociable. Eso es arte contemporáneo en estado puro.
Después, el espacio.
El recinto fue concebido exclusivamente para albergarla. Piedra, contención, silencio. Arquitectura al servicio de la obra, no al revés. La materia pesada abrazando lo etéreo. Esa tensión entre lo sólido y lo inasible produce algo poco frecuente: recogimiento.
Y ahí sucede lo importante.
La obra no ilustra una idea. La provoca.
No se contempla, se habita, más bien nos habita.
No se entiende, se experimenta.
Uno entra y algo se aquieta.
La mirada se eleva —literal y simbólicamente— y el espíritu acompaña. La nube flota, pero el que se suspende es el espectador.
Que esté en un entorno de piedras no es anecdótico, es estratégico. El peso del mundo afuera, la levedad adentro. El contraste genera permanencia. No dan ganas de salir porque el espacio logra lo que el arte busca desde siempre: suspender el tiempo.
En Cerro Timbó, esa nube no es una obra más.
Es el eje conceptual del lugar.
Es la que marca la vara.
Y cuando una pieza logra ordenar el paisaje físico y emocional que la rodea, deja de ser instalación y se convierte en experiencia fundante.



