Juan Burgos en Museo Nacional de Historia Natural

Montevideo, Uruguay.

Serpentario: Juan Burgos y las serpientes de la desigualdad

En una nueva entrega —algo verdaderamente inusual en un contexto marcado por la escasez de salas expositivas en Montevideo— Juan Burgos (Durazno, 1963) vuelve a sorprender con otra exposición.

En esta ocasión ocupa las dos salas que el Museo Nacional de Historia Natural destina al Espacio de Arte Contemporáneo, mientras otra muestra suya continúa exhibiéndose en otro edificio, confirmando el momento de intensa actividad que atraviesa uno de los artistas más singulares del panorama uruguayo.

En Serpentario, Burgos desplaza el eje de su imaginario habitual hacia una problemática social urgente como es la vida de quienes habitan la calle.
Sin abandonar su universo poblado de seres mitológicos, símbolos y criaturas ambiguas, el artista pone ese repertorio visual al servicio de una reflexión sobre la vulnerabilidad, el abandono y la desigualdad.

La propuesta se articula a partir de un monumental collage analógico que cubre por completo una de las salas, convirtiendo el espacio en un escenario inmersivo. Sobre ese gran paisaje visual emergen seis composiciones en las que el visitante debe descubrir los retratos de personas en situación de calle.
Las fotografías fueron realizadas por Luis Alonso, quien las cedió a Burgos en un gesto de colaboración que amplía el carácter colectivo de la obra.

La experiencia de recorrer la exposición resulta especialmente efectiva.
Al ingresar, el espectador queda cautivado por la exuberancia cromática, el ritmo de las formas y el movimiento de las serpientes que parecen envolver toda la sala.

La seducción visual funciona como una trampa. Poco a poco, entre las capas del collage, comienzan a aparecer los cuerpos humanos. Entonces la belleza inicial deja paso a una realidad incómoda que obliga a detenerse y mirar con mayor atención.

El collage deja de ser únicamente un procedimiento formal para convertirse en una herramienta de desmontaje cultural. Las serpientes ya no representan solamente una amenaza; también adquieren un carácter protector, casi místico, como si acudieran en defensa de cuerpos olvidados por la sociedad.
Esa ambivalencia atraviesa toda la exposición y constituye uno de sus mayores logros.

Como señala Hugo Achugar en el texto curatorial, Serpentario marca un desplazamiento dentro de la producción de Burgos.

La ironía, el humor ácido, el pop, el cómic y el sarcasmo que suelen caracterizar su obra ceden aquí el protagonismo a una conmoción profunda frente a un mundo atravesado por el dolor y la desesperanza.
Sin renunciar a la intensidad visual que distingue su lenguaje, el artista construye una obra donde predomina la empatía hacia quienes permanecen invisibilizados.

También resulta significativo el diálogo que Burgos establece con fotógrafos como Luis Alonso, Guido Mocafico y D’Angelo Lovel Williams. Lejos de la apropiación superficial, esas referencias amplían el espesor simbólico de los collages y conectan distintas tradiciones visuales, cruzando tiempos, geografías y sensibilidades contemporáneas.

Las serpientes —particularmente las mambas africanas (Dendroaspis viridis)— se convierten así en el gran símbolo de la exposición. Son figuras que oscilan entre el peligro y la protección, entre el miedo y la esperanza, reflejando las contradicciones del mundo contemporáneo y de una sociedad donde la exclusión convive diariamente con nuestra indiferencia.

En Serpentario, Juan Burgos demuestra que el collage continúa siendo un lenguaje de enorme vigencia cuando se pone al servicio de una mirada crítica sobre el presente. Lejos de limitarse a la destreza técnica o al impacto visual, el artista construye una experiencia que seduce al espectador para luego enfrentarlo con una realidad incómoda y profundamente humana.
En tiempos donde gran parte de la producción contemporánea privilegia el discurso por encima de la experiencia estética, Burgos consigue articular ambas dimensiones con notable equilibrio.

Serpentario se instala así como una de las exposiciones más sólidas y significativas que pueden verse actualmente en Montevideo, confirmando a Juan Burgos como una de las voces más personales y consistentes del arte uruguayo contemporáneo.
Es una exposición que primero seduce y luego interpela; que obliga al espectador a descubrir, detrás de la fascinación estética, aquello que muchas veces preferimos no mirar.

El montaje contó con la colaboración de Niklaus Strobel lo que no es un dato menor en virtud de sus puestas en escenas como ha sido la reciente llevada acabo en el pabellón de Uruguay en la 61ª Bienal de Venecia.


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