Pueblo Garzón, Maldonado.
Jonathan Vivacqua: el vacío como material activo
Dentro de las novedades más sólidas de la temporada aparece Jonathan Vivacqua (Erba, 1986), artista italiano radicado en Milán y —dato lateral pero no irrelevante para el ecosistema artístico— pareja de la pintora argentina Chiara Baccanelli.
Vivacqua presenta “Matricia”, su primera muestra individual fuera de Italia, en Walden Naturae, en Pueblo Garzón.
La exposición —ya finalizada— confirmó algo evidente: cuando el minimalismo se toma en serio los materiales y no posa para la foto, funciona. Sin ruido, sin discurso inflado. Forma pura, tensión justa y el espacio trabajando a favor. Así, sí.
La amplia y versátil sala de la galería —atravesada por la luz solar, cambiante según las horas del día— no se limita a contener la obra: la activa. La variación lumínica modifica ritmos, tensiones y lecturas, logrando que el espacio no funcione como un mero contenedor, sino que se amalgame a la propuesta como parte esencial del argumento. Aquí, arquitectura y obra operan en el mismo plano: lo que se ve depende del momento, y el momento también es obra.
Formado en la Accademia di Brera e influenciado por Alberto Garutti, Vivacqua trabaja desde una convicción clara: la escultura no es un objeto cerrado, sino un proceso de transformación.
Su práctica se nutre de una doble raíz: la tradición conceptual y la experiencia directa con el mundo de la construcción.
Cemento, hierro, aluminio, poliestireno, plexiglás, teflón, aceites industriales usados componen la amplia variedad de sus materiales sin aura que, en sus manos, adquieren una presencia contenida y precisa.
Su filosofía podría resumirse sin rodeos en la glorificación de la forma mientras se aniquila la función.
Para ello el escultor echa manos a reglas de albañil, módulos industriales y estructuras autoportantes que se transforman en composiciones minimalistas donde la repetición, la geometría y el vaciamiento operan como una gramática propia.
En sus obras hay ecos del minimalismo —Carl Andre, Donald Judd—, pero sin nostalgia ni obediencia. Vivacqua toma esa herencia, la tensa y luego se emancipa.
En un momento en que parecería que la escultura en metal ya dijo todo, Vivacqua reintroduce el vacío como problema, no como efecto.
En este punto, el diálogo con el inglés Henry Moore (1898-1986) es inevitable. Moore incorporó el vacío para romper la masa y hablar de vulnerabilidad y estructura interna del cuerpo.
Vivacqua va más allá, pues para él el vacío no es ausencia ni pausa neutra sino que es un material activo, cargado de energía crítica.
Matricia propone leer la obra como un territorio de pensamiento aspecto que también nos recuerda la obra del argentino Eduardo Basualdo expuesta allí mismo en otra temporada anterior.
Las esculturas de chapa metálica plegada de Vivacqua generan volúmenes austeros que dialogan con la luz y producen zonas de densidad y silencio.
Asimismo las pinturas realizadas con cemento pigmentado trasladan su lógica constructiva al plano bidimensional, borrando fronteras entre pintura y arquitectura. Los dibujos sobre tela de fibra de vidrio negra —material industrial, poroso— que también conforman la propuesta funcionan como núcleo conceptual: allí el material decide qué emerge y qué se oculta.
Nada es decorativo. Nada es gratuito.
Cada pieza cuestiona la estabilidad del objeto, la pasividad del entorno y la noción misma de permanencia.
En Matricia, Vivacqua desplaza la escultura del terreno de la forma al de la experiencia. No se trata de mirar obras, sino de habitar relaciones entre cuerpo y espacio, materia y vacío, luz y sombra.
El verdadero potencial de su trabajo no está en lo que muestra.
Está —y ahí es donde incomoda— en lo que transforma.
