Venecia, Italia.
Antes que un despliegue de identidad nacional, el Pabellón de la India propone una reflexión sobre aquello que permanece cuando el territorio cambia, las ciudades se transforman y las casas desaparecen.
Entrar allí implica pausar el ritmo e ingresar en un ambiente atmosférico poético.
Se trata de una propuesta que luego de haber recorrido toda la Bienal es rescatada por nuestras emociones e invita a regresar y dejarse llevar.
En el Arsenale, “Geographies of Distance: Remembering Home”, curada por el Dr. Amin Jaffer, reúne a cinco artistas que convierten materiales ancestrales —hilo, tierra, bambú, cera, papel maché y pigmentos naturales— en un lenguaje contemporáneo para pensar el desplazamiento, la memoria y la fragilidad del paisaje. El resultado es uno de los pabellones más coherentes y sensibles de la 61.ª Bienal de Venecia.
La memoria suspendida de Sumakshi Singh
En una Bienal marcada por grandes gestos políticos, tecnologías inmersivas e instalaciones de enorme impacto visual, el Pabellón de la India opta por un camino diferente: el de la contemplación.
“Geographies of Distance: Remembering Home” no busca imponer un discurso estridente, sino construir un espacio donde la memoria, el territorio y la noción de hogar dialogan a través de materiales profundamente vinculados a las tradiciones artesanales del país.
Tras siete años de ausencia —la India no participaba desde 2019—, su regreso ha sido celebrado por la crítica internacional como una muestra de madurez artística y de una renovada diplomacia cultural.
Curada por el Dr. Amin Jaffer, la exposición reúne a Alwar Balasubramaniam, Ranjani Shettar, Asim Waqif, Skarma Sonam Tashi y, especialmente, a Sumakshi Singh, cuya instalación constituye el corazón emocional del pabellón.
Desde el primer recorrido resulta evidente la inteligencia con la que las obras dialogan entre sí. La monumental estructura de bambú diseñada por Asim Waqif obliga al visitante a desplazarse entre pasajes estrechos que evocan el crecimiento caótico de las grandes metrópolis asiáticas y cuestionan las ideas de progreso y desarrollo.
En el extremo opuesto, el jardín suspendido de Ranjani Shettar parece desafiar toda gravedad. Elaborado artesanalmente con madera, cera de abejas, lacas y materiales vegetales, “Under the Same Sky” convierte el techo del Arsenale en un paisaje flotante donde hojas, raíces y formas orgánicas recuerdan que la naturaleza constituye el único hogar compartido por toda la humanidad.
Este jardín colgante está compuesto por grandes formas escultóricas inspiradas en flores, hojas y procesos de crecimiento de la naturaleza. Aunque muchos visitantes las describen como “flores”, la artista evita la representación literal aludiendo que son formas biomórficas que evocan la flora sin reproducir ninguna especie específica. Están realizadas artesanalmente con algodón tejido a mano, acero y laca, siguiendo técnicas tradicionales indias.
Sin embargo, es al ingresar en el universo de Sumakshi Singh (Nueva Delhi, 1980), donde el recorrido adquiere una dimensión íntima y profundamente conmovedora.
Su instalación “Permanent Address” (Dirección permanente, 2026), realizada con hilos de seda, algodón y nailon tensados sobre estructuras de acero, reconstruye el antiguo hogar familiar ubicado en el número 33 de Link Road, en Nueva Delhi.
Aquella casa, donde la artista vivió momentos decisivos de su infancia y que perteneció a sus abuelos desplazados durante la Partición de la India de 1947, fue demolida tras la muerte de ellos. Lo que desapareció físicamente reaparece aquí convertido en memoria material.
Singh no reconstruye muros ni habitaciones mediante ladrillos o cemento. Los reemplaza por delicadas estructuras bordadas que reproducen paredes, molduras, bisagras y ventanas utilizando únicamente hilos suspendidos. El resultado es una arquitectura fantasma donde un edificio transparente cuya presencia parece oscilar constantemente entre la aparición y la desaparición.
La experiencia resulta extraordinaria. El visitante camina entre habitaciones que prácticamente no existen. La luz atraviesa las paredes convertidas en encajes y el aire parece sostener aquello que la gravedad debería derribar. La artista transforma la arquitectura en un recuerdo visible, demostrando que los espacios que habitamos nunca desaparecen completamente mientras permanezcan en la memoria.
Resulta inevitable que, vista hoy, la instalación adquiera una resonancia inesperada frente a la tragedia que atraviesa Venezuela tras el reciente terremoto. Miles de viviendas reducidas a escombros y familias obligadas a abandonar sus hogares convierten la propuesta de Singh en una lectura dolorosamente contemporánea. La casa suspendida de hilos deja de remitir únicamente a la memoria familiar de la artista para transformarse en una metáfora universal de todas las arquitecturas perdidas. Allí donde el ladrillo colapsa, la memoria persiste; allí donde desaparece el refugio físico, el hogar sobrevive como experiencia afectiva.
La artesanía ancestral como fuerza de resistencia
Pero la obra va mucho más allá de la evocación autobiográfica. Singh reivindica también el trabajo doméstico tradicionalmente realizado por las mujeres de su familia, quienes se reunían para bordar colectivamente. Ese gesto cotidiano, históricamente relegado al ámbito privado y considerado decorativo, adquiere aquí una dimensión política y monumental. Cada puntada funciona como un acto de reconstrucción; cada hilo sostiene una historia familiar y colectiva. El bordado deja de ser ornamento para convertirse en arquitectura, archivo y resistencia.
La trayectoria internacional de Sumakshi Singh permite comprender la profundidad conceptual de esta propuesta.
Artista, curadora, escritora y educadora, ha desarrollado una práctica que cuestiona permanentemente la estabilidad de la percepción. Sus instalaciones, esculturas, animaciones y obras textiles han sido exhibidas en instituciones como la Galería Saatchi de Londres, el Museo MAXXI de Roma, el Museo de Arte Contemporáneo de Chicago, QAGOMA en Australia y numerosos espacios de Europa, Asia y América. Su investigación gira desde hace años alrededor de la transformación de estructuras sólidas en presencias etéreas, donde la memoria parece desintegrar lentamente aquello que parecía permanente.
En Venecia esa investigación alcanza una de sus expresiones más logradas. “Permanent Address” convierte el hogar en una condición portátil, una geografía emocional que sobrevive incluso cuando el edificio ha dejado de existir. La obra recuerda que las casas no son únicamente construcciones materiales; son depósitos de afectos, pérdidas y recuerdos que continúan habitándonos.
El resto del pabellón amplía esta reflexión desde otras escalas. Alwar Balasubramaniam trabaja con arcilla, tierra y pigmentos naturales para explorar la vulnerabilidad física del paisaje; Skarma Sonam Tashi recrea mediante papel maché y materiales reciclados la arquitectura tradicional de Ladakh, hoy amenazada por el cambio climático; mientras Shettar y Waqif plantean dos visiones opuestas sobre la relación entre naturaleza, urbanización y permanencia.
Lo notable es que ninguna de estas obras intenta imponerse sobre las demás. El pabellón ha sido concebido como una experiencia coral donde las distintas materialidades —el hilo, la tierra, el bambú, la cera y el papel— funcionan como un vocabulario común. Se pasa naturalmente de las grandes problemáticas ambientales y urbanas a las pérdidas más íntimas, del paisaje colectivo a la memoria familiar.
Quizá esa sea la mayor virtud del Pabellón de la India. Mientras muchas propuestas de la Bienal recurren al impacto inmediato, aquí todo sucede lentamente. Las obras exigen tiempo, silencio y atención. No buscan ofrecer respuestas definitivas sino activar preguntas universales: ¿qué permanece cuando desaparece el lugar donde crecimos?, ¿puede una casa seguir existiendo únicamente en la memoria?, ¿es posible reconstruir una ausencia mediante el trabajo paciente de las manos?
En “Permanent Address”, Sumakshi Singh responde con una imagen inolvidable con una casa hecha de hilo que parece a punto de desvanecerse y que, precisamente por su fragilidad, termina revelándose mucho más resistente que cualquier muro de ladrillo. Porque hay hogares que dejan de existir físicamente, pero continúan habitándonos para siempre.
Un vínculo armonioso
Mientras la arquitectura de hilo de Sumakshi Singh reconstruye un hogar perdido y la estructura de bambú de Asim Waqif ocupa el espacio a nivel del suelo, las formas suspendidas de Ranjani Shettar elevan la mirada del visitante hacia el techo del Arsenale. Es como si el pabellón oscilara constantemente entre el peso de la tierra y la levedad del recuerdo, entre la gravedad de la historia y la posibilidad de imaginar un hogar compartido “bajo el mismo cielo”.
