En Chichicastenango rescatar un textil es rescatar una memoria
Hay ferias donde uno compra.
Y hay ferias donde uno rescata.
En Chichicastenango, entre puestos apretados, olor a copal y montañas que respiran historia, apareció esta pieza. No colgada como reliquia, sino doblada, esperando que alguien la mire con tiempo.
No es souvenir. Es un fragmento de identidad maya.
La feria se celebra dos veces por semana. Textiles, máscaras, frutas, gallinas, turistas distraídos y abuelas que saben exactamente lo que venden y fundamentalmente explosión de colores.
Entre esa coreografía, este textil destacó por algo simple, su autoridad visual.
Fondo negro profundo.
Rojo encendido.
Centro turquesa que estalla en flores simétricas como un pequeño universo ordenado.
Esta tela bordada no grita, se impone y logra su protagonismo en mi sala.
Proviene de la región quiché, Guatemala.
Se trata de un bordado manual sobre algodón con puntada densa, satinada y de gran precisión.
Su estructura es tripartita: panel central + bandas laterales + marco superior.
La iconografía está compuesta por flores monumentales, aves estilizadas y simetría axial.
El rojo alude a la vida, energía, linaje.
El turquesa/verde hablan de maíz, agua y fertilidad.
Amarillos y naranjas representan el sol y el ciclo agrícola.
El centro funciona como un mandala mesoamericano con orden cósmico traducido en hilo.
Las bandas laterales con flores repetidas refuerzan ritmo y estabilidad. El marco superior, con aves, conecta cielo y tierra. En la cosmovisión maya nada es decorativo; todo está cargado de sentido.
En Chichicastenango no se compra con tarjeta. Se compra con mirada y respeto.
Hay que entender que cada pieza llevó horas, días, semanas de trabajo.
La mujer que lo tenía sabía lo que ofrecía. Yo también sabía que no estaba ante “artesanía”. Estaba ante un archivo portátil de cultura.
Y ahí se dio el gesto justo: no regatear por deporte. Valorar.
Hoy está enmarcado.
Pero no domesticado.
No me canso de mirarla y cada vez que la recorro descubro algún detalle nuevo. Feliz de tenerla a mi lado.
Conserva su vibración textil, su densidad cromática y su potencia simbólica. No fue creado para un museo, pero dialoga con cualquier colección seria de arte popular latinoamericano.
Y aquí la pregunta incómoda:
¿por qué seguimos llamando “arte menor” a lo que exige más tiempo, más técnica y más tradición que muchas obras de galería?
Viajar también es eso:
no acumular objetos, sino reconocer memoria cuando la vemos.
Y en Chichicastenango, entre humo de incienso y mercado vivo, esta tela encontró quien la escuchara.




