Salinas, Uruguay.
En medio de una charca en Canelones, Giorgio Carlevaro decidió correrse del circuito y plantarse donde el tiempo tiene otra densidad. Ahí montó su taller y vivienda en un espacio abierto, verde, todavía en proceso, pero ya cargado de intención.
No es un refugio, es un dispositivo.
Un lugar pensado para producir obra, sí, pero también para provocar encuentros.
El proyecto está en plena construcción —madera, ideas, energía—, pero ya se percibe lo que viene donde un nodo activo y un punto de fuga del centro hacia la periferia. Y no como gesto romántico, sino como estrategia.
Charlamos largo. Entre el humo del café (y alguna que otra deriva), el intercambio se volvió parte de la obra y pensamiento en estado de montaje.
Carlevaro no está armando solo un taller. Está preparando un territorio.
Próximamente será un espacio para residencias, cruces y circulación de artistas.
