Ganesha, Rajastán y la India que no posa
Esta talla de Ganesha llegó a mí durante un mes de viaje por la India, recorriendo mayoritariamente Rajastán, lejos del circuito cómodo y repetido.
No fue un viaje de mostrador ni de folleto, fue una ruta propia, armada día a día, en coche con chofer local, de esos que no miran Google Maps porque conocen el territorio de memoria.
Me alojé en antiguos palacios de familias nobles, hoy convertidos en hoteles. Lugares donde el lujo no es estridente, sino heredado con muros gruesos, patios silenciosos, polvo antiguo y una relación con lo sagrado todavía viva.
En ese contexto —no en una tienda para turistas apurados— aparece esta pieza.
Aclaro algo desde el inicio, sin ambigüedades: no busco abrazar la religión hindú ni reemplazar mis propias creencias. No es conversión ni apropiación espiritual. Es otra cosa, más simple y más honesta es respeto. Esta talla me permite convivir con creencias ajenas a las mías sin necesidad de adoptarlas. Mirar sin invadir. Apreciar sin poseer.
Se trata de una talla tradicional en madera, realizada íntegramente a mano.
La madera —probablemente teca o neem, muy utilizadas en el norte de la India— está trabajada con profundidad, sin concesiones al apuro ni al molde.
La policromía es artesanal donde rojos, ocres, verdes y dorados aplicados con criterio simbólico y nada decorativo. El dorado no busca brillar sino que busca el significado que persigue.
Ganesha aparece erguido, frontal, con una presencia firme. La sombrilla ceremonial (chatra) sobre su cabeza no es un adorno, es un signo de realeza espiritual y protección.
La panza generosa, el gesto contenido, el equilibrio del cuerpo, todo habla de abundancia, estabilidad y contención.
En la base hay un ratón el que es su vehículo simbólico, el cual nos recuerda algo esencial: el dominio del deseo, de lo pequeño, de lo que roe por dentro.
Un detalle que separa lo auténtico de lo banal está señalado por la parte posterior la cual está tan trabajada como el frente, con relieves florales y geometrías cuidadas.
En la imaginería india, lo sagrado no se abandona por detrás. Eso solo lo hacen las piezas hechas para ser vistas rápido.
Esta obra pertenece a una tradición viva del Rajastán rural, donde la escultura religiosa no se piensa como “objeto artístico” sino como presencia activa. No fue concebida para una vitrina occidental, sino para habitar un espacio, acompañar rituales, observar en silencio.
Por eso no es un recuerdo de viaje.
Es un testigo que agradezco habite en mi casa.
Un Ganesha que no sonríe para la foto.
Que no pide permiso.
Y que, como el viaje mismo, no se deja reducir a postal.


