Foo Dog

Hay objetos que uno compra.
Y hay otros que, de manera silenciosa, lo eligen a uno

Este guardián chino pertenece a esa segunda categoría: piezas que no son simplemente adquiridas, sino encontradas, reconocidas, adoptadas por ambas partes.

Un animal que no existe, pero gobierna desde hace siglos

Este león mitológico —mal llamado Foo Dog en Occidente— es un shīzi, un guardián presente en la cultura visual china desde la dinastía Han (206 a.C.–220 d.C.).

Nunca hubo leones en China, pero sí la necesidad simbólica de un animal que encarnara fuerza, vigilancia y autoridad espiritual. Así nació esta criatura híbrida: un león imaginado, un protector ritual, un defensor del equilibrio.

La pieza que traje a Montevideo proviene del sur de China, zona célebre por sus ceramistas. Su estilo encaja con los talleres de Shiwan, responsables de algunas de las figuras más expresivas y exuberantes del sur.

Allí confluyeron artesanos que trabajaban esmaltes espesos, colores intensos y relieves escultóricos que parecen latir.

Una pieza que no nació para decorar: nació para custodiar

Una criatura forjada en cerámica, símbolo y teatralidad

La melena del guardián está modelada en relieves ondulantes, casi serpenteantes, una filigrana cerámica que exige paciencia, pulso y oficio. Las capas de esmalte azul profundo —un tono asociado al cielo, al orden y a la energía masculina— envuelven el cuerpo como una segunda piel.

Los detalles en verde, ámbar y rojo aportan dramatismo y movimiento. Nada está colocado al azar: en el arte chino, cada color es una declaración.

La postura es clave:
la garra apoyada sobre la esfera lo identifica como león macho, guardián del orden cósmico.
El gesto es tan antiguo como la iconografía misma: proteger, controlar, contener. Es una afirmación silenciosa pero definitiva.

El rostro —colmillos visibles, bigotes curvados, ojos abiertos en vigilancia permanente— combina ferocidad y humor ritual. Esa mezcla es típica del arte sureño: un león protector que te mira y sonríe… pero sin dejar de vigilar.

La causalidad: por qué esta pieza me eligió

Hay encuentros que no admiten teorías racionales.
Desde el momento en que vi esta figura, algo de ella me reconoció.
No es misticismo fácil: es la simple afinidad entre piezas con carácter y personas que saben mirar.

Durante siglos, estos guardianes se colocaron en puertas, templos y hogares para proteger el tránsito de las energías. Su función nunca fue ornamental: su misión era custodiar.

Que esta pieza haya llegado a mis manos no es casual.
La elegí, sí, pero también me eligió: entre tantos objetos que vi en China, fue este el que me habló, el que me pidió ser cargado, cuidado, trasladado. Y acepté el pacto.

Fragilidad, peso y la decisión de traerla

No es poca cosa haberla cargado desde China hasta Montevideo.
La pieza es frágil, voluminosa, y cualquier golpe tenía el potencial de quebrar siglos de iconografía.
Aun así, la traje.

Eso también dice algo:
los objetos que valen la pena siempre exigen algo a cambio.
Un esfuerzo, un riesgo, un cuidado extremo.
Y estuve dispuesto desde que nos encontramos mutuamente.

Ese viaje compartido — vigilando al guardián y el guardián observando el mundo desde mis manos— creó un vínculo que no tienen las piezas que se compran dentro del mismo barrio siquiera.

Convivencia: años después, el pacto sigue en pie

Día tras día, lo miro y confirmo mi decisión.
No hay arrepentimiento; hay satisfacción.
Reconozco su presencia, su cuerpo azul que no pasa desapercibido, su teatralidad barroca-oriental que convive naturalmente en mi casa.

Este león también cumple su parte:
vela, protege, observa, sostiene la energía del espacio.
Su función simbólica sigue activa.
Nunca dejó de ser guardián.

No es una pieza más de mi colección.
Es un aliado y verlo día a día confirma nuestro vínculo.

No se trata de un objeto decorativo.
Es una criatura que porta 2.000 años de mitología, artesanía y simbolismo.
Lo encontré —o me encontró— porque estaba listo para verlo.
Y desde entonces, convivimos.
Yo lo cuidé en el viaje; ahora él me cuida a mi.

Así son los vínculos con mis objetos que he ido amarrando a lo largo de mi vida. Siempre he estado convencido de que han sido creados para mí y que cada uno ha estado aguardando nuestro encuentro.


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