Espíritu Santo

Los traje desde Tiradentes como quien acepta un encargo silencioso.
No fue una compra cómoda ni práctica —nada de lo que importa lo es—, pero estos dos Espíritus Santos pedían viaje largo, manos firmes y una pared definitiva.

El primero se abre como un jardín contenido. La madera tallada despliega un sol barroco donde la paloma blanca no irrumpe: habita.
Flores pequeñas, colores apagados, una geometría paciente. No hay exceso ni gesto teatral; hay cuidado.

Es un Espíritu Santo que no cae del cielo: se queda. Acompaña. Hace casa.

Su fuerza está en la repetición del detalle, en la suma de lo mínimo, en esa idea profundamente mineira de que la fe también puede ser cotidiana y cercana.

El segundo, en cambio, corta el aire. La madera blanqueada estalla en puntas, rayos, astillas que recuerdan llamas o heridas.
La paloma es más severa, casi frontal, sin concesiones. Aquí no hay color que distraiga ni ornamento que suavice: todo es tensión y silencio.

Este Espíritu Santo no consuela sino que exige presencia. No decora la pared: la ocupa.

Ambos nacen del mismo territorio y de la misma tradición, pero dicen cosas distintas.
Uno protege.
El otro vigila.

Y sin embargo, conviven. Porque la fe popular de Minas Gerais nunca fue una sola: es abrigo y es filo, es flor y es fuego.
Como estas piezas, que no piden explicación ni permiso. Solo lugar.

Hoy cuelgan en Montevideo, lejos de donde fueron tallados, pero con la misma misión: recordar que lo sagrado, cuando es verdadero, pesa, incomoda y acompaña.


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