“Eso que nos pasa en el pasado” – EAC

Montevideo, Uruguay.

Durante estos días en el Espacio de Arte Contemporáneo (EAC), se está llevando a cabo una exposición colectiva que aborda temas relacionados a la dictadura militar ocurrida en Uruguay entre 1973 y 1984 donde habitan heridas que aún no han terminando de sanar.

A 40 años del retorno de la democracia la muestra colectiva está conformada por obras de siete artistas entre los cuales participan algunos destacados de nuestro medio.

La exposición plantea un recorrido consistente y necesario. Más que reconstruir cronológicamente la dictadura, propone pensar cómo ese pasado continúa operando en el presente a través del cuerpo, la memoria, la arquitectura, los afectos y los silencios.

El acierto de la curaduría de Fabiana Puentes reside en reunir artistas de distintas generaciones, donde quienes vivieron directamente el terrorismo de Estado dialogan con otros que trabajan desde memorias heredadas, demostrando que la dictadura no es un acontecimiento clausurado sino un conflicto aún abierto.

Entre las obras más logradas destaca “Dimensión imaginable” de Agustina Fernández Raggio. La artista convierte un dato forense —los más de 490.000 cm³ de materiales utilizados para ocultar el cuerpo de Luis Eduardo Arigón— en una experiencia física y ética.
La traducción de esa cifra a la imagen cotidiana de siete carretillas permite comprender la magnitud del esfuerzo destinado a borrar un crimen. La obra no representa la desaparición sino que hace visible el ocultamiento mismo.

Por su lado Fernando Foglino ofrece una de las propuestas más inteligentes de la exposición con “Ácrata: la anarquía en 3 actos”. Al trasladar a Roblox los monumentos construidos durante la dictadura para exaltar el poder militar, permite que nuevas generaciones los ocupen desde el juego y la desobediencia.
La monumentalidad pierde solemnidad y se convierte en un espacio de apropiación colectiva. Es una obra que demuestra cómo los lenguajes digitales también pueden producir memoria crítica.

Valentina Cardellino introduce una lectura particularmente sugerente sobre la relación entre deporte, nacionalismo y disciplinamiento. “Entretiempo” convierte el museo en una cancha de fútbol atravesada por las palabras “Valor”, “Honor”, “Abnegación” y “Disciplina”, tomadas del Ejército uruguayo. La instalación evita simplificaciones y evidencia cómo ciertos discursos de construcción identitaria atraviesan ámbitos aparentemente alejados de la política.

Con “Escritura fugaz”, Tamara Cubas vuelve sobre un archivo familiar para demostrar que escribir también puede ser un acto de resistencia. La carta enviada por su tía desde la prisión, asimismo proyectada dentro de una celda, reaparece y desaparece continuamente, como si la memoria necesitara insistir una y otra vez para no ser borrada. Es una obra profundamente emotiva que encuentra una dimensión política precisamente en la intimidad.

Sofía Saunier incorpora una perspectiva imprescindible mediante “Reparadas”.
Las voces de Karina Pankievich, Selva Enrique y Viviana Dutra recuerdan que el retorno democrático no implicó el fin de la violencia para todas las personas. La obra pone en evidencia una deuda histórica hacia las personas trans, ampliando el campo de la memoria más allá de los relatos tradicionales sobre la dictadura.

La instalación “Maison” de Federico Arnaud consigue materializar el desarraigo del exilio desde la mirada de un niño. La reconstrucción incompleta de la vivienda familiar, con una puerta que únicamente puede atravesar un cuerpo infantil, convierte la experiencia autobiográfica en una reflexión universal sobre las infancias desplazadas por la violencia política.

Finalmente, Alejandro Cesarco propone una de las operaciones más poéticas de la exposición al ralentizar durante ocho horas la pregunta “¿Dónde fueron a parar?” tomada de Los Olímpicos de Jaime Roos. Lamentablemente, durante mi visita el dispositivo sonoro no estaba funcionando, lo que impidió experimentar una obra concebida precisamente desde la escucha y la duración. Esa ausencia involuntaria privó al recorrido de uno de sus momentos potencialmente más significativos.

En conjunto, “Eso que nos pasa en el pasado” evita caer en la ilustración histórica o en el homenaje conmemorativo.
La exposición entiende que la memoria no consiste únicamente en recordar, sino en interrogar el presente.

A cuarenta años del retorno democrático, cuando resurgen discursos autoritarios, negacionistas y excluyentes en distintas partes del mundo, la muestra recuerda que las democracias no se sostienen por inercia. Deben ejercerse, discutirse y defenderse cotidianamente.

Más que ofrecer respuestas definitivas, el recorrido deja abiertas preguntas incómodas sobre la justicia, la reparación, la transmisión generacional y las formas contemporáneas de la violencia.
Quizá ese sea su mayor logro el de demostrar que el pasado no permanece detrás de nosotros, sino que continúa actuando, silenciosamente, en el presente.


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