La lucidez como oficio
Hace unos días recibí, de manos de Pablo Marks, el libro “Escribe: Jorge Abbondanza”, compilado por Oscar Larroca (Montevideo, 1962) a partir de una invitación de Enrique Silveira y publicado en febrero de 2026 por Ediciones de la Plaza.
El volumen reúne una selección de textos de Jorge Abbondanza (Montevideo, 1936-2020), dispersos en distintos medios a lo largo de décadas.
No se trata solo una antología, es más bien un acto de justicia.
Abbondanza fue, ante todo, un narrador de su tiempo, alguien capaz de leer la cultura —y la política— con una precisión que hoy escasea.
Su punto de partida fue el cine. Desde muy joven, con apenas 17 años, comenzó a escribir crítica cinematográfica en El Bien Público, marcando una vocación que ya no abandonaría. Ese rigor —hecho de disciplina, curiosidad y una ética innegociable— lo llevó a cubrir hasta doce estrenos por semana en una época sin facilidades tecnológicas. Ver, pensar y escribir: una trilogía que en su caso era casi física.
Pero reducirlo al cine sería empobrecerlo. Abbondanza fue, en esencia, un crítico en el sentido más amplio, alguien que aplicaba el pensamiento analítico a todo. Teatro, artes visuales, literatura, y en sus últimos años, política local e internacional.
Su escritura no se limitaba a describir; intervenía. No decoraba la realidad, por el contrario la desarmaba.
Formado también en la Escuela Nacional de Bellas Artes —con figuras como Miguel Ángel Battegazzore o Miguel Ángel Pareja—, su vínculo con el arte no fue solo teórico.
Junto a Enrique Silveira desarrolló una intensa producción en cerámica desde finales de los años 50, integrando un colectivo que participó en exposiciones claves, incluida la XVIII Bienal de São Paulo donde participaron junto a Wifredo Díaz Valdéz, Águeda Dicancro, Nelson Ramos y Hugo Nantes.
Un mojón dentro de ese recorrido fue la exposición Tiro al blanco (1976), presentada en la Alianza Francesa bajo la curaduría de Nelson Di Maggio. Allí compartió escena con Águeda Dicancro, el propio Battegazzore y su madre Ana María Mendaro, en una instancia que consolidó su inserción dentro del circuito artístico local.
Esa doble condición —artista y crítico— explica en parte su mirada muy exigente, pero nunca ciega al proceso del otro.
Aquí aparece uno de los silencios más notorios del libro. La relación entre Abbondanza y Silveira —personal y profesional— fue central en sus vidas y en su producción artística. Sin embargo, Larroca opta por no abordarla. No es un detalle menor en el contexto de su época, sostener una pareja homosexual implicaba tensiones sociales que también forman parte de la historia cultural del país. Podríamos decir que el libro gana en orden, pero pierde en espesor humano.
Como crítico, Abbondanza tenía una marca clara que era el respeto por el artista. No confundía severidad con crueldad. Podía ser filoso, incluso implacable, pero nunca gratuito. Su objetivo —como él mismo afirmaba— era contagiar entusiasmo y pensamiento. Y lo lograba. Leerlo era aprender cómo fue en mi caso.
Durante la dictadura (1973–1984), su escritura encontró formas de sortear la censura sin claudicar. No fue un gesto heroico explícito, sino algo más complejo considerando una inteligencia que sabía decir sin decir, una ética que se filtraba entre líneas.
Ideológicamente, su formación era marcadamente europea, lo que a veces lo alejaba de una lectura más comprometida con lo latinoamericano. Sin embargo, su sensibilidad se inclinaba hacia los márgenes, hacia los personajes débiles, invisibles, relegados por una lógica social brutalmente competitiva. Allí encontraba una forma de belleza que no dependía del éxito ni del poder.
No es menor que figuras como Luis Brandoni quien nos ha dejado hoy día, hayan sido lectores atentos de su trabajo. Su admiración por Abbondanza —y su colaboración con Larroca en la reunión de estos textos— confirma el alcance de una escritura que trascendía fronteras y disciplinas.
El libro también permite acceder a su faceta más reflexiva a través de cuestionarios y textos donde se perfila su pensamiento personal que lo define como disciplinado, coherente y profundamente consciente de su rol.
En sus últimos años, ya afectado por una maculopatía que lo llevó casi a la ceguera, siguió escribiendo de memoria, literalmente. Cuando falla la vista, queda el criterio. Y el suyo seguía intacto.
Hay, además, un corrimiento temático en esa etapa final hacia la política internacional considerando la bomba atómica, los conflictos entre potencias, el análisis de líderes y dictadores. No es un desvío, es la extensión natural de su mirada crítica hacia un mundo cada vez más difícil de leer.
Leer “Escribe: Jorge Abbondanza” es recorrer parte de la historia cultural reciente del Uruguay. Pero también es enfrentarse a una forma de ejercer la crítica que hoy parece en retirada, aquella informada, rigurosa, sin concesiones y, al mismo tiempo, profundamente humana.
En lo personal, la lectura activa la memoria y volver a esas notas que uno leía con disciplina, casi como formación paralela. Abbondanza no solo opinaba; educaba.
Y eso —en cualquier época— no es poca cosa.
