El hogar que habito – Museo Amparo

Puebla, México.

El arte como territorio de memoria, identidad y convivencia

Museo Amparo, Puebla, México | Colección FEMSA

El Museo Amparo, una de las instituciones culturales más relevantes de Puebla, articula en sus espacios la conservación y difusión del patrimonio histórico con una programación de exposiciones temporales que permiten aproximarnos a diferentes expresiones del arte moderno y contemporáneo.

En este contexto se presenta “El hogar que habito. Obras de la Colección FEMSA”, una exposición que reúne 110 obras de 60 artistas latinoamericanos, inaugurada el 26 de septiembre de 2026 y cuya clausura está prevista para el 25 de enero de 2027.

La propuesta curatorial, a cargo de Eugenia Braniff, Paulina Bravo y Beto Díaz Suárez, plantea una revisión del concepto de hogar, alejándolo de su significado estrictamente arquitectónico para abordarlo como una construcción corporal, afectiva, cultural, social y territorial.

La exposición parte de una premisa fundamental: antes de ocupar una vivienda, habitamos un cuerpo.

Desde ese primer territorio se desarrolla nuestra relación con el mundo, con los otros y con los espacios que nos rodean.

Habitar es mucho más que ocupar un espacio

El pensamiento del filósofo alemán Peter Sloterdijk constituye uno de los fundamentos conceptuales de la exposición.

Su reflexión sobre las esferas humanas propone comprender la existencia a partir de los espacios de convivencia, protección e intercambio que construimos a lo largo de nuestra vida.

Desde esta perspectiva, habitar no significa simplemente permanecer dentro de determinados límites físicos, sino establecer relaciones que nos permiten desarrollar nuestra identidad.

El hogar deja entonces de ser únicamente una casa para convertirse en una compleja red de vínculos, memorias, experiencias y pertenencias.

La exposición traslada estas reflexiones al terreno artístico mediante obras que, desde diferentes épocas y lenguajes, interrogan nuestras maneras de relacionarnos con el entorno.

La pintura, la escultura, la fotografía, el videoarte y las instalaciones conviven sin jerarquías aparentes, favoreciendo un diálogo que no depende de la cronología ni de la pertenencia a determinada corriente estética.

Este planteamiento resulta particularmente valioso porque permite interpretar las obras desde sus contenidos y relaciones conceptuales, sin quedar condicionados exclusivamente por las clasificaciones tradicionales de la historia del arte.

El cuerpo como primer territorio

Uno de los aspectos más sugerentes de la exposición es considerar el cuerpo como nuestro primer espacio habitable.

Es a través de él que percibimos, experimentamos y construimos nuestra relación con el mundo.

Pero el cuerpo tampoco constituye un territorio neutral.

Sobre él actúan condicionamientos culturales, sociales, económicos y políticos que determinan distintas formas de reconocimiento, pertenencia y exclusión.

La exposición incorpora estas tensiones al abordar las estructuras coloniales y los mecanismos históricos mediante los cuales determinadas identidades fueron subordinadas o invisibilizadas.

Este enfoque adquiere especial relevancia en América Latina, donde la colonización europea impuso jerarquías que afectaron profundamente las culturas originarias y las poblaciones afrodescendientes.

No solamente se establecieron relaciones de dominación territorial y económica, sino también sistemas de valoración que privilegiaron determinados conocimientos, creencias y formas de representación.

En consecuencia, la muestra invita a revisar las maneras en que interpretamos las producciones artísticas provenientes de diferentes comunidades.

Una reflexión que considero necesaria para comprender el arte latinoamericano más allá de los parámetros históricamente establecidos por las instituciones culturales europeas y estadounidenses.

El territorio doméstico: refugio y contradicción

Otro de los núcleos conceptuales aborda el hogar como espacio doméstico.

Las cocinas, habitaciones, baños y objetos cotidianos aparecen como escenarios donde se construyen memorias individuales y colectivas.

Sin embargo, los curadores evitan una visión idealizada de la vida doméstica.

El hogar puede representar protección, afecto y pertenencia, pero también convertirse en un espacio donde se reproducen desigualdades, conflictos y diferentes formas de violencia.

Las reflexiones de la filósofa y activista Silvia Federici permiten comprender que aquello que sucede dentro de una vivienda no está desvinculado de las estructuras económicas y políticas de la sociedad.

Desde esta perspectiva, lo doméstico deja de ser un asunto exclusivamente privado para adquirir una dimensión social.

Las obras seleccionadas permiten reconocer estas contradicciones sin necesidad de imponer una interpretación única.

El espectador encuentra diferentes aproximaciones a un espacio que todos conocemos, pero que no todos experimentamos de la misma manera.

Territorios, colonialismo y memoria

La exposición también examina las relaciones de poder que históricamente han determinado la ocupación y transformación de los territorios.

Las fronteras, los desplazamientos, las apropiaciones y las modificaciones del paisaje forman parte de una reflexión que trasciende la representación estética de la naturaleza.

El territorio no aparece como un escenario inmóvil, sino como un espacio atravesado por relaciones humanas, conflictos e historias.

En este sentido, resulta pertinente la referencia al crítico y escritor John Berger, para quien nuestra manera de mirar nunca está desligada de las experiencias y condiciones culturales que construyen esa mirada.

Los paisajes dejan de ser simples imágenes contemplativas y adquieren la condición de testimonios.

Esta perspectiva permite establecer relaciones entre obras realizadas en diferentes contextos históricos, reconociendo que las transformaciones territoriales también modifican las identidades y las memorias de quienes los habitan.

Habitar el mundo: una relación de interdependencia

Uno de los planteamientos más actuales de la exposición aparece en el apartado dedicado a nuestra relación con la naturaleza.

Aquí se cuestiona la concepción del ser humano como una entidad separada del entorno natural.

La propuesta recupera saberes de comunidades originarias que comprenden la existencia como una relación de reciprocidad entre los diferentes seres vivos.

En particular, se introduce el concepto de Uyway-Uywaña, desarrollado en las reflexiones de la artista y tejedora boliviana Elvira Espejo Ayca, vinculado con las nociones de crianza y cuidado mutuo.

Esta manera de comprender el mundo se distancia de la lógica de apropiación y explotación de los recursos naturales.

La presencia de artistas como Tomás Saraceno permite ampliar esta reflexión hacia las posibilidades de construir nuevas relaciones entre los seres humanos, las otras especies y el planeta.

En tiempos en que la crisis ambiental ocupa un lugar central en los debates contemporáneos, estas propuestas adquieren una dimensión que excede ampliamente el ámbito artístico.

Un diálogo entre generaciones y geografías

La selección de artistas constituye otro de los atractivos de la exposición.

Entre los uruguayos encontramos a Pedro Figari, José Gurvich y Jorge Gamarra, tres creadores cuyas trayectorias y lenguajes permiten reconocer diferentes momentos de nuestra producción artística.

La presencia argentina incluye a Liliana Porter, Guillermo Kuitca, Vivian Suter, Clorindo Testa y Tomás Saraceno.

Por su parte, México está representado por figuras de la importancia de Manuel Álvarez Bravo, José Clemente Orozco, Francisco Toledo, Leonora Carrington, Geles Cabrera, Magali Lara y Dr. Atl.

Se suman artistas de reconocida proyección internacional como Wifredo Lam, Fernando Botero, Mario Cravo Neto, Graciela Iturbide, Santiago Cárdenas y Leda Catunda.

Esta diversidad permite reunir distintas maneras de comprender y representar la experiencia humana.

Considero acertado que los curadores hayan evitado una organización cronológica.

Las obras se relacionan a partir de afinidades, contrastes y tensiones conceptuales, demostrando que las preocupaciones del arte contemporáneo pueden encontrar antecedentes y resonancias en producciones de otras épocas.

Sin embargo, esta estrategia también plantea un desafío como es evitar que las obras pierdan sus particularidades históricas y culturales al quedar integradas dentro de un discurso curatorial común.

El valor de una exposición de estas características reside precisamente en mantener ese equilibrio entre la interpretación contemporánea y el respeto por los contextos originales de cada creación.

Una museografía que permite mirar

Quiero destacar especialmente la resolución museográfica de la exposición.

Las obras se distribuyen en varias salas, con espacios generosos que permiten apreciar sus características individuales y, simultáneamente, establecer relaciones con las piezas próximas.

La disposición evita la saturación visual que encontramos con frecuencia en exposiciones colectivas de gran tamaño.

Aquí cada obra parece disponer del espacio necesario para respirar.

El recorrido resulta placentero y permite detenerse, observar y reflexionar sin que la acumulación de estímulos termine por imponerse sobre la experiencia estética.

El diálogo con la arquitectura histórica del Museo Amparo añade otra dimensión a la propuesta, especialmente significativa en una ciudad como Puebla, donde conviven diferentes testimonios de su pasado indígena y virreinal.

El valor de una colección

Las obras pertenecen a la Colección FEMSA, vinculada con Fomento Económico Mexicano, un importante conglomerado empresarial fundado en Monterrey en 1890.

Su actividad de coleccionismo y difusión artística permite acercar al público producciones relevantes del arte latinoamericano.

Esta exposición demuestra una de las posibilidades más interesantes de las colecciones corporativas cuando sus fondos se ponen al servicio de proyectos curatoriales abiertos al debate cultural.

Más allá del valor patrimonial de las obras, importa su capacidad para generar nuevas lecturas y establecer vínculos con las preocupaciones de nuestro tiempo.

Una reflexión final

«El hogar que habito» propone una experiencia que trasciende la contemplación de obras de arte.

Nos invita a revisar conceptos que utilizamos cotidianamente sin detenernos demasiado en sus implicancias: cuerpo, hogar, identidad, memoria, territorio y naturaleza.

También plantea la necesidad de reconocer que nuestras formas de habitar el mundo no son universales ni permanentes, sino construcciones históricas y culturales sujetas a transformaciones.

Desde mi perspectiva, uno de los mayores méritos de la exposición reside en la posibilidad de establecer diálogos entre artistas de diferentes generaciones sin desconocer la diversidad de sus procedencias y lenguajes.

Al mismo tiempo, considero fundamental que estas nuevas interpretaciones curatoriales no terminen subordinando las obras a discursos teóricos demasiado rígidos.

El arte necesita conservar su capacidad de interpelarnos desde sus propias cualidades estéticas, materiales y simbólicas.

Una buena exposición no debería decirnos únicamente qué debemos pensar, sino ofrecernos las condiciones necesarias para descubrir otras maneras de mirar.

Y es precisamente allí donde encuentro uno de los principales aciertos de “El hogar que habito” en la posibilidad de recorrer sus salas, detenernos ante las obras y reconocer que aquello que llamamos hogar es mucho más amplio, complejo y contradictorio de lo que habitualmente imaginamos.

Porque habitar el mundo también significa aprender a convivir con sus diferencias.

Coleccionismo, poder y legitimación artística

La exposición reúne obras pertenecientes a la Colección FEMSA, vinculada con Fomento Económico Mexicano, uno de los mayores conglomerados empresariales de América Latina.

La participación de grandes empresas en la formación, conservación y difusión de colecciones artísticas constituye una realidad de considerable importancia para el desarrollo cultural.

Gracias a estas iniciativas, numerosas obras encuentran condiciones de conservación, investigación y exhibición que permiten acercarlas a públicos diversos.

Sin embargo, considero necesario detenernos en una cuestión que muchas veces permanece relegada frente al atractivo de las exposiciones como es el poder que ejercen quienes poseen, seleccionan, interpretan y exhiben las obras de arte.

Una colección nunca es una acumulación inocente de objetos artísticos. Su conformación responde a decisiones que involucran criterios estéticos, históricos, económicos, culturales y, en ocasiones, intereses institucionales.

Algo similar sucede con los museos.

Estas instituciones no se limitan a conservar y exhibir obras. También participan activamente en la construcción de los relatos que determinan qué manifestaciones adquieren reconocimiento y cuáles permanecen en los márgenes de la visibilidad cultural.

La inclusión de un artista en una colección de prestigio o en una exposición museística puede contribuir significativamente a su legitimación, mientras que la ausencia de otros creadores puede prolongar situaciones de desconocimiento o exclusión.

Esto nos conduce a una serie de interrogantes que considero fundamentales.

¿Quiénes determinan qué merece ser conservado y exhibido?

¿Qué criterios intervienen en la selección de los artistas que integran las grandes colecciones?

¿Hasta qué punto las decisiones curatoriales responden a investigaciones independientes y en qué medida pueden estar condicionadas por las prioridades de las instituciones o de quienes financian sus actividades?

¿De qué manera estas elecciones influyen en la construcción de aquello que, con el paso del tiempo, terminamos reconociendo como historia del arte?

Estas preguntas adquieren una dimensión particularmente significativa cuando abordamos el arte latinoamericano.

Durante siglos, numerosos sistemas de conocimiento, expresiones culturales y producciones simbólicas de pueblos originarios, comunidades afrodescendientes y otros grupos históricamente marginados fueron interpretados desde categorías establecidas por los centros de poder europeos y, posteriormente, estadounidenses.

Muchas de estas manifestaciones quedaron excluidas de los relatos tradicionales de la historia del arte o fueron incorporadas bajo clasificaciones que no necesariamente respetaban sus contextos originales.

Hoy, cuando numerosas instituciones promueven nuevas lecturas vinculadas con la diversidad cultural, las identidades y las perspectivas decoloniales, resulta pertinente preguntarnos si estamos asistiendo a una verdadera transformación de los criterios de legitimación o si, en determinados casos, simplemente se están incorporando nuevos discursos a estructuras de poder que permanecen esencialmente inalteradas.

No pretendo con estas reflexiones desmerecer el trabajo de los curadores ni desconocer el valor cultural de la Colección FEMSA y del Museo Amparo.

Por el contrario, considero que iniciativas como “El hogar que habito” ofrecen oportunidades para ampliar nuestra comprensión del arte y establecer diálogos entre diferentes épocas, culturas y lenguajes.

Pero precisamente por reconocer su importancia, entiendo que debemos mantener una mirada crítica sobre los mecanismos institucionales que intervienen en la construcción del reconocimiento artístico.

También es necesario preguntarnos qué sucede con aquellos artistas cuyas producciones no ingresan en las grandes colecciones, no encuentran representación en el mercado o permanecen alejados de los circuitos museísticos de mayor prestigio.

¿Su ausencia responde necesariamente a una menor relevancia artística o intervienen otros factores vinculados con las oportunidades de circulación, las relaciones institucionales y los intereses del sistema del arte?

No existen respuestas sencillas ni considero conveniente formular juicios generales sobre realidades tan complejas.

Lo importante es reconocer que el valor artístico de una obra y su legitimación institucional no son necesariamente equivalentes.

Una obra puede poseer una extraordinaria riqueza estética, cultural o simbólica sin haber ingresado jamás en una colección reconocida.

Del mismo modo, su presencia en un museo prestigioso no debería eximirla de una observación crítica.

Una reflexión final

“El hogar que habito” propone revisar nuestras relaciones con el cuerpo, la memoria, la identidad y los territorios que compartimos.

A esas preguntas sumaría otra que considero igualmente necesaria: ¿quiénes construyen los espacios desde los cuales aprendemos a mirar y valorar el arte?

El museo también es, en cierto sentido, un territorio que habitamos.

Un territorio donde se establecen relaciones de poder, se construyen narraciones y se otorga visibilidad a determinadas expresiones culturales.

Por eso, además de apreciar las obras y reconocer el trabajo curatorial, creo fundamental que el espectador conserve su independencia de pensamiento.

No se trata de desconfiar sistemáticamente de las instituciones, sino de comprender que sus propuestas constituyen interpretaciones posibles y no verdades definitivas.

El museo tiene el poder de seleccionar y legitimar. El espectador debe conservar el derecho de cuestionar, interpretar y construir sus propias conclusiones.


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